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Los Verdes

7 mars 2019 4 07 /03 /mars /2019 15:30


  Rebel.lió / Extinció
  XR-València    
                                      MANIFIESTO  ECOFEMINISTA

 

    


  Rebel.lió / Extinció
  XR-València    
                                      MANIFIESTO  ECOFEMINISTA

 

Somos mujeres con los pies en la Tierra

 

Mujeres y hombres somos parte de la naturaleza. Somos seres terrestres de la Tierra. Nuestra identidad existencial primigenia es física, biológica y ecológica, además de social y cultural. Pertenecemos al excepcional mundo viviente de la Tierra. Nuestro único y común hogar es el terrestre, no tenemos un planeta B. Dependemos de complejos metabolismos físicos, biológicos y ecológicos íntimamente relacionados que hacen posible el mantenimiento, la regeneración y el florecimiento de la vida desde tiempos inmemoriales, que los humanos no podemos sustituir ni crear. Somos vulnerables y radicalmente ecodependientes.

 

Aceptamos la finitud del los bienes del planeta y la interconexión y dependencia entre los seres humanos y el resto de seres vivos.

 

El patriarcado industrial en su historia de cuatro siglos ha desarrollado tecnologías y artefactos dotados de colosales capacidades y poderes de transformación y destrucción del medio físico terrestre, en cuyos delicados equilibrios ecosistémicos han emergido evolutivamente los seres humanos como especie.

 

Las creencias antropocéntricas del progreso y la abundancia material ilimitada destiladas por la etnocéntrica y patriarcal cultura occidental moderna, son ajenas a la capacidad de carga y las necesidades bioproductivas del planeta. La Tierra ha dejado de encajar los golpes y los devuelve cada vez con más virulencia.

 

Nuestra actual situación ecológica y climática es de emergencia planetaria por afectar dramáticamente al conjunto de los humanos y no humanos, por ello la ecología ha de ocupar el centro de la política y las instituciones marcando las prioridades en todos los ámbitos de acción, individuales y colectivos, públicos, privados y comunitarios.

 

La dominación de las mujeres y la naturaleza van juntas

 

Las dominaciones de las mujeres y de la naturaleza parten del falso y arrogante supuesto de superioridad y separación de los procesos naturales y sociales que constituyen el sustento imprescindible para la reproducción humana y social.

 

La dominación patriarcal y la visión productivista de separación y apropiación de la naturaleza tienen la misma raíz imaginaria y simbólico cultural. Ambas parten de mentalidades que dicotomizan, separan jerárquicamente y simplifican la complejidad del mundo, que es dinámico, interconectado y multidimensional. Es artificial y arbitraria esta arrogante desconexión entre el mundo humano y el mundo natural de la Tierra, como lo son los códigos de género que establecen la separación entre el mundo privado de las relaciones domésticas y del cuidado, y el mundo público del individualismo y la competencia de la economía, el empleo y la política.

 

En nuestra historia cultural los dualismos separadores de las percepciones y prejuicios androcéntricos, antropocéntricos, etnocéntricos y especistas están muy entrelazados y se refuerzan mutuamente (hombre/mujer, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, razón/ emoción, humano/animal...). Las asociaciones simbólicas entre lo femenino, la naturaleza y las emociones, y entre lo masculino, la razón y la cultura, apuntalan las formas dominación y desigualdad patriarcal que padecen las mujeres. Desde los sesgos androcéntricos se invisibilizan y devalúan los trabajos reproductivos de los cuidados que diariamente realizan muchas mujeres en los espacios privados, públicos y comunitarios, como son el cocinar, limpiar, alimentar, a pesar de que constituyen una economía relacional que es sostén fundamental de la seguridad y el bienestar de las vidas humanas individuales y las sociedades. El dualismo generizado concibe el trabajo económicamente remunerado como “productivo” y desvaloriza los trabajos de sostenimiento y de cuidados del mundo doméstico como improductivos y asociados a las mujeres. Estas regulaciones patriarcales subsisten a través de normas sociales que siguen atribuyendo a las mujeres unas responsabilidades específicas en la esfera privada y orientan a los hombres a considerar la esfera pública como masculina y propia.

 

Nunca hemos dejado de depender de los bienes y servicios naturales y por ello no podemos someter el mundo natural a los intereses y libertades humanas sin límites. Muchos de los bienes ambientales de hoy ya no volverán a engendrarse a causa de la presión humana destructiva hacia sus necesidades de bioregeneración. Nuestra situación colectiva de rebasamiento de los límites físicos de la biosfera hace que sean irrealizables muchas de las ilusiones modernas sobre una historia humana de creciente avance y mejora sin final en bienestar y progreso humano y tecnológico.


