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Los Verdes

22 juillet 2018 7 22 /07 /juillet /2018 14:14
Entre el desacoplamiento ecológico y el crecimiento económico
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14 mai 2018 1 14 /05 /mai /2018 08:46

Pido a los políticos de todos los colores que dejen de utilizar la palabra sostenible.

 

        "Sostenible” es una palabra que arde estupendamente en la hoguera de las vanidades políticas. “La movilidad sostenible”, “la alimentación sostenible”, “el turismo sostenible”, “el urbanismo sostenible” o “la construcción sostenible” son  pregonados a los cuatro vientos por nuestras autoridades políticas y los demás élites. Nos machacan descaradamente con el uso cínico y falso de un término en su afán de buscar un aplauso ciudadano por su pretendida preocupación por el medio ambiente y la biodiversidad, la lucha contra el cambio climático, la salud y la conservación del patrimonio histórico y natural. Por el contrario, en la práctica sobre el terreno valenciano (las acciones, la cifras y los indicadores biofísicos) el uso repetido del adjetivo “sostenible” suele anunciar unos impactos reales nefastos que son todo el contrario de la sostenibilidad ambiental. ¡Todos a tierra, que viene “lo sostenible”!

 

Aunque lo ignora olímpicamente nuestra clase política, la sosteniblidad significa reducir el consumo de recursos en términos absolutos, es decir adelgazar la escala de la economía física. Así, para hablar en serio de sosteniblidad es muchísimo más que plantear unas placas solares, unos carriles bici, el reciclaje o aumentar ligeramente la eco-eficiencia con la “economía circular” tan cacareada . La sostenibilidad solo se consigue al menguar la escala física del número total de coches, al frenar en seco a la pérdida de biodiversidad, de los suelos valiosos, de las tierras fértiles de huerta. No significa un consumo más limpio sino menos consumo de todo. No significa más reciclaje sino menos generación de residuos. No significa más depuradoras sino menos extracción y consumo de agua, como menos extracción de carbón, de madera y de minerales  en términos absolutos, Quiere decir más huerta total con menos destrucción urbanizadora. No se trata solo de entrar en un supermercado con productos bio, "naturales" o "locales,  sino poder comprar con muchísimo menos(o sin) plástico, aluminio, cristal y cartón. Quiere decir la progresiva eliminación de embalajes y no solo de su reciclaje o re-utilización. Significa menos cantidades totales de antibioticos, fitosanitarios, pesticidas y nitratios en nuestra agricultura y ganadería. No quiere decir solamente más carriles bicis y mas zonas peatonales sino menos coches totales circulando. La eco-eficiencia solo puede ayudar alcanzar al sostenibilidad si hemos regulado unos techos legales máximos de consumo sostenible, ahora inexistente y que ni siquiera planteado politicamente. Es decir, legislar unas cantidades totales de consumos y emisiones que se reducen progresivamente cada año.  En suma, quiere decir la suficiencia.

 

Esta política de suficiencia es necesaria y es posible hacer sin dañar la calidad de vida de la gente de aquí y, además,  es imprescindible hacerla para poder ser mínamente solidarios con las personas del Sur global con quienes tenemos que compartir un planeta finito que no solo no crece sino se encoge en su capacidad de carga bajo las crecientes presiones poblacionales y bajo unas demandas de consumo que se disparan.

 

No basta una mayor eco-eficiencia y más reciclaje porque puede alimentar mediante un “efecto rebote” aún más el crecimiento del consumo, del volumen total materiales, emisiones y residuos.

 

Es mentira que nuestra vida de sobreconsumo y de despilfarro pueden seguir igual con solo cambiar nuestras pautas de reciclaje y de compras. La ideología detrás del "la economía circular" crea una falsa confianza de que que con unos ajustes tecnológicos modernos y con el aumento de la re-utilización de materiales y del reciclaje podemos seguir aumentando el consumo de materiales. "El efecto rebote" de la eco-eficiencia come todo o casi todo de los ahorros de la eficiencia porque aumenta la demanda del consumo al reducir el precio y abaratar los procesos industriales. Lo que se gana por un lado se pierde por otro al estimular más la demanda. Es rotundamente falso y incluso desafía las leyes de la física que podemos ser más “sostenibles” comprando más. El "desacoplamiento" de la economía expansiva de la destrucción ambiental es un mito. Solo funciona a nivel relativo: se aumenta el consumo y el crecimento con un poco menos de materiales. Pero en términos absoluitos, lo que importa para la  naturaleza,  se aumenta el consumo, la extracción y la inssotenibilidad de nuestra relación con el planeta.

 

¿Que es un techo ecológico? Actualmente no hay límites: el cielo es el límite. Si hubiera techos ecologicos sobre los volumenes de consumo (con medidas fiscales  y de penalizaciones para desincentivar el consumo de materiales), entonces la ecoeficiencia podria ayudar. Sin regular unos techos de volúmenes absolutos de consumo las medidas de  eficiencia pueden seguir alimentando el aumento consumo insostenible, además de la engañosa satisfacción de que estamos defendiendo el medio ambiente.

 

Una estrategia política muy manida es magnificar lo “sostenible” anecdótico para tapar la insostenibilidad global en un campo de actuación pública o privada. En otras palabras, publicitar hasta la saciedad un pequeño ejemplo “verde” para desviar la atención de una realidad ambiental general cada día más “negra”. Esto sucede con la “movilidad sostenible” en Valencia. Una série de modestas actuaciones loables a favor de la bicicleta y el peatón, sobretodo en el centro histórico de la ciudad no pueden esconder el hecho irrefutable de una cifras que evidencian que cada años entran y circulan más coches en la ciudad  que arroja unos niveles muy insalubres de contaminación en los lugares donde trabajan, estudian y viven la mayoría de la ciudadanía valenciana. En este contexto de expansión motorizada la promoción de la bici es un hecho anecdótico positivo que se utiliza para la muy cínica y falsa noticia de que Valencia está en la vanguardia de la “movilidad sostenible” y para evitar un debate serio sobre las medidas serias necesarias para reducir globalmente el desbocado uso del coche en la ciudad.

 

 

"Valencia capital de la alimentación sostenible” es otro slogan publicitario que se deshace como un azucarillo ante un análisis más ponderado. La mayoría de los alimentos que se venden como “sostenibles” están hechos con agrotóxicos. En volúmenes totales cada vez se utilizan en la Comunidad Valenciana más antibióticos, más pesticidas y más fitosanitarios de todo tipo.

Hay que decirlo muy fuerte: NO ES COMPATIBLE. Los voceros políticos de “lo sostenible” suelen afirmar que toda actuación destructiva es “compatible” con la protección ambiental cuando es una clamorosa y evidente obviedad que no lo es. Es deshonesto y delirante que afirmen que la ampliación de los carriles de los  autovías de acceso a la ciudad es “compatible” con la protección de la huerta y la “movilidad sostenible”. Es chocante que la nueva construcción de un enorme centro comercial periférico en Parterna puede presentarse como “sostenible” y “verde”. Es chirriante que anuncien que un hotel de 30 plantas en el Puerto puede “integrarse paisajísticamente” y ser “sostenibles”. Es un insulto a la inteligencia ciudadana que la destrucción definitiva de la Huerta de la Punta será “compensada” por un “corredor verde” y la plantación de unos árboles. La construcción de grandes torres de lujo en el Parc Central y miles de viviendas nuevas nunca será “compatible” con la sosteniblidad desde la perspectiva de emisiones, materiales, consumos o tráfico.

 

Los problemas son urgentes y se empeoran. No es verdad que “poco a poco vamos cambiando” o que “cuesta mucho cambiar después de tantos años del PP”. Aquí el problema no es la temporalidad sino la direccionalidad. No es que hace falta más tiempo para hacernos “más sostenible”; es que cada día somos más insostenibles porque seguimos yendo en la dirección equivocada de más consumo de todo, más emisiones, más sustancias biocidas, más materiales, menos tierra fértil y más residuos. Sin hablar de reducir los volúmenes globales nunca avanzaremos hacia la sosteniblidad y seguiremos contribuyendo a mas daños y catastrofes de todo tipo. Globalmente las dirección de las políticas valencianas siguen siendo desarrollistas y extractivistas, siguen rematando el territorio, el aire y la biodiversidad, de aquí y de países lejanos de donde proceden gran parte de nuestros artículos de consumo y materiales. Es una política de tierra quemada sin marcha atrás. No hemos girado y lo atestigua la practica totalidad de las las cifras biofísicas del aire, el agua, las sustancias químicas, la energía, los residuos, uso de materiales de todo tipo, consumo de plástico y otros embalajes.