 

Hacer las paces con la Tierra, no la guerra

 

Como ecofeministas nos sentimos comprometidas con la Tierra y con los seres y ecosistemas de la misma. Defendemos los valores y las políticas guiadas por los cuidados compartidos y las relaciones cooperativas y fraternales hacia los humanos y hacia el resto de seres biodiversos y ecosistemas, en los espacios privados, públicos y comunitarios.

 

La acelerada degradación y contaminación de las fuentes y servicios vitales de la biosfera tiene como causa histórica principal el avance de un patriarcado industrial supremacista que coloca al hombre por encima de las mujeres y del mundo natural. Los valores antropocéntrismos y androcéntrismos hoy nos empujan a una tragedia socioecológica de dimensiones dantescas desconocidas en nuestra historia, sin vuelta atrás posible a causa de la pérdida de hábitats naturales, de extinciones masivas, de colapso climático y de sufrimiento, enfermedad y muerte de seres humanos y no humanos.

 

El industrialismo patriarcal de la globalización, que concentra el poder y la riqueza económica en élites masculinas, en varones heterosexuales de las clases dominantes, tiene consecuencias dramáticas que afectan conjuntamente a las mujeres, la naturaleza y los países y comunidades más empobrecidas.  Ante la inmensidad de los daños socioambientales diseminados espacial y temporalmente, el negacionismo práctico de las políticas de izquierdas y derechas sigue alimentando los mitos suicidas del crecimiento ilimitado en un planeta finito en materiales y cada vez más degradado. Apuestan por alargar los plazos de las políticas expansivas del crecimiento material de la producción y el consumo de recursos naturales de todo tipo y de cualquier lugar del planeta. Sus falsas “soluciones” y sus promesas irrealizables se desentienden de los problemas y retos ecológicos que socialmente son cada vez más percibidos.


 

La tragedia de la translimitación ecológica del patriarcado industrial

 

La guerra humana contra la naturaleza impulsada por el maridaje entre gigantescos poderes industriales, científicos y tecnológicos, ha llegado hasta los límites extremos de estar dañando las capacidades generativas de muchos de los ecosistemas vitales de la Tierra. Las incesantes demandas humanas consumen y transforman los bienes naturales en desechos y contaminantes de todo tipo colapsando los metabolismos y las capacidades biogenerativas y depurativas del planeta. El legado histórico de una industrialización basada en la quema de combustibles fósiles hoy trae consigo un presente y un futuro con caos climático, extinciones masivas y destrucción acelerada de ecosistemas globales y locales. Se empobrecen, enferman y dejan sin alimentos y sin recursos materiales básicos a innumerables personas en el mundo al tiempo que se destruyen los nichos y refugios ambientales para los humanos y el resto de seres biodiversos.

 

El modelo cultural y económico desarrollado a partir de la segunda revolución industrial se basa en un modelo uniformizador y expansivo basado en la extracción de todo tipo de materiales que abastecen el creciente metabolismo social humano. La producción de electricidad explota el peligroso potencial atómico de la materia. El modelo de movilidad se centra en vehículos motorizados y en una cultura energética del despilfarro generada a partir de la quema de combustibles fósiles (petróleo, el gas y el carbón). La globalización económica se sustenta en el creciente abastecimiento de recursos materiales de la Tierra que se dirigen a la producción y al consumo humano. La carrera competitiva de la economía globalizada se desentiende del mundo natural y empuja la rueda de la destrucción ambiental planetaria y la contaminación atmosférica causada por las emisiones de CO2 y de otros gases que contribuyen al sobrecalentamiento global. A mayor integración en la economía neoliberal globalizada mayor es también la destrucción y el desarraigo ecológico, cultural y existencial.

 

El nuevo régimen de mutaciones ecológicas y climáticas, la explosión vertiginosa de las desigualdades humanas y las consecuentes pérdidas de los refugios y los arraigos que daban las antiguas protecciones de los territorios y los modos de vida propios, son fenómenos que están muy relacionados en sus causas. Arrasan todas las fronteras exponiéndonos a extinciones y migraciones nuevas y masivas de seres desamparados, humanos y no humanos. El sellado de fronteras a refugiados no podrá evitar la creciente llegada de migrantes exteriores e interiores abandonados por su propio país, tampoco lo harán las irrealizables políticas extra-terrestres de la globalización económica expansiva puesto que ya no hay planeta suficiente para ellas.

 

El rápido empeoramiento de la salud de la Tierra y de su atmósfera nos coloca colectivamente ante un atolladero histórico sin precedentes, la supervivencia de humanos y no humanos está en juego. Sus causas últimas no son naturales sino humanas, están en nuestros valores y hábitos arraigados de abundancia y derroche; en nuestros errores de comprensión y en nuestras endiosadas creencias antropocéntricas sobre la libertad y autonomía humana; en unas ciencias y tecnologías autolesionantes carentes de orientaciones éticas y de controles públicos y comunitarios; en nuestras ilusiones sobre el futuro, la riqueza, el bienestar y los derechos, exclusivamente centradas en los humanos y el presente.


 

No queremos igualarnos en la desigualdad y destrucción patriarcal

 

Sentimos un profundo dolor ante el actual avance de la muerte y deterioro de miles de especies vivas, ecosistemas y metabolismos de la Tierra. Como ecofeministas nos rebelamos contra las creencias faústicas que nos llevan al naufragio junto al resto de seres y comunidades vivientes.  Queremos revitalizar y crear fraternas naturo-culturas en favor de la vida y el buen vivir, más holísticas y frugales, más encarnadas en necesidades cuya satisfacción se obtenga de intercambios no mercantiles con otros seres humanos.

 

En sociedades dotadas de leyes igualitarias para mujeres y hombres, la regulación patriarcal subsiste a través de normas sociales que atribuyen a las mujeres roles y responsabilidades específicas en el mundo privado y orientan a los hombres a la esfera pública. Como feministas queremos la disolución del patriarcado pero sabemos que la vida en el planeta no tendrá ninguna oportunidad si la igualdad entre mujeres y hombres no incorpora las exigencias de la sostenibilidad ecológica y social.

 

Pertenecemos a la minoritaria población humana (1/5 de la población mundial) que sobreconsume la inmensa mayoría de los limitados recursos naturales generando unas condiciones globales de crecientes injusticias, degradación y muerte socioambiental. Puesto que el consumo de los países sobredesarrollados no puede mantenerse ni extenderse al resto sin que las capacidades bioproductivas de la Tierra se deterioren y colapsen, son inevitables los giros radicales que reduzcan nuestra huella de destrucción ambiental.

 

Nos negamos a participar en la fiesta destructiva del industrialismo patriarcal globalizado a través de nuestra incorporación en la producción, el consumo y los estilos de vida despilfarradores y extraterrestres. Optamos por la supervivencia y el disfrute de una vida larga y sana para el conjunto de la humanidad en un planeta limitado y herido, compartido con otras criaturas no humanas.

 

Ante la certeza del desastre climático y ecológico colectivo no se trata de descubrir un nuevo mundo sino de reencontrar y enraizarnos en la Tierra que siempre ha estado bajo nuestros pies. Nuestra adecuación a la desestabilización climática no ha de seguir centrándose en el reduccionismo de la contabilidad de las emisiones directas de CO2 a la atmósfera puesto que sus causas interdependientes no se reducen al sector eléctrico y el energético en general, sino que están también en otras actividades humanas como son la industria agro-ganadera, la agricultura químico-intensiva, la minería, el transporte motorizado, la construcción, el comercio, el turismo, la industria. La realidad a la que nos referimos con el término “cambio climático” está asociada a muchos otros colapsos ecológicos que afectan de lleno a la biodiversidad, las aguas, los suelos, las tierras fértiles.

 

Solo podemos sobrevivir dentro de los límites físicos de la biosfera de la Tierra. Es imposible y catastrófico continuar con el crecimiento ilimitado de la economía material y el mercado globalizado en un mundo finito, sin degradar y esquilmar muchos de los bienes biofísicos comunes más vitales para la humanidad, que no podemos crear ni sustituir y de los que los humanos dependemos. Las salidas de emergencia del patriarcado industrial pasan por poner frenos a la expansiva economía dineraria y material.

 

En consecuencia, las aspiraciones feministas no han de limitarse a copiar los modelos masculinos heredados sobre el bienestar y la riqueza, que están basados en la economía extractivista y la destrucción acelerada de los bienes y servicios naturales. No son realizables las metas feministas de reparto equitativo de recursos, poder y derechos entre mujeres y hombres si dichas aspiraciones tienen sus cimientos en el crecimiento de la escala física de la economía y en la consecuente degradación y esquilmación de los metabolismos regenerativos de la Tierra y de la diversidad de formas de vida. La conquista de derechos individuales y colectivos no ha de asociarse a una igualación imitativa de los estilos de vida y consumo derrochadores. No queremos una “igualdad de oportunidades” para participar alegremente en la destrucción del mundo viviente causada por una economía globalizada que explota a los seres humanos y saquea los recursos naturales de cualquier parte del planeta. Rechazamos las conquistas de esta efímera igualdad liberal, que solo pueden realizarse incrementando la enfermedad, la muerte y la extinción de multitudes de humanos y no humanos.