 

En el debate político cabe todo pero los hechos biofísicos del medioambiente son como unas rocas que no se deshacen con la retórica política ni con unos gestos simbólicos. Tomemos la vida en serio, por favor.

 

 

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4 mai 2018 5 04 /05 /mai /2018 19:04

 

 

La tecnología, la moralidad y la negación ante los límites planetarios

 

por Richard Heinberg

 

 

Nuestro problema ecológico central no es el cambio climático. El problema central actual en nuestras interacciones ecosociales es un exceso o una sobrecarga, de ello el calentamiento climático global es solo un síntoma y una consecuencia. El "overshoot" o exceso de presión sobre una capacidad de carga ambiental determinada y decadente es un problema sistémico. En el último siglo y medio, enormes cantidades de energía barata proveniente de combustibles fósiles permitieron el rápido crecimiento de la extracción de recursos, la fabricación y el consumo; y esto, a su vez, condujo a las oportunidades de aumento de la población humana en la Tierra, la contaminación y la pérdida de hábitats naturales y, por lo tanto, de la biodiversidad. El sistema humano se expandió dramáticamente, sobrepasando la capacidad de carga a largo plazo de la Tierra para los humanos mientras a la vez se alteraban los sistemas ecológicos de los que dependemos para nuestra supervivencia.

 

Hasta que no comprendamos y abordemos este desequilibrio sistémico entre carga humana y capacidad de carga de los sistemas naturales del planeta, el tratamiento solo sintomático (haciendo lo que podamos para revertir dilemas de contaminación como por ejemplo es el cambio climático, tratando de salvar especies amenazadas o esperando alimentar a una creciente población humana con cultivos genéticamente modificados) constituirá una ronda interminable y frustrante de medidas provisionales ineficaces. Medidas que finalmente están destinadas a fallar.

 

El movimiento de ecología en la década de 1970 se benefició de una fuerte infusión de pensamiento sistémico, que estaba en boga en ese momento histórico (el conocimiento científico aportado desde la ecología -el estudio de las relaciones entre organismos y sus entornos- es inherentemente sistémico, en oposición a estudios como son la química que se centran en la reducción de fenómenos complejos a sus componentes). Como resultado, muchos de los mejores escritores ambientales de la época enmarcaron la situación humana moderna en términos que revelaron los profundos vínculos entre los síntomas ambientales y la forma en que funciona la sociedad humana. En el estudio "Límites al crecimiento" (1972), que es una consecuencia de la investigación de sistemas de Jay Forrester, se investigaron las interacciones entre el crecimiento de la población, la producción industrial, la producción de alimentos, el agotamiento de los recursos y la contaminación. En "Overshoot" (1982), de William Catton, se identifica nuestro problema sistémico y se describe sus orígenes y desarrollo en un estilo que cualquier persona alfabetizada podría comprender. Se podrían citar muchos más libros excelentes de la época que también aportaron esta perspectiva sistémica.

 

Sin embargo, en las últimas décadas, a medida que el cambio climático ha llegado a dominar las preocupaciones ambientales, ha habido un cambio significativo en la discusión y el debate. Hoy en día, la mayoría de los informes ambientales se centran en el cambio climático, y rara vez se destacan los vínculos sistémicos entre este y otros dilemas ecológicos (como la superpoblación, la extinción de especies, la contaminación del agua y del aire y la pérdida de suelo y agua dulce). No es que el cambio climático no sea un gran problema, lo es como síntoma de otros procesos causantes del mismo. Nunca ha habido nada parecido en nuestra historia humana, y los científicos del clima y los grupos de defensa de la respuesta climática tienen razón al hacer sonar fuertemente la alarma colectiva. Pero si seguimos alimentando nuestra incapacidad de ver el cambio climático en el contexto donde se produce puede ser nuestra perdición colectiva.

 

¿Por qué los escritores ambientales y las organizaciones de defensa sucumbieron a la estrecha y deformante visión de túnel? Quizás es simplemente que suponen que el pensamiento sistémico está más allá de la capacidad de los políticos. Ciertamente, es verdad que si los científicos del clima se acercaran a los líderes mundiales con el mensaje: "Tenemos que cambiar todo, incluido nuestro sistema económico completo, y rápido", es posible que se les cierre la puerta con rudeza. Un mensaje políticamente más aceptable y confiado es: "Hemos identificado un grave problema de contaminación, para el cual existen soluciones técnicas". Tal vez muchos de los científicos que sí reconocieron la naturaleza sistémica de nuestra crisis ecológica concluyeron que sí que podemos abordar con éxito esta marca única o -break crisis ambiental, podremos así ganar tiempo para tratar con otros problemas sistémicos que esperan (superpoblación, extinción de especies, agotamiento de recursos, y así sucesivamente).

 

Si el cambio climático se plantea como un problema aislado para el cual se plantea que existe una solución tecnológica, las mentes de los economistas y de los políticos legisladores pueden continuar pastando en pastos y estrategias familiares al uso. La tecnología, en este caso, los generadores de energía solar, eólica y nuclear, así como las baterías, los automóviles eléctricos, las bombas de calor y, si incluso todo lo demás falla, la administración de radiación solar podría ser a través de aerosoles atmosféricos, todo ello centra nuestra atención en temas como la inversión financiera y la producción industrial necesarias. Entonces los participantes en la discusión no tienen que desarrollar la capacidad de pensar sistémicamente, ni necesitan comprender el sistema de la Tierra y cómo los sistemas humanos que encajan necesariamente en él. Todo lo que necesitan los problemas socioambientales es la perspectiva de cambiar solo algunas inversiones económicas y políticas, estableciendo tareas para los ingenieros y gestionando la transformación industrial-económica resultante para garantizar con ello que los nuevos empleos en las industrias ecológicas compensen los empleos perdidos en las minas de carbón.

 

Esta estrategia de ganar tiempo con un techno-fix supone que seremos capaces de instituir un cambio sistémico en algún momento desplazado al futuro y no especificado, aunque no podamos hacerlo ahora, o ese clima el cambio y todas nuestras otras crisis sintomáticas serán, de hecho, susceptibles de tener soluciones tecnológicas eficaces. Este último camino de pensamiento es nuevamente cómodo para gerentes e inversores del modelo de expansión y crecimiento sin final. Después de todo, aman la tecnología. Las tecnologías ya hacen casi todo por nosotros. Durante el siglo pasado resolvió una serie de problemas importantes, como fueron la cura de enfermedades, expandió la producción de alimentos, agilizó el transporte y nos proporcionó información y entretenimiento en cantidades y variedades que nadie podría haber imaginado previamente. ¿Por qué ahora no debería ser capaz de resolver el cambio climático y el resto de nuestros problemas ecológicos que amenazan nuestra supervivencia y la del resto de seres vivos?.

 

 

Por supuesto, el camino elegido es de altísimo riesgo. Al ignorar la naturaleza sistémica de nuestro dilema ecológico de suvervivencia solo puede significar que tan pronto como tengamos un síntoma acorralado, es probable que otro nuevo se desate y ensamble. Pero, ¿es acaso racional que el cambio climático sea tomado como un problema aislado y totalmente tratable con la tecnología?. Después de haber pasado muchos meses analizando los datos relevantes con David Fridley del programa de análisis de energía en el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, nuestro libro resultante, Our Renewable Future, concluyó que la energía nuclear es demasiado costosa y arriesgada; mientras tanto, la energía solar y eólica sufren de intermitencias, y una vez que estas fuentes comienzan a proporcionar un gran porcentaje de energía eléctrica total se requerirá una combinación de tres estrategias a gran escala: almacenamiento de energía, capacidad de producción redundante y adaptación de la demanda. Al mismo tiempo, en las naciones industrializadas tendremos que adaptar la mayor parte de nuestro uso de energía actual (que se produce en los procesos industriales, la calefacción y el transporte) a la electricidad. En conjunto, la transición energética promete ser una empresa enorme de gran escala, sin precedentes en sus requisitos de inversión económica y sustitución. A la hora de evaluar la enormidad de esta tarea, no hemos podido ver la manera de mantener la escala de las cantidades actuales de producción de energía global durante la transición, y mucho menos se puede aumentar los suministros de energía para impulsar el crecimiento económico en curso. El mayor obstáculo de esta transición energética es la grandiosidad de la escala: el mundo usa una enorme cantidad de energía actualmente. Solo si esa cantidad puede reducirse significativamente, especialmente en las naciones industrializadas, podríamos imaginar una vía creíble y practicable hacia un futuro post-carbono.

 

La reducción de los suministros de energía del mundo reduciría efectivamente los procesos industriales de extracción de recursos, fabricación, transporte y gestión de residuos. Esa es una intervención sistémica, exactamente del mismo tipo que la solicitada por los ecologistas de la década de 1970 que acuñaron el mantra de las Tres erres: "Reducir, reutilizar y reciclar". Llegaría al corazón del dilema del sobreimpulso del desarrollo, como lo hace también la necesaria estabilización y reducción de la población humana, otra estrategia inapelable. Pero ocurre también es una perspectiva sistémica a la que los tecnócratas, los industriales y los inversores son virulentamente alérgicos.

 

El argumento ecológico es, en esencia, un argumento moral, como he explicado con más detalle en un manifiesto recién publicado repleto de barras laterales y gráficos ("No hay aplicación para eso: tecnología y moralidad en la era del cambio climático, sobrepoblación, y pérdida de biodiversidad "http://noapp4that.org/). Cualquier pensador de sistemas que entienda el fenómeno del exceso y la sobrecarga prescriba los poderes políticos y económicos como unos tratamientos que están está participando activamente en una intervención propia de un comportamiento adictivo. La sociedades humanas hoy son adictas al crecimiento, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo e individual y para ello tenemos que renunciar a algo de lo que dependemos: nuestro enorme poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico. Eso requiere honestidad y una búsqueda profunda, un gran recambio en nuestros valores de orientación.

 

Cualquier pensador de sistemas que entienda el exceso y prescriba un mayor poder humano de intervención tecnológica como un tratamiento, está participando efectivamente en una intervención con un comportamiento adictivo. Las sociedades humanas hoy son adictas al crecimiento, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo e individual y renunciar a algo de lo que dependemos: poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico que repone el alcohol. Eso requiere honestidad y una búsqueda profunda.

 

En sus primeros años, el movimiento ecologista formuló ese argumento moral y funcionó hasta cierto punto. La preocupación por el rápido crecimiento de la población llevó a los esfuerzos de planificación familiar en todo el mundo. La preocupación por la disminución de la biodiversidad condujo a la protección de algunos hábitats naturales. La preocupación por la contaminación del aire y el agua dio lugar a una serie de regulaciones. Estos esfuerzos no fueron suficientes, pero mostraron que enmarcar nuestro problema sistémico en términos morales podría obtener al menos algo de tracción y empuje en los cambios.

 

¿Por qué el movimiento ecologista no tuvo éxito? Algunos teóricos que ahora se autodenominan "verdes brillantes" o "eco-modernistas" han abandonado por completo la lucha moral. Su justificación para hacerlo es que la gente quiere una visión del futuro que sea alegre y que no requiera sacrificios. Ahora, dicen, solo una solución tecnológica ofrece alguna esperanza. El punto esencial de este ensayo (y mi manifiesto) es simplemente que, incluso si el argumento moral falla, un arreglo técnico tampoco podría funcionar. Una gigantesca inversión en tecnología (ya sea la energía nuclear de próxima generación o ya sea la geoingeniería de la radiación solar) se anuncia como nuestra última esperanza. Pero en realidad no es ninguna esperanza en absoluto.

 

La razón del fracaso hasta ahora del movimiento ecologista no fue que apelara a los sentimientos morales de la humanidad; de hecho esa era la gran fuerza del movimiento. El esfuerzo no ha sido suficiente porque no ha podido ser capaz de alterar el principio organizativo central de la sociedad industrial, que es también su defecto fatal: su perseverancia en el crecimiento a toda costa. Ahora estamos en el punto histórico donde finalmente debemos apostar por tener éxito en la superación del crecimiento o enfrentar el temible fracaso, ya no solo del movimiento ambiental, sino de la civilización industrial misma.

 

La buena noticia es que el cambio sistémico es de naturaleza fractal: implica y de hecho requiere, acción en todos los niveles de la sociedad humana. Podemos comenzar con nuestras propias elecciones y comportamientos individuales; podemos trabajar dentro de nuestras comunidades. No necesitamos esperar un cambio catártico global o nacional. Incluso si nuestros esfuerzos no pueden "salvar" la civilización industrial consumista, aún podrían tener cierto éxito en plantar las semillas de una cultura humana regenerativa digna para la supervivencia.

 

Hay más buenas noticias: una vez que los humanos eligen restringir nuestros números y nuestras tasas de consumo, la tecnología puede ayudar a nuestros esfuerzos en esta tarea urgente. Las máquinas pueden ayudarnos a monitorear nuestro progreso, y existen tecnologías relativamente simples estas que pueden ayudarnos a brindar los servicios necesarios con menos uso de energía y con menos daño ambiental. Algunas formas de hacer avanzar esta tecnología podrían incluso ayudarnos a limpiar la atmósfera y restaurar ecosistemas. Pero las máquinas no serán las que tomarán las decisiones clave que nos pondrán en un camino sostenible. El cambio sistémico impulsado por el despertar moral: no es solo nuestra última esperanza; es la única esperanza real que tenemos.

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7 décembre 2017 4 07 /12 /décembre /2017 11:09
El Parc Central contra la salud ambiental de València

 

David Hammerstein y Mara Cabrejas  LEVANTE 07.12.2017

 
 

¿Cómo un parque puede dañar el medio ambiente y el clima de la ciudad de València?

Aunque parezca paradójico, el actual proyecto del Parc Central deteriorará mucho la habitabilidad y salud de la ciudad de València. Es mucho más que un jardín en el corazón de la ciudad, incluye  también una operación inmobiliaria de crecimiento urbanístico con altas dosis de cemento, asfalto, coches, humos y polvo tóxico, rascacielos, centros comerciales, hoteles, equipamientos, aparcamientos, miles de nuevas viviendas y un grandioso túnel taladrando las entrañas de la ciudad. Su megalomanía desarrollista y neoliberal significará obras interminables con impacto ambiental de incalculables efectos dañinos.

 

Incalculables consecuencias

El aumento residencial implicará hasta 20.000 mil viviendas nuevas en el terreno del Parc Central. Muchas de ellas serán residencias de lujo y liberadas para la reventa especulativa inmediata. Cinco torres, una larga calle que funcionará como un bulevar y grandes bloques de hormigón afearán irreparablemente el paisaje urbano, a pesar de no existir demanda residencial que lo justifique, salvo el rápido y especulativo negocio de casino para grandes holdings internacionales. 

 

Más tráfico y más contaminación

 

Miles de nuevos aparcamientos residenciales, comerciales y rotatorios, atraerán a docenas de miles de coches particulares por el nuevo bulevar de García Lorca.

Todo ello significará un crónico empeoramiento de las emisiones contaminantes al aire, con un aumento de partículas corrosivas muy dañinas para salud PM2.5, PM10 y NO2, precisamente en una zona central de la ciudad que ya suele superar los máximos legales permitidos de contaminación.

El larguísimo periodo de obras implicará inevitablemente el paso de maquinaria pesada y de miles de viajes de enormes camiones, la gran mayoría movidos por los muy tóxicos motores diesel. Las consecuencias sinérgicas serán, por un lado, el aumento de la contaminación acústica y, por otro, la insalubridad del aire que respiramos. A esta espiral cancerosa se sumarán otras facilidades para el tráfico de vehículos, como es la ampliación de los viales de acceso a València, la autovía V21 y la V30, los nuevos y masivos aparcamientos rotatorios en el centro histórico y el acceso norte al Puerto de València.

Las temperaturas sofocantes y las «islas de calor» se cronificarán aún más con el aumento del suelo impermeable y las edificaciones. Alrededor de la mitad del suelo del Parc Central será urbanizado con edificios, viales, plazas, servicios e infraestructuras. Estudios recientes atestiguan que en determinadas zonas de Valencia la temperatura puede variar hasta 6 grados debido a este tórrido fenómeno. 

 

 

 

El grandioso «túnel pasante»,  más propio de los dioses del Olimpo, destruirá una gran área de Huerta periurbana

 

Debajo de las entrañas de la ciudad, esta titánica obra ferroviaria subterránea que quiere dar paso a los trenes de alta velocidad por el norte de la ciudad, atentará contra docenas de miles de metros cuadrados de la última huerta histórica, fértil y productiva que aún sobrevive. Esto se sumará a otras destrucciones de huerta que ya están en marcha, como en La Punta y en el acceso de la V21. El trazado del túnel pasará por debajo de centenares de edificios catalogados como patrimonio histórico en la zona de L'Eixample. Su complejidad técnica constructiva añadirá costes, incertidumbres, inseguridad, ruidos, partículas en el aire y desagradables molestias para más de una década. En suma, sabiendo que existen alternativas técnicas eficaces, menos despilfarradoras y mucho más sostenibles social y ecológicamente, la irracionalidad del túnel es tan grande como lo son su escala y costes económicos.