 

Las demandas feministas de igualdad con los hombres han de abandonar el individualismo y la competitividad liberal de la “igualdad de oportunidades”. Las metas liberales de acceso a los recursos de todo tipo no son realistas por asentarse en el crecimiento inacabable de la economía material, como si acaso el planeta tuviera recursos infinitos. Esta expansión material de la producción y el consumo que somete al conjunto de la humanidad y a los seres vivos hoy nos lleva a un descarrilamiento ecológico terminal sin frenos de emergencia.

 

El feminismo liberal quiere una igualdad centrada en el mercado y por ello se acopla bien al interés empresarial por la “diversidad”. Sus aspiraciones de empoderamiento para las mujeres mediante la competencia individualizada, lejos de ser la solución son parte del problema. El feminismo liberal condena las discriminaciones que sufren las mujeres abogando por la “libertad de elección” individual y la competencia bajo la coartada meritocrática. Al concentrarse en el Norte global y enfocarse en la ruptura del “techo de cristal”, solo propician que un pequeño y selecto grupo de mujeres privilegiadas ascienda en la escala empresarial y en los puestos profesionales. En realidad no hace frente a las restricciones socioeconómicas y culturales que afectan a las mujeres y levantan altos muros que convierten en inaccesibles las libertades, las elecciones y la puesta en valor de méritos y talentos individuales. Su objetivo no es en realidad la igualdad ni el abolir las jerarquías sociales sino el diversificarlas dando poder a algunas mujeres “talentosas” y reforzando al tiempo la estructura de desigualdad individualizada y meritocrática. El feminismo liberal busca que unas pocas mujeres privilegiadas puedan alcanzar posiciones y sueldos similares a los de los hombres de su propia clase, sus beneficiarias son las mujeres que ya poseen ventajas sociales, culturales y económicas. Las demás quedan abandonadas.

 

En su romance individualista converge con los hábitos empresariales y sus corrientes neoliberales. Los objetivos del feminismos liberal son compatibles con las desigualdades sociales galopantes y también con la opresión patriarcal de otras mujeres. Apuntala y da coartada al neoliberalismo y a las fuerzas sociales que apoyan el dominio de la globalización de la economía y de las finanzas, y al mismo tiempo disimula lo regresivo, injusto y ecológicamente irrealizable de estas políticas del crecimiento material bajo un aura de emancipación y un barniz de “progresistas”. Es el feminismo de las mujeres con poder, que solo representa mejoras para el 5% de las mujeres. Confunde las metas colectivas del feminismo con el ascenso de mujeres individuales y convierte el feminismo en simple publicidad para la promoción individual, no para liberar a la mayoría de mujeres sino para elevar a unas pocas. Estas mujeres, cuando llegan a altos cargos directivos a su vez se suelen apoyar en mujeres subcontratadas y mal pagadas para la prestación de cuidados y el trabajo doméstico.

 

Al unirse al elitismo individualista del patriarcado industrial el feminismo liberal defiende una masculinización de la igualdad y de las mujeres que va en contra de la mayoría social y la mayoría de las mujeres y la Tierra. Su apuesta por la competencia individualizada dentro de las instituciones principales del patriarcado industrial globalizado carece de compromisos con otras formas de dominación y desigualdad humana que se entrelazan con la dominación patriarcal y recaen sobre las mujeres, como son las socioeconómicas, culturales, racistas, étnicas, religiosas, territoriales, y aísla a las mujeres de las luchas sociales contra ellas. Es ajeno e insensible a las desigualdades y víctimas en el acceso a los recursos naturales y en la distribución de lesiones y riesgos ambientales.
 

¡No queremos romper los “techos de cristal” dejando que la gran mayoría de las mujeres limpie los vidrios rotos, se contaminen y enfermen!


 

Las mujeres somos víctimas ambientales

 

La marginación y discriminación de las mujeres en nuestras sociedades patriarcales, la destrucción de la biodiversidad, y los dramáticos efectos naturales del calentamiento climático son procesos muy vinculados.  Aunque las consecuencias sociales del calentamiento global de la atmósfera y de la destrucción de hábitats y ecosistemas son desastrosas para el conjunto de la humanidad, afectan diferencialmente a las mujeres del norte sobreconsumidor y a las mujeres del sur global de las economías rurales de subsistencia.  Todas las mujeres somos víctimas ambientales del avance del patriarcado de la globalización económica, más allá de las diferencias y desigualdades sociales existentes entre nosotras. No podemos escapar de las lesiones y amenazas ecológicas, nuestras vidas y nuestros cuerpos están afectados por las condiciones sociales de división y desigualdad y por los contextos medioambientales.