 

Espiral de deterioro ambiental

 

La creación de un nuevo barrio con más de 30.000 habitantes, comercios y alojamientos turísticos, también extraerá más volúmenes totales de todo tipo de recursos materiales cada vez más escasos y degradados, como por ejemplo son el agua, la electricidad, el gas natural y el petróleo. Se disparará la demanda de materiales de construcción y de cemento ejerciendo una mayor presión destructiva sobre comarcas ya muy castigadas por decenas de industrias extractivas mineras, como ocurre en la Serranía y en otras comarcas del interior. También crecerá la generación de residuos de todo tipo y aumentarán las aguas residuales y los detritos urbanos.

A su vez, este endemoniado "efecto dominó" de las obras, tendrá impactos ambientales desestabilizadores sobre la ya declinante biodiversidad y el conjunto del territorio valenciano, en lugares próximos y lejanos.

 

Un proyecto insostenible

 

El proyecto de Parc Central hará inevitable el fracaso valenciano en la lucha contra el cambio climático, hasta hoy se ha disimulado bajo la alfombra retórica de la «sostenibilidad» que tanto utiliza la clase política que gobierna en la actualidad.

Es imposible compatibilizar el proyecto de Parc Central con las aspiraciones ciudadanas de salud y bienestar, que exigen una radical reducción de las emisiones contaminantes de CO2 .

Ninguna instalación de placas solares, ninguna plantación de árboles, ninguna promoción de edificios eficientes y «sostenibles», podrá contrarrestar ni mitigar sustancialmente este añadido crecimiento exponencial del volumen total de emisiones venenosas al aire de la ciudad de València. Si a contra natura desaparece la arboleda histórica de la calle Bailén para levantar en su lugar un gran bloque de viviendas, será todo un aviso para navegantes del Titanic ambiental al que colectivamente nos dirigimos.   

 

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19 novembre 2017 7 19 /11 /novembre /2017 18:59
 El Nuevo Clima

Bruno Latour
https://harpers.org/archive/2017/05/the-new-climate/

Desde las elecciones estadounidenses de noviembre de 2016, las cosas se han aclarado. Europa está siendo desmembrada: cuenta menos que una avellana en un cascanueces. Y esta vez, ya no puede depender de los Estados Unidos para arreglar nada.

 

Tal vez sea el momento de reconstruir una Europa unida. No seria la misma que se inventó después de la guerra, una Europa basada en el hierro, el carbón y el acero, o la más recientemente construida sobre la ilusoria esperanza de escapar de la historia a través de la estandarización y la moneda única. No, si Europa debe reinventarse, es a causa de las graves amenazas a que se enfrenta: el declive de sus estados que inventaron la globalización, el cambio climático y la necesidad de albergar a millones de migrantes y refugiados.

 

Con mucho, el evento más significativo no es el Brexit ni la elección de Donald Trump, sino la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) en París, donde el 12 de diciembre de 2015, los delegados finalmente llegaron a un acuerdo. Lo significativo no es lo que decidieron los delegados, ni siquiera el que este acuerdo pueda tener los efectos buscados (los que niegan el cambio climático en la Casa Blanca y el Senado harán todo lo que puedan para desbaratarlo). No, lo significativo es que todos los países que firmaron el acuerdo se dieron cuenta de que si seguían adelante con sus planes de modernización individual, este planeta simplemente no sería lo suficientemente grande.

 

Si ya no hay planeta, ni tierra, ni suelo, ni territorio para las necesidades de globalización económica ¿qué deberíamos hacer entonces? O negamos la existencia del problema ecológico global en el que nos encontramos o buscamos aterrizar y poner los pies en tierra. Esta elección es lo que ahora divide a las personas, mucho más que ser políticamente de derechas o de izquierdas.

 

Estados Unidos tenía dos opciones después de las elecciones. Podía reconocer el alcance del cambio de las circunstancias ecológicas globales y la enorme magnitud de su responsabilidad, y finalmente hacerse realista sacando al mundo del abismo, o bien podría hundirse aún más en el negacionismo. Trump parece haber decidido dejar que Estados Unidos siga soñando por unos años más y en el camino arrastrar a otros países hacia el abismo.

 

Nosotros los europeos no podemos permitirnos soñar. Aun cuando nos estamos dando cuenta de las muchas y diferentes amenazas, no estamos acogiendo en nuestro continente a millones de personas, que a causa del impacto combinado de la guerra, el fracaso de la globalización económica y el cambio climático, son arrojadas (como nosotros, contra nosotros, o con nosotros) a la desesperada búsqueda de una tierra donde ellos y sus hijos tengan alguna esperanza para vivir. Vamos a tener que vivir juntos con personas que hasta ahora no han compartido nuestras tradiciones y valores, ni nuestra forma de vida ni nuestros ideales, gente que aunque están cerca de nosotros son ajenos a nosotros: terriblemente cercanos y terriblemente extranjeros.

 

Lo que compartimos con estos pueblos migratorios es que como ellos, todos estamos privados de Tierra. Nosotros, los viejos europeos, estamos privados porque no hay un segundo planeta para las necesidades expansivas de la globalización económica y en consecuencia deberemos cambiar nuestros modos de vida. Ellos, los futuros europeos, se ven privados porque han tenido que abandonar sus viejas y devastadas tierras y tendrán que aprender a cambiar la forma en que viven.

 

Este es el nuevo universo en que hemos aterrizado. La alternativa única de pretender que nada ha cambiado es la de retirarse detrás de un muro y continuar promoviendo, con los ojos bien abiertos, el sueño del "estilo de vida estadounidense” (o europeo), sabiendo al mismo tiempo que miles de millones de seres humanos nunca podrán hacerlo.

 

La mayoría de nuestros conciudadanos niega lo que le está sucediendo a la Tierra, pero entienden perfectamente que la cuestión de los inmigrantes pondrá a prueba todos sus deseos de identidad. Por ahora, alentados por los llamados partidos populistas, tan solo han captado un aspecto de la realidad del daño ecológico: está enviando un gran número de personas no deseadas a través de sus fronteras. De ahí su respuesta: "debemos levantar fronteras firmes para que no nos inunden”. Pero hay otro aspecto de este mismo cambio, que no han percibido correctamente: durante mucho tiempo, la nueva situación del cambio climático ha estado barriendo todas las fronteras, exponiéndonos a cada tormenta. Contra tal invasión, no podemos construir muros. La migración y el clima son parte de la misma amenaza.

 

Si deseamos defender nuestras identidades, también vamos a tener que identificar a esas masas de migrantes sin estado, que son conocidos como: erosión, contaminación, agotamiento de recursos y destrucción del hábitat natural. Podemos sellar nuestras fronteras contra los refugiados humanos, pero nunca se podrá evitar que intenten salir adelante.

 

Es aquí es donde tenemos que introducir una ficción plausible. Las élites ilustradas (que sí que existen) se dieron cuenta después de la década de 1990, de que los peligros resumidos en la palabra "clima" estaban aumentando. Hasta entonces, las relaciones humanas con la Tierra habían sido bastante estables. Era posible tomar un pedazo de la Tierra, asegurar los derechos de propiedad sobre él, trabajarlos, usarlos y abusar de ellos. La Tierra en sí misma se mantuvo más o menos tranquila. Pero las elites ilustradas pronto comenzaron a acumular evidencias empíricas que sugerían que este estado de cosas no iba a durar mucho. Pero incluso una vez que las élites entendieron que las advertencias de los informes y datos del estado de los sistemas naturales eran correctas, no dedujeron de esta verdad innegable que todo ello les costaría pagarlo caro. En vez de eso, sacaron dos conclusiones, que ahora han llevado a la elección de un señor de desgobierno para la Casa Blanca: sí, esta catástrofe ecológica debe pagar a un alto precio, pero son los otros quienes pagarán, no nosotros. Nosotros continuaremos negando esta verdad innegable.

 

Si esta ficción plausible es correcta, nos permite captar la "desregulación" y el "desmantelamiento del estado de bienestar" de la década de 1980, la "negación del cambio climático" de la década de 2000 y, sobre todo, el aumento vertiginoso de la desigualdad en los últimos cuarenta años. Todas estas cosas son parte del mismo fenómeno: las élites se dieron cuenta de que no habría futuro para el mundo y de que necesitaban deshacerse de todas las cargas de la solidaridad lo más rápido posible (de ahí la desregulación). Necesitaban construir una especie de fortaleza dorada para el diminuto porcentaje de gente que lograría avanzar en la vida (lo que nos lleva a una creciente desigualdad) y, para ocultar el egoísmo craso de este vuelco del mundo común, negar completamente la existencia de la amenaza (es decir, negar el cambio climático). Sin esta ficción plausible, no podemos explicar la desigualdad, el escepticismo sobre el cambio climático o la furiosa desregulación.

 

Voy a recurrir a la metáfora raída del Titanic: las personas de las elites ilustradas ven que la proa se dirige directamente al iceberg, saben que el naufragio es inevitable, agarran los botes salvavidas y piden a la orquesta que toquen canciones de cuna para poder hacer una escapada limpia, antes de que las alertas de alarma despierten a las clases más humildes. Desde los rieles del barco, las clases bajas, que ahora están completamente despiertas, pueden ver cómo los botes salvavidas se alejan flotando en la distancia. La orquesta continúa tocando "Más cerca de ti, Dios mío", pero la música ya no es suficiente para cubrir los aullidos de ira.Y de hecho la "rabia" es la palabra para describir la incredulidad y desconcierto que despierta tal traición.

 

Cuando los analistas políticos intentan captar la situación actual, usan el término "populismo". Acusan a la "gente común" de complacerse en una visión estrecha, critican sus miedos, su ingenua desconfianza hacia las elites, su mal gusto en la cultura y sobre todo su pasión por la identidad, el folklore, el arcaísmo y las fronteras. Dicen que estas personas carecen de generosidad, de apertura de mente, de racionalidad, no tienen gusto por el riesgo. (¡Ah, ese gusto por el riesgo, predicado por aquellos que están seguros dondequiera que sus millas aéreas les permitan volar!). Esto es para olvidar que las "élites" traicionaron insensiblemente a la "gente común", que abandonaron la idea de modernizar el planeta para todos porque sabían, antes que los demás, mejor que los demás, que esta modernización era imposible. La originalidad de Trump radica en la forma en que reúne, en un solo movimiento: una loca carrera para obtener el máximo beneficio (los nuevos miembros de su equipo son multimillonarios) junto a una loca carrera de una nación hacia las divisiones étnicas y, finalmente, una negación explícita de la situación geológica y climática.

 

Igual que el fascismo logró combinar los extremos, para sorpresa de los políticos y comentaristas de la época, el Trumpismo combina los extremos y engaña al mundo con su esperpento truculento. En lugar de contrastar los dos movimientos, el de avanzar hacia la globalización y el de retrocede hacia al viejo terreno nacional, Trump actúa como si ambas tendencias pudieran fusionarse. Por supuesto, esta fusión solo es posible si se niega la existencia misma de un conflicto entre la modernización, por una parte, y las realidades ecológicas y materiales, por la otra. De ahí el destacado papel del escepticismo sobre el cambio climático, que no puede entenderse sin esta negación del conflicto con los límites de la Tierra. Y es fácil ver el por qué:  la total falta de realismo existente entre los que lideran y alientan a millones de miembros de las llamadas clases medias para volver a la ilusoria protección del pasado. Por ahora, este proceso contradictorio entre estado nación y la globalización modernizadora es una forma de permanecer completamente indiferente a la situación geopolítica en la Tierra. Por primera vez, todo un movimiento político ya no afirma que puede enfrentar seriamente a las realidades geopolíticas, contrariamente se coloca así mismo fuera de cualquier restricción externa y límite, por así decirlo. Lo que cuenta por encima de todo es que las élites saben que ya no deberán tener que compartir con las masas, un mundo que saben que ya nunca tendrán que compartir con la mayoría de la humanidad.

 

Es increíble que esta supuesta innovación provenga de un promotor inmobiliario endeudado que ha ido de bancarrota en bancarrota y que se convirtió en una celebridad gracias a los programas de reality TV (otra forma de escapismo). La completa indiferencia hacia los hechos marcaron la campaña electoral de Trump, algo que es simplemente una consecuencia de afirmar que puedes vivir sin haber aterrizado en la realidad. A aquellos que piensan que van a regresar al país que una vez conocieron les promete que reencontrarán su pasado (aunque en realidad los está arrastrando hacia un lugar imaginario sin existencia real). Entonces no puede ser muy exigente sobre las evidencias empíricas.

 

No tiene sentido enojarse porque los votantes de Trump no creen en los datos y los hechos, no son estúpidos. La situación es totalmente la contraria: es el hecho de la situación geopolítica general lo que hace que la indiferencia hacia los hechos se vuelva tan esencial. Si tuvieran que darse cuenta de la gran contradicción entre la esperanza de la vuelta a la modernización nacional y los límites de la Tierra, tendrían que comenzar a bajar y poner los pies en tierra. En este sentido, el Trumpismo define (por supuesto en negativo) el primer gobierno ecológico.

 

Y no hace falta decir que la "gente común" no debería tener demasiadas ilusiones acerca de cómo va a resultar esta aventura. No hace falta ser muy brillante para prever que todo terminará en una terrible conflagración. Este es el único paralelismo real con los otros fascismos. El desafío a cumplir está hecho a medida para Europa, ya que es Europa quien inventó la extraña historia de la globalización y luego se convirtió en una de sus víctimas. La historia pertenecerá a los primeros que vuelvan a poner sus pies en la tierra aterrizando en una Tierra que pueda ser habitable, a menos que los otros, los soñadores de la realpolitik antigua, finalmente consigan destruir la Tierra para siempre.


Por Bruno Latour, de The Great Regression, una colección de ensayos editados por Heinrich Geiselberger que Polity publicará el próximo mes.
Latour es filósofo y el autor de una reciente investigación sobre los modos de existencia.

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3 octobre 2017 2 03 /10 /octobre /2017 12:14
Una propuesta más verde para el Parque Central de València y el lío ferroviario por V.Torres, F. Gaja y J. Olmos
 
Una propuesta para el Parque Central y el lío ferroviario

La reciente decisión del Ministerio de Fomento de replantear la red abre nuevas perspectivas

03.10.2017 | 09:18

 

El entramado ferroviario de València, requisito imprescindible para construir el Parque Central en su totalidad, lleva treinta años sin resolverse. Estos días, el Ministerio de Fomento ha reconocido la necesidad de reiniciar el estudio de alternativas a la travesía ferroviaria y la propuesta de nuevas vías entre València y Castelló, al haber caducado la declaración de impacto ambiental.

Treinta años va a cumplir un proyecto promovido en 1988 por el Plan General de València, condicionado siempre por las distintas opciones ferroviarias, complicadas además por la llegada del AVE en 2010. En 2015, el Parque Central, fruto de un concurso internacional, inició las obras de una primera fase, hoy en marcha. Mientras tanto, la solución ferroviaria sigue sin resolverse para liberar el espacio completo del parque.

Estos días el Ministerio de Fomento ha reconocido la necesidad de reiniciar el estudio de alternativas a la travesía ferroviaria y de la propuesta de nuevas vías entre València y Castelló, al haber caducado la declaración de impacto ambiental. Es pues un buen momento para la reflexión y el debate de nuevas ideas, para replantear la red ferroviaria con realismo, audacia y visión metropolitana, como ya hemos propuesto en artículos anteriores, y que ahora vamos a recapitular y ampliar.

Proyectos asequibles

Damos por supuesto (sin demasiada convicción) que la era de los proyectos disparatados y megalómanos ha finalizado, aunque nos han dejado una herencia fatídica que todavía no sabemos cómo liquidar. Partimos de una situación de exceso en determinadas infraestructuras, lo que debería conducir (tampoco estamos convencidos de que así suceda) a ajustar muy bien las nuevas necesidades, rentabilizando y aprovechando el capital público ya construido, buscando soluciones más factibles técnica y financieramente, de menor impacto y de ejecución más rápida, olvidando las ya caducadas.

A favor del ferrocarril cotidiano de proximidad

Cercanías significa proximidad, y por ello nuestra flamante Estación del Norte, que cumple cien años, debería seguir acogiendo todos los servicios de cercanías, que llegarían por un canal de acceso. El proyecto de la estación del arquitecto Portela, alejada de la calle de Xàtiva, significaba penalizar a los viajeros de esos servicios (que representan casi un 90% del total de viajes de Renfe) pues les llevaba a una segunda planta del subsuelo para favorecer al AVE (que solo representa un 5% de los viajes). Son desplazamientos casi cotidianos para muchas personas, por trabajo, estudios o gestiones, lo que refuerza la necesidad de mantener su centralidad actual, con sus buenas conexiones con el resto del transporte público.

Pasando del pasante

Hasta ahora, las últimas propuestas de modificación de la red ferroviaria suponían atravesar la ciudad por el subsuelo, conectando el norte con el sur: el túnel pasante, para entendernos. Una cara y disparatada travesía de Ciutat Vella (trazado en curva por debajo de la Plaza de Toros y la Gran Vía) complicada, de larga ejecución y de impactos imprevisibles. En nuestra opinión, ese pasante se puede desechar definitivamente.