 

En las sociedades de sobreconsumo las mujeres somos víctimas específicas en la distribución de daños y peligros medioambientales. Estos operan a partir de las diferencias de nuestra particular anatomía corporal sexuada y a partir las posiciones que ocupamos en la desigualdad económica, étnica, edad, enseñanza, empleo, ... Padecemos la espiral del daño ecológico presente en las formas patriarcales de producción y consumo, en los hogares y espacios domésticos de la economía de los cuidados, en los espacios públicos, privados y comunales. A esta feminización biocida de nuestras vidas se suman las agresiones a la salud de la sobre-medicalización y el sobre-diagnóstico que ejercen las prácticas sanitarias y la industria farmacéutica.

 

Un ejército imperceptible de sustancias contaminantes y venenosas hijas de los laboratorios industriales, las ciencias y las tecnologías, constituyen un cóctel que nos enferma sin apenas tener conocimiento ni defensa. Sus agentes destructivos se camuflan e invisibilizan adoptando numerosas formas, son orgánicos, químicos, atómicos, electromagnéticos, genéticos, y se reproducen, multiplican y mutan de maneras desconocidas e inciertas mediante infinidad de interacciones sinérgicas. Son actores cotidianos que intervienen en los contextos e intercambios sociales cada vez más artificializados, enfermos y peligrosos: domésticos, públicos, privados, comunitarios, laborales, de consumo, urbanos, rurales. Estos enemigos tóxicos están también presentes en los bienes más próximos, más imprescindibles y valiosos, como son los alimentos, el agua, el aire, la vivienda, la tierra, los medicamentos, los equipamientos materiales, objetos y artefactos con los que nos relacionamos cotidianamente.

 

También las vidas y economías de muchas mujeres y comunidades rurales del Sur global están amenazadas por la alteración climática y la alteración y pérdida de ecosistemas vitales, por depender directamente de los recursos biológicos locales para asegurar su sustento y bienestar. Los trabajos de las mujeres para generar medios de vida en las agriculturas de subsistencia dependen de la conservación y regeneración de los recursos biológicos locales y su diversidad. Sus naturo-culturas están ancladas en el uso múltiple y la gestión inteligente acoplada a los ritmos biogenerativos de los sistemas ecológicos. Gestionan la biomasa para la obtención de bienes básicos como el forraje, los abonos, los alimentos, el combustible, las plantas medicinales. Se trata por tanto de actividades de gran importancia por su valor ecológico, económico, cultural y social. La protección de la biodiversidad, los bosques y los árboles son una importante línea de defensa contra él desastre climático y la degradación ambiental, por ello se puede decir que las mujeres son guardianas de la biodiversidad del planeta en muchas comunidades rurales.

 

La pérdida y degradación de los ecosistemas comunales y la biodiversidad local en manos de las fuerzas económicas del extractivismo, la privatización y el mercado globalizado, dañan las fuentes de recursos naturales de las que dependen directamente las mujeres y sus familias y comunidades en las economías rurales de subsistencia. Los riesgos climáticos y ecológicos son mayores para muchas mujeres pobres cuyos medios de vida y bienestar dependen del acceso directo a los recursos ambientales locales. A todo ello se suma el sometimiento y la discriminación patriarcal de costumbres y leyes que les deniegan las oportunidades y los derechos otorgados a los hombres, lo que les dificulta el acceso a ayudas sociales y económicas de créditos y servicios.

 

Las mujeres más pobres en las economías rurales de subsistencia pierden el sustento básico de ellas y de la familia a su cargo cuando desaparecen los recursos ambientales locales de los que directamente dependen, como son las fuentes de agua, las tierras fértiles, los bosques comunales, la leña, el forraje para animales, las plantas medicinales o el alimento. Se convierten así en primeras víctimas y refugiadas ambientales. La escasez de agua, comida y tierras fértiles intensifica el resto de divisiones y desigualdades, favorece las hambrunas, las enfermedades y la muerte, los antagonismos sociales y el aumento de los conflictos violentos.

 

La capacidad general de mitigación y adaptación a las alteraciones climáticas depende del acceso a recursos sociales, como son los derechos de propiedad sobre tierras, el dinero, los créditos, las ayudas económicas, el nivel de autonomía, los conocimientos, la buena salud, la libertad, la movilidad personal, la seguridad alimentaria. Puesto que las mujeres constituyen el mayor porcentaje de las personas más pobres del mundo, con menos recursos y menos libertades y derechos, también son las más afectadas y en peligro ante las lesiones y amenazas climáticas.


 

La destrucción ambiental de las mujeres de la clase consumidora del Norte Global

 

En esta parte de la Tierra todos somos contaminadores y contaminados, somos simultáneamente víctimas y cómplices. En nuestras sociedades de consumo globalizado las mujeres somos víctimas y responsables. En general ocurre que los mayores consumos de los recursos y servicios ambientales vienen de los grupos humanos con más ingresos económicos, más urbanos y con mayores estudios. Además, sus patrones de sobreconsumo  se convierten en modelo de referencia y aspiración emulativa para las poblaciones humanas más desfavorecidas, esta mimesis derrochadora afecta tanto a mujeres como a hombres.

Son superfluas, dañinas y tóxicas para la Tierra y para nuestros cuerpos y vidas gran parte de las compras fomentadas por el cultura patriarcal de la expansión mercantil globalizada. Los habitantes del mundo sobredesarrollado, 1/5 de la población mundial junto a las élites de las sociedades del sur, mantenemos unos estilos de vida guiados por valores materialistas de riqueza y bienestar asociados a la abundancia y el despilfarro de los recursos ambientales cada vez más escasos y contaminados. Malgastamos energía, aniquilamos los espacios bioproductivos del resto de especies, contaminamos con venenos y basuras nuestros territorios y lugares más preciados y el conjunto del planeta.

Las mujeres sobreconsumidoras de Europa participamos en este agresivo saqueo de la naturaleza y de las sociedades del Sur global. Son muy grandes nuestros impactos sobre las mujeres del Sur. Los materiales y productos que compramos como consumidoras en último término proceden de recursos naturales y ecosistemas, de los que dependen otras muchas mujeres por ser la fuente directa de sus medios de vida. Nuestro consumo globalizado revierte en ellas en forma de pérdidas de bienestar, empobrecimiento, desarraigo y basuras entrópicas altamente tóxicas.  


 

La expansión urbanizadora enferma y mata

 

¿Por qué hemos de tolerar unos insípidos alrededores llenos de humos tóxicos, cemento y asfalto en medio de relaciones que no son por completo nuestras enemigas y no son del todo fatales? Las políticas desarrollistas de la expansión urbanística inacabable en ciudades y pueblos acarrean daños específicos en las mujeres. Los grandes bloques de equipamientos, viviendas, rascacielos, urbanizaciones, centros comerciales, carreteras, ampliaciones de autovías, amputaciones de espacios naturales periurbanos singulares y de tierras fértiles, …, atentan especialmente contra las mujeres y la vida.  

 

Este neodesarrollismo urbanizador al servicio de las infraestructuras de la globalización económica crea espacios públicos anodinos, hostiles, insalubres y peligrosos para las mujeres. En ellos se destruye la convivencia y la escala humana, física y cultural, que hace posible la vitalización de los espacios públicos, el tejido comunitario y la habitabilidad y salud urbana y medioambiental. Este avance del urbanismo expansivo, fálico, agresivo y tóxico, es ajeno a las necesidades de mantenimiento y cuidado de la ciudad, los pueblos y barrios. Contrariamente, los espacios públicos accesibles, amplios y seguros favorecen la salud urbana y el tejido comunitario mezclado, diverso y vibrante.  

 

Para las mujeres en general, el avance de los “no lugares” funcionales con las necesidades del mercado pero vaciados de sentido y memoria, en los que domina el cemento, el hormigón, los centros comerciales, las vías de tráfico, los humos y materiales contaminantes, las velocidades, … comporta trágicas consecuencias en enfermedades y barreras sociales, en separación, división, aislamiento, anonimato, inseguridad, desafecto, fealdad, individualismo, indiferencia, miedo.


 

¿Alimentos con agrotóxicos? No, gracias

 

Las mujeres ejercen un papel fundamental en la alimentación fruto de la división patriarcal entre la esfera pública y privada. Los valores relacionales y reproductivos de la economía doméstica de los cuidados están asociados a la compra y el consumo de alimentos y a la preparación cotidiana de comida para nuestras familias, vecindades y comunidades.

 

¿Por qué hemos de tolerar unas dietas con cócteles de venenos flojos que lentamente nos enferman y matan?. Los límites máximos legales permitidos sobre residuos en los alimentos no se han establecido con márgenes de seguridad ni tampoco se han indagado la multitud de las complejas sinergias que pueden actuar. La ingesta diaria de sustancias agrotóxicas de origen tecno-industrial debilita nuestra respuesta inmunológica e incrementa nuestra vulnerabilidad a enfermedades de todo tipo y a riesgos cancerígenos, neurotóxicos e inmunológicos. En parte son muy desconocidos e inquietantes los muchos impactos causados por la exposición continuada a dosis de pesticidas, herbicidas, plaguicidas, compuestos inertes y otros residuos agroquímicos presentes en los alimentos producidos por la agroindustria químico intensiva. Sus agresiones sinérgicas actúan sobre nuestros cuerpos y entornos diarios de vida, sobre los ecosistemas y los metabolismos bioregenerativos, sobre bienes tan vitales como son el agua, las tierras fértiles, el aire, la biodiversidad.