Proponemos aprovechar la parcela próxima a la actual estación de Fuente de San Luís (PAI Sector NPI-8) para una nueva estación intermodal, en el borde del núcleo urbano, que atendería todos los servicios ferroviarios de largo recorrido, AVE incluido.

Se podría construir la estación elevada sobre las vías, sin necesidad de enterramientos, que estaría conectada con la red de metro de la ciudad (prolongación de las líneas 1-2 por Ausiàs March), así como con la Estación del Norte mediante una lanzadera.

Infraestructuras que darían servicio, al mismo tiempo, al Hospital de Referencia de la Comunitat Valenciana, actualmente con grandes problemas de accesibilidad. Los espacios contiguos podrían acoger los servicios de la actual estación de autobuses interurbanos, bien conectada con la red viaria, además de aparcamientos para viajeros de fuera de la ciudad o los denominados aparcamientos de disuasión.

Hablamos de la periferia urbana, no de ubicaciones absurdas en medio de la nada, como son las estaciones de AVE de Tarragona, Villena, o Requena-Utiel. Y hablamos de una centralidad metropolitana, accesible de manera intermodal, sin recargar innecesariamente el centro urbano, y manteniendo los viajeros de Cercanías en la inmejorable situación actual.

Corredor València-Castelló

Descartamos además construir una nueva plataforma para alta velocidad entre València y Castelló, porque no tiene sentido gastar 1.200 millones para ganar unos pocos minutos de viaje, causando graves impactos sobre la mejor huerta protegida. La línea que ahora nos lleva a Barcelona se puede mejorar con poca inversión, como ya hemos explicado en otras ocasiones.

Más razonable sería aprovechar el pasillo del actual bypass carretero de la A-7 para un nuevo bypass ferroviario para las mercancías, enlazando Silla con Sagunt, y pasando por las áreas logísticas e industriales. Con ello se aliviaría el tráfico en la línea actual València-Castelló, para diversos tipos de trenes de viajeros. Una opción más realista que la ruinosa y exclusiva del «todo AVE». La ampliación de capacidad de esta línea podría hacerse de manera progresiva, sobre la plataforma actual, sin nuevas infraestructuras que fragmenten la huerta, y solucionando definitivamente algunas travesías urbanas.

Se completaría así una opción más razonable para el denominado Corredor Mediterráneo, evitando el paso de mercancías por la ciudad y por el túnel de Serrería. Una apuesta ferroviaria que por supuesto obligaría a abandonar nuevas ampliaciones de viario en los accesos a València (A-7, V-30, V-21).

El Parque Central y la ciudad

Planteado además como la oportunidad de eliminar la fractura en los barrios del sur, la operación Parc Central se basó sobre una hipótesis discriminatoria: la de su autofinanciación. Baste recordar que otras operaciones de nulo interés general (60.000 millones en el programa AVE) se han cargado íntegramente a los presupuestos generales.

La construcción de unos edificios de gran altura, en lo que está llamado a ser el pulmón central de València, rompería su perfil urbano, arrojando unas sombras inaceptables sobre un espacio verde. Además, en las actuales circunstancias financieras e inmobiliarias, la hipótesis de la autofinanciación es altamente inviable, baste recordar otras operaciones que siguen encalladas, como la construcción del Nuevo Mestalla.

El Parc Central no debe incorporar ninguna edificación lucrativa privada. Así parecen haberlo entendido las administraciones actuantes que están ejecutándolo parcialmente con cargo en su totalidad a los presupuestos públicos . También habría que revisar la trama viaria, excesiva a nuestro juicio.

Epílogo:abrir el debate

Las obras del Parc Central avanzan a una velocidad razonable. En el caso de que se deshiciera el 'nudo gordiano' ferroviario, en la línea que hemos apuntado o similar, la ejecución del parque también se vería beneficiada de manera sustancial.

En síntesis, pues, la situación exige la apertura de un amplio debate ciudadano, evitando los trágalas y los hechos consumados tan habituales en décadas pasadas. Es mucho lo que se juega la ciudad en este asunto.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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5 septembre 2017 2 05 /09 /septembre /2017 13:24
Árboles de redención
05.09.2017 | 04:15
 

Hasta hace poco, el Parque Central sólo era un asunto de técnicos, algunos muy sabios y capaces de elaborar una alternativa de conjunto al PAI del Parque Central que fue aprobado en el 2003. Fue esa época, que parece el siglo pasado, en la que andábamos ebrios de ladrillo y plusvalía (ninguna droga de dos componentes causó más estragos) lo que hace que contenga tantas alucinaciones como veinte pelis de Simbad el Marino y más pretensiones que el ajuar de una folclórica. Ahora hablan del Parque Central en los periódicos y en las asociaciones de vecinos y la pregunta no es por qué ahora, sino por qué no antes. Pues porque con el Cabanyal, el Botànic y todo eso, andábamos sobrados de tareas, no se puede salvar todo, Gotham es mucho Gotham.

Lo que sí ha ocurrido es que el detonante de la resistencia, aún sorda como la marea viva, ha sido un puñado de plátanos de la calle Bailén destinados en los planes al sacrificio prematuro. Nadie debería cortar un árbol más viejo que él mismo. Este principio no viene en ningún libro, consulten a su conciencia. La redención o a liberación se produjeron en/bajo un árbol y desde entonces, todas las religiones, incluido el ateísmo militante, están sedientas de su lado chamánico, animista: no casualmente el ecologismo político empezó en Alemania que es donde luteranismo y demás familia llegaron más lejos en los signos abstractos y descarnados.

Así pues, lean a Vicente Torres, Fernando Gaja, Joan Olmos y demás expertos y sabrán que se pueden hacer otras cosas más baratas y racionales y menos molestas, que es un vicio muy feo compararse con nadie (te volverás vanidoso o amargo) y que si el alcalde Joan Ribó está atado por compromisos anteriores firmados por la manirrota difunta Rita Barberá, cuya capacidad para los regalos principescos era conocida hasta en los foros judiciales, si le pasa eso, que lo destape, lo cuente y empiece a negociar. Lo hizo Manuela Carmena, la alcaldesa de Madrid, donde, por cierto, la estación de Chamartín no está en el centro. ¿Con cuantos árboles nos conformaríamos? Con todos los que quepan.

 
 
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4 septembre 2017 1 04 /09 /septembre /2017 05:45
El Parc Central és nostre i el volem verd

Publicado en El Levante el 04/09/17 http://suscriptor.levante-emv.com/valencia/2017/09/04/parc-central-nostre-i-volem/1611255.htm

El Parc Central és nostre i el volem verd

 

Aunque el Plan General de Ordenación Urbana de Valencia de 1988 prevé la conversión de los suelos ferroviarios de l'Estació del Nord en espacio verde, el Parc Central, el actual Gobierno Municipal quiere dilapidar la mayoría de este valioso suelo público mediante un gran pelotazo urbanístico. De las 64 hectáreas liberadas de los terrenos de la RENFE sólo 23 serán parque. Se quiere convertir gran parte de este patrimonio común en parcelas edificables vendidas a empresas inmobiliarias, holdings e inversores financieros extranjeros, buscadores de suculentos beneficios mediante la especulación y reventa en escalada de precios tan propia de una economía casino.

El rimbombante nombre de «Parc Central» es sólo el buque insignia electoralista con el que los gobernantes valencianos quieren disimular la ignominiosa operación privatizadora y especulativa que hay detrás. El parque proyectado sólo será un raquítico jardín rodeado de calles con tráfico, grandes bloques de viviendas, comercios, hoteles y altos rascacielos. Esta perniciosa operación de enajenación del suelo público en favor de intereses privados de lucro ha contado con el consenso de todos los partidos políticos municipales y autonómicos. Las autoridades valencianas quieren llenar con cemento, asfalto y ladrillo más del doble del suelo destinado a jardín, árboles y tierra respirable, y aún será mucho mayor la densidad y volumen construido en altura. Las pérdidas ciudadanas de esta vieja y peligrosa distopía urbanizadora serían inmensas e incalculables.

De espaldas a la ciudadanía

Este crecimiento neoliberal y desarrollista de espaldas al debate social y la ciudadanía valenciana hipoteca gravemente el futuro de la ciudad. Quieren levantar un barrio elitista con 4.000 viviendas de lujo en el suelo público más valioso del centro político, comercial, financiero, histórico y monumental de la ciudad. En la primera fase 1A del PAI se amputarían 135.000 m²; de suelo público y se arrancarían los árboles centenarios de la calle Bailén, en vez de proteger y catalogar esta herencia viviente, y en las fases 1B y 2 se edificarían 353.958 m² y 139.883 m² respectivamente.