 

Los cambios en los patrones de compra y alimentación de las últimas décadas hacia la comida precocinada, instantánea, congelada, enlatada, exótica, fuera de temporada, afectan de lleno a los espacios públicos y domésticos. Al tiempo que se externalizan y mercantilizan los trabajos domésticos en cadenas de cuidados transnacionales, nuestra alimentación se hace más amenazante y más dependiente del mercado y de la destrucción de los agroecosistemas, la biodiversidad y la sobreexplotación animal. La globalización alimentaria está destruyendo hábitats, ecosistemas singulares y bosques con funciones importantes en la estabilidad climática y ecológica. Esta globalización agroindustrial provoca una gran sobreexplotación y sufrimiento de las mujeres del Sur global, especialmente para las mujeres más pobres y las comunidades indígenas.

 

La química del sistema industrial agroalimentario implicada en los procesos de producción, transformación, transporte, comercialización y venta, está enfermando la Tierra y a los seres humanos a causa del uso masivo de compuestos químicos atronómicos, como son los pesticidas, herbicidas, antibióticos y otros productos fitosanitarios de síntesis. Ganaderos, agricultores y consumidores son eslabones de un modelo agroindustrial basado en prácticas y tecnologías ambientalmente destructivas y contaminantes. Las mujeres somos primeras víctimas de un modelo tóxico de alimentación que nos afecta y nos hace especialmente más vulnerables por utilizar muchos productos biocidas que son liposolubles.

 

Es imprescindible el cambio de nuestros hábitos de comida para hacer las paces con la salud de nuestros cuerpos y la Tierra. Los cambios ecológicos en nuestra alimentación, como son el vegetarianismo, el veganismo y el consumo de productos ecológicos de producción local, constituyen mudanzas en las culturas domésticas de los cuidados y han de afectar de lleno a mujeres y a hombres.

 

Defendemos el consumo de alimentos de la producción ecológica local, que elimina los insumos agrotóxicos y acorta los trayectos y las largas distancias de materiales y energía haciendo posible el trato justo para las personas que trabajan el campo. Los largos recorridos también favorecen la desconexión y la ignorancia sobre quienes, cómo y dónde se han producido y elaborado los alimentos.


La corrosiva cultura patriarcal del coche

 

Las mujeres son víctimas de unas ciudades dominadas por la dictadura del coche particular bajo un patrón de movilidad: un coche, un hombre. Estas máquinas con motores de combustión de gasolina y gasòil enferman y contaminan el aire común, ocupan y degradan los espacios públicos, agrediendo y dificultando la vida cotidiana de mujeres.  

Las mujeres utilizan el transporte publico más que los hombres. Necesitan espacios urbanos e itinerarios peatonales seguros, salubres y convivenciales. La peatonalización, la bicicleta, las restricciones al tráfico privado, la ampliación de los espacios públicos, las zonas verdes y el arbolado, la mejora del transporte público, del bus, el metro, el tranvía y el tren convencional, favorecen especialmente a las mujeres y su salud.


La enfermedad de la publicidad

 

La publicidad engañosa de las empresas mercantiles reproduce los códigos de división y desigualdad de género y alimenta la adicción individual al consumismo y el mito del crecimiento indefinido mediante cultura de la abundancia, el “usar y tirar” y el “todo siempre”.

 

Los cambios sociales a favor de la sustentabilidad han demoler el muro patriarcal que separa la esfera privada de la esfera pública afectando de lleno al espacio público y privado. El mundo de los cuidados domésticos, que se entrelaza con hábitos individuales y familiares de consumo privado, también constituye un espacio de cambio social.

 

La moda es una enfermedad de la mente. La manipulación publicitaria nos enajena y convierte a las mujeres en adictas a productos innecesarios muy nocivos para las mujeres y el planeta. La publicidad mueve la espiral de necesidades materiales inacabables y extravagantes esclavizando nuestros deseos y nuestra imaginación. Dirige a las mujeres hacia un consumo de todo tipo de productos comerciales a la vez que oculta las condiciones sociales y ambientales de la producción de los mismos que perjudican a las mujeres, comunidades y ecosistemas. Este encantamiento publicitario liberado de ataduras sociales y ecológicas colectivas coloniza nuestras formas cotidianas de vivir afectando a una gran variedad de actividades y bienes de consumo, como son los alimentos, los medicamentos, los cosméticos, la ropa, la limpieza, los electrodomésticos, el mobiliario, la vivienda, el coche ...

 


La lucha anti-patriarcal de los derechos animales

El sufrimiento animal también es nuestro sufrimiento. Las gigantescas dimensiones de la crueldad y sobreexplotación organizada presente en nuestras relaciones con los animales no humanos es una expresión más de la violencia patriarcal que se ejerce contra las mujeres y los ecosistemas del planeta. Un monumental campo de concentración “Auschwitz" se oculta detrás de nuestros estilos de vida y de nuestras formas cotidianas de alimentarnos, vestirnos y divertirnos.

Son numerosas y están muy enquistadas las manifestaciones del machismo especista. Se expresan por ejemplo en la tortura animal de las actividades festivas de los espectáculos taurinos; en las tradiciones masculinas de la caza “deportiva”, que persigue y da muerte a animales libres en sus hábitats silvestres; en la producción intensiva de la ganadería industrial; en el maltrato de los animales no humanos integrantes de nuestras familias, a menudo asociado a la violencia machista contra las mujeres.

Son despiadados y moralmente bochornosos los regímenes de las modernas granjas industriales de la ganadería industrial intensiva. En cifras absolutas exceden en mucho a cualquier otra forma de sobreexplotación animal. Animales dotados de los mismos órganos sensoriales que los seres humanos, como los cerdos, gallinas, pollos, terneros, ovejas, vacas, se crían, engordan y sacrifican prematuramente a gran escala en condiciones artificiales de enorme dolor, crueldad y tortura. Bajo las presiones del balance económico coste-beneficio y las ganancias malviven en espacios de encierro y hacinamiento, vacíos, insalubres, mecanizados y antinaturales, sin tener las posibilidades de libertad y los placeres de la vida salvaje, para finalmente convertirse en “carne” para alimento humano. A menudo se les niega que desarrollen y ejerciten sus instintos y capacidades naturales individuales y de especie, como es el bienestar físico y social dentro del grupo. Se les impide darse la vuelta, levantarse, acicalarse, estirar los miembros, tumbarse. Son muy cortas y miserables las vidas de millones de seres sintientes con subjetividad propia, capaces de padecer dolor y dotados de intereses y necesidades de bienestar y vida, que acaban convertidos en productos comerciales abundantes y “baratos”. Detrás de la violenta cultura del carnismo también se esconden innumerables impactos ambientales.

Queremos modelos de convivencia alternativos orientados por las exigencias de una justicia ampliada no especista y por el abolicionismo de las formas de explotación animal instituidas y legales, en los que los animales no humanos no sean considerados ni tratados como simples cosas, propiedades o materias primas. En dos siglos de historia el movimiento animalista ha cuestionado la herencia especista del imaginario masculino etnocéntrico de occidente. Su antropocentrismo especista devalúa y animaliza a las mujeres, percibe los animales no humanos como inferiores y carentes de dignidad y derechos, y en nuestras relaciones humano-animales otorga máximas libertades a los fines exclusivamente humanos.

Reconocemos que los otros animales tienen derechos universales inviolables que no deben suspenderse, como son el derecho a la vida y a no ser maltratados o torturados. Estos derechos fundamentales han de acompañarse de derechos positivos, particulares, variables y relacionales, dependiendo de los individuos, la especie y las circunstancias particulares de los contextos y las relaciones humano-animales. Los derechos animales comportan deberes y obligaciones particulares para los humanos, constituyen un sistema de restricciones para que los otros animales no sean maltratados ni sacrificados de mil maneras al servicio de las utilidades humanas.

Junto a las exigencias de un bienestarismo que alivie las condiciones prácticas de vida de los animales sintientes defendemos los derechos animales. Estos reconocen su valor intrínseco atendiendo a sus capacidades y complejidad de conciencia y subjetividad, propias de cada especie. Los derechos animales son aplicables a los seres con experiencia subjetiva del mundo e intereses. Incluyen el derecho a un entorno social y ambiental seguro y saludable. Los animales salvajes son componentes vitales de la salud ecológica de los ecosistemas y han de tener derechos reconocidos a la soberanía territorial y a la protección de sus espacios ambientales por encima de las interferencias e intereses humanos.

Estamos orgullosas de que millones de mujeres protagonicen las luchas por los derechos animales en los movimientos animalistas y ecologistas, haciendo defensa de la biodiversidad y enfrentándose a muchas formas de explotación animal, como son la caza, las granjas industriales de explotación animal y la destrucción de los hábitats de las especies silvestres.

Las mujeres que son fuente y vanguardia de las culturas anti-especistas y eco-animalistas del cuidado y la protección de animales abandonados y maltratados, corroen