Ni la ciudad ni su ciudadanía necesitan esta pérdida colectiva para la monstruosidad de levantar miles de viviendas y cuatro rascacielos de más de 25 alturas en el mismo corazón de la ciudad. València sólo cuenta con 5,64 m² de superficie verde por habitante, una de las tasas más bajas de las grandes ciudades españolas. No cumple con las recomendaciones de la OMS (10-15 m²). Esta violencia urbanizadora, en una ciudad con grandes déficits en bienes ambientales y equipamientos en los barrios y con decenas de miles de viviendas vacías, hoy sería impensable en ciudades europeas de renombre.

El suelo público del Parc Central constituye una reserva estratégica de bien común, tan valioso y necesario como escaso y amenazado. El actual proyecto de Parc Central constituye una opaca contrareforma autoritaria, neodesarrollista y clasista de saqueo del menguante espacio colectivo y común de la ciudad. Poco parecen haber cambiado los partidos gobernantes después de la reciente crisis socioeconómica que nos trajo la burbuja inmobiliaria, el monocultivo del ladrillo, así como tantos casos de corrupción.


El «túnel pasante» contra el Parc Central verd


El proyecto de Parc Central incluye la construcción de nuevas infraestructuras ferroviarias: una nueva estación de AVE y un largo túnel subterráneo de 9 kilómetros atravesando Valencia por las Grandes Vías para los trenes de cercanías, el AVE y los trenes de largo recorrido de pasajeros y mercancías. Los disparatados costes de este faraónico «túnel pasante», previsto para dentro de diez años o más, si es que alguna vez se hace, tienen la función de ser el anzuelo y la excusa para consumar con éxito el pelotazo inmobiliario en las primeras fases de actuación y hacer imposible que el Parque Central pueda ser un gran pulmón verde. Detrás de las promesas electoralistas del alcalde, Joan Ribó, de plantar miles de árboles y arbustos se esconde esta operación especulativa de recortes que la jerga política justifica como medio de afrontar los costes astronómicos del túnel aunque este «aprovechamiento urbanístico» tan sólo pagaría el 13% de las obras. El megalómano túnel entra en conflicto frontal contra el mismo Parc Central, exige su sacrificio como gran parque verde.

Pero muchos técnicos cualificados ven innecesario este gigantesco túnel. Consideran mucho más sensato y eficaz crear una estación intermodal en superficie para el AVE y los trenes de largo recorrido en la Fonteta de Sant Lluís. Esta opción mucho más barata haría innecesaria la operación especuladora sobre el suelo público y aumentaría el espacio verde disponible cercano a la Estació del Nord y a la actual Estación Joaquín Sorolla. La utilización y mejora del trazado y vías ya existentes, como las del túnel de Serrería, y la construcción de una conexión subterránea de los viales de cercanías con la Estación del Norte, facilitaría los trayectos locales evitando los impactos destructivos de un nuevo trazado ferroviario sobre las tierras de huerta protegida. También se reducirían los riesgos para las fincas existentes causados por la gran envergadura del movimiento de tierras en el subsuelo.

No queremos volver a las políticas del pelotazo inmobiliario. Exigimos la paralización inmediata de la subasta de terrenos públicos y la modificación de los PAIs para un Parc Central verde, más democrático, justo y acorde con los intereses del bien común. Un gran parque a la altura de las necesidades colectivas de equidad, salud ambiental y transporte de la ciudad y su zona metropolitana. Queremos conectar los barrios del sur de la ciudad con arbolado y vías verdes, no con calles repletas de vehículos, ruidos y humos tóxicos.

No hay excusas si existen alternativas técnicas mejores, compatibles con el «Corredor Mediterráneo» y con el AVE hacia Barcelona. El alcalde Ribó y el gobierno municipal han de ponerse del lado de las necesidades y aspiraciones de la ciudadanía valenciana protegiendo el suelo público y haciendo del Parc Central un gran pulmón verde para el encuentro, la diversidad social, el tejido comunitario, el bienestar colectivo, la salud ambiental y la conexión con la naturaleza.

Cuando las luchas vecinales de los setenta palpitaban reclamando la protección del Saler y el cauce del Túria como gran zona verde frente a la amenaza de una autopista que conectara con Madrid, el cuerpo político de la época tuvo la sabiduría, la generosidad y la fuerza de hacer naufragar esta pesadilla desarrollista. Ahora también esperamos que los legisladores valencianos rectifiquen y estén a la misma altura de miras para salvar el Parc Central del hormigón y el despilfarro innecesario.

Hoy, cuatro décadas más tarde, seguimos defendiendo el bien común: «El Parc Central és nostre i el volem verd!».

 

Mónica Ibañez

monapika3@gmail.com

Mara Cabrejas

mara.cabrejas@uv.es

 

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18 juillet 2017 2 18 /07 /juillet /2017 12:45

Publicado en el diario Levante el 18 de julio, 2017 http://www.levante-emv.com/opinion/2017/07/18/malos-humos-alcalde-joan-ribo/1594545.html

 

Si la moralidad pública se puede medir por la distancia entre lo que se dice y lo que se hace el Alcalde de Valencia saca una nota muy baja.

Ha sentado muy mal al Sr. Alcalde el artículo publicado el 30-6-2017 en este diario: "El negacionismo climático de la clase política y el caso valenciano". El mayor mandatario de la ciudad de Valencia parece no aguantar algunas evidencias como son la ausencia de políticas climáticas dignas de tal nombre por parte del gobierno valenciano considerado “progresista” y de “izquierdas”. El mismo Joan Ribó ha respondido directamente al correo particular del coautor de dicho artículo con calificaciones despreciativas contra mi persona como coautora del mismo. Su reacción intolerante de "matar al mensajero" de las malas noticias pasa de los hechos y contenidos al ataque personal, algo que resulta escasamente honorable para un alto cargo institucional como es el de Alcalde de Valencia y es señal de gran debilidad política.

 

 

Pues bien, yo soy “la xica esta" que según escribe Joan Ribó "podria definir com una ‘enfant terrible’, amb més vocació de definir les coses filosòficament per damunt de qualsevol anàlisi i voluntat de canviar de veritat les coses". Este malestar del Sr. Alcalde ante las críticas de unos ciudadanos de a pie viene a decirnos que los contenidos del artículo aciertan de pleno y destapan verdades sobre la desidia política valenciana ante la catástrofe colectiva del cambio climático. Estas autoridades "del cambio" se colocan en la misma orilla que la derecha más cavernícola a pesar de las crecientes señales de la tragedia climática empujada por la locomotora del crecimiento de la economía crematística y la energía fósil. Al igual que la derecha Joan Ribó sólo ve “catastrofismo” donde hay defensa firme de bajar rápidamente la emisiones tóxicas a la atmósfera, algo contrario a lo que ocurre en la ciudad de Valencia, donde las políticas globales de tráfico y de grandes infraestructuras, el turismo de masas, la agricultura químico-intensiva con agrotóxicos, la espiral inflacionaria de residuos, la falta de producción de energías renovables, etc, etc, no solo imposibilitan la bajada de las emisiones contaminantes sino que los dineros ciudadanos revierten perversamente en políticas que incrementan las enfermedades ecológicas que padecemos.

 

Las pinceladas ambientales sectoriales, erráticas y marginales y los gestos discursivos no hacen las políticas climáticas. No son ni globales ni transversales ni reales. Seguimos sin indicadores y sin datos ambientales públicos, concretos y globales sobre las emisiones contaminantes de muchas actividades de competencia autonómica y municipal, como son la energía, el tráfico, la sanidad, la enseñanza, la vivienda, el urbanismo, la agricultura, los residuos … Brillan por su ausencia los objetivos concretos, ambiciosos, temporales, cuantitativos y evaluables de reducción de las emisiones contaminantes en la ciudad de Valencia y durante esta legislatura, que es el periodo de responsabilidad institucional y política. Cuando las prioridades prácticas locales y autonómicas siguen puestas en el crecimiento y el negocio de todo tipo de actores económicos particulares, al margen de los daños socioecológicos y climáticos de tales actividades, caen en saco roto las declaraciones grandilocuentes de apoyo a los distintos acuerdos europeos y de la ONU para la reducción de emisiones de CO2.

 

El Alcalde Ribó entiende su defensa de las políticas del "bien común" como lo hace el neoliberalismo: lo resultante de la simple agregación de los desiguales actores económicos del mercado movidos por los intereses particulares cortoplacistas del beneficio monetario. Esta ausencia de intervención política reguladora, que en realidad nada tiene que ver con el interés general, cede el poder a la competitividad económica y la "autoregulación" del mercado camuflada con pequeños y anecdóticos "ajustes" sociales y con los falsos lenguajes de la "gobernanza", la "concienciación", "la educación ambiental" o la "participación" ciudadana. Estas políticas neoliberales dinamitan activamente la salud ambiental de la ciudad y los bienes comunes climáticos y también hipotecan gravemente el futuro próximo y las oportunidades para los cambios necesarios y urgentes.

 

El Alcalde Ribó afirma estar contra el calentamiento climático aunque oculta los datos globales de emisiones de CO2 y otros gases contaminantes por sectores y actividades. Dice querer “reverdecer la ciudad” pero Valencia sigue sin una normativa de permeabilidad del suelo y crecen las islas de calor por falta de respiración y asfixie de los suelos. Dice querer salvar El Cabanyal pero se deshace de la vivienda pública y fomenta la rehabilitación mediante la especulación urbana y el turismo con capitales extranjeros que favorecen la gentrificación, escupen a los vecinos de rentas bajas, desmembran el tejido y la vivacidad de barrio y lo convierten en parque temático adaptado al monocultivo turístico. Defiende la universidad pública de calidad aunque está dispuesto a privatizar el uso de un gran solar municipal bajo la excusa de no perder el régimen de propiedad pública de dicho suelo, quiere cederlo nada menos que 75 años a una universidad norteamericana privada y elitista llamada Universidad Europea, que cotiza en bolsa y es campeona en mediocridad académica y en denuncias estudiantiles.

 

 

El Alcalde Ribó dice defender la huerta agrícola periurbana pero traiciona su compromiso electoral de recuperar la huerta de La Punta para cederla a la expansión portuaria de la ZAL y convertirla en suelo muerto para contenedores, macro-conciertos y macro-botellones. Dice proteger los barrios históricos pero promociona la turistrificación sin regulación legal, los no lugares, la atomización y anonimato de los lazos sociales y se niega aplicar una ecotasa turística que revirtiera en amortiguar los altos impactos medioambientales del turismo de masas en residuos, agua y energía. Dice estar por la peatonalización y limitar la penetración de vehículos privados al centro de la ciudad pero apuesta por gestionar y sacar beneficios monetarios de aparcamientos subterráneos como el de la Plaza de Brujas al lado del Mercado Central o el de la Plaza de la Reina, que actuarán como fuertes imanes atractores del tráfico hacia el mismo corazón monumental e histórico de la capital. Dice apoyar las energías renovables pero no se ve por ninguna parte el aumento de la energía solar, térmica o fotovoltaica, ni la ecoeficiencia ni la reducción sustancial del consumo total de todo tipo de energías. Dice defender el aire limpio pero se niega adoptar normativas regulatorias eficaces para reducir el tráfico de vehículos privados como respuesta a la grave contaminación atmosférica de distintos entornos urbanos de centros  de enseñanza valencianos, en los que como media se llegan a superar cuatro veces los límites máximos de peligrosidad y riesgo establecidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Dice mejorar la calidad del aire de la ciudad mediante un anillo ciclista y algunas calles peatonalizadas en el centro pero no baja el volumen total de coches con sucios motores de combustión. Anuncia falsamente en grandes paneles publicitarios costeados por el Ayuntamiento que con el carril bici hay menos contaminación pero se niega a instaurar una ecotasa por congestión y toxicidad para reducir el volumen total de tráfico rodado, sanear la respiración de la ciudad y financiar la mejora del transporte público.

 

 

El Alcalde Ribó dice cuidar los espacios verdes y jardines pero en vez de crear biotopos silvestres de refugio para especies autóctonas de fauna y flora como se está haciendo en muchas ciudades europeas, en Valencia avanzan los espacios "verdes" muertos, artificiales y plastificados, como son los campos deportivos en el cauce del Turia con un uso social privatizado y excluyente. También crece la toxicidad de los espacios verdes causada por los tratamientos rutinarios e indiscriminados con plaguicidas y herbicidas que practican las empresas subcontratadas de jardinería y mantenimiento, que son biocidas para la salud humana y la de nuestros parientes no humanos multidiversos, como son los productos comerciales con el venenoso glifosato. Dice apostar por la Agroecología pero ¿qué parte de esta palabra no entiende cuando la aplica engañosamente como nuevo mantra para promocionar la producción agrícola convencional químico-intensiva y los circuitos de energía y materiales muy largos y abiertos de los tratamientos agrotóxicos con "fitosanitarios"?. Es nula la ejemplaridad ecológica, pública e institucional, en los servicios de alimentos en comedores, cafeterías, bares y máquinas expendedoras de las instituciones de todo tipo, en las escuelas y centros sanitarios, brilla por su ausencia en las compras públicas y en las condiciones de las subcontratas a empresas privadas. Dice defender la producción local de los productos ecológicos de la huerta metropolitana pero no existen objetivos municipales concretos, temporales y medibles de aumento de la producción y el consumo interno de productos ecológicos ni prohibe los tratamientos agrotóxicos en la huerta del término municipal de la ciudad.

 

El Sr. Alcalde apuesta por el Parque Central pero lo condiciona a que sea un engendro incatalogable: un "no parque" que incluye calles y rascacielos para mil viviendas de lujo fruto de la venta, especulación y privatización del suelo público para obtener rápidas plusvalías monetarias. Una nueva extinción urbana anunciada es la de la arboleda centenaria de la calle Bailén, que además de ser memoria histórica viviente sigue donando valiosos servicios de frescura, protección y paisaje. Dice proteger los espacios naturales pero rehabilita el paseo marítimo de una urbanización costera ilegal CASBAH. Dice proteger la Albufera y el Saler pero desde sus competencias municipales no ha hecho nada para pacificar y reducir significativamente el tráfico infranqueable de la carretera CV-500 que disecciona el parque natural. ¿Cuantos años más quiere retrasar una normativa municipal para la separación en origen de las basuras domésticas?. Dice estar contra la tauromaquia y el maltrato animal pero permite este dantesco negocio económico poniendo por delante de los Derechos Animales los derechos individuales liberales de participación en los sangrientos espectáculos públicos de matadores que practican el "arte" cruel de la tortura y muerte de toros. Tampoco impide estas embrutecidas celebraciones festivas de sufrimiento animal en el término municipal de la ciudad ni usa su peso político en la Diputación Provincial de Valencia para evitar que se sigan financiando con dinero público estas inmorales actividades, cuando ocurre que una amplísima y creciente mayoría social de todo tipo y condición rechaza la horrenda "fiesta nacional". Prohibir los toros embolados en algunas pedanías no evita las corridas de toros en la feria de julio, ni las escuelas taurinas, ni la ignominia de los premios taurinos y certámenes que año tras año son promocionados activamente por cargos públicos e instituciones valencianas como la Diputación Provincial de Valencia.

 

Unas políticas municipales “verdes” y contra el cambio climático son algo más que las imágenes de marketing electoral de Joan Ribó en bicicleta. La ciudad de Valencia y la salud ciudadana merecen algo mejor que los malos humos del Alcalde y sus políticas.

 

Mara Cabrejas

Profesora de Sociología de la Universitat de València

 

 

 

 

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2 juillet 2017 7 02 /07 /juillet /2017 19:21


 

A pesar de lo irracional y nefasto del abandono de Trump del Acuerdo de Paris sobre el Clima lo cierto es que ha caído como maná del cielo para la mayoría de los líderes políticos europeos y para el deprimido proyecto europeo. Ha permitido sacar pecho a nuestros portavoces institucionales de todo tipo y color haciendo proclamas en "defensa" del clima. La irresponsable espantada de Trump del Acuerdo de Paris ha dado pie a una reacción con una curiosa escenografía de políticos y empresarios que enarbola "los valores europeos", también se han sumado actores sociales tan variopintos y distanciados como son las empresas campeonas en emisiones contaminantes y las organizaciones no gubernamentales ecologistas y defensoras de los derechos ambientales. Lo llamativo del discurso de este renovado brote de orgullo europeo es que se haga en nombre de un problema ecológico que afecta a la atmósfera planetaria, algo que alude a nuestra identidad común primordial, tan fundamental como despreciada: nuestra condición común de terrícolas radicalmente dependientes de los ecosistemas y el estado de salud de la Tierra.

 

Otro cantar es la irresponsabilidad generalizada, tanto de EE.UU, y de la UE, de no embarcarse en una lucha climática ambiciosa y eficaz a la altura de las enormes exigencias del problema civilizatorio a que nos enfrentamos. En ambos lados del atlántico las prioridades económicas del crecimiento y del extractivismo globalizado siguen vetando los profundos cambios estructurales necesarios para tomar en serio el cambio climático.

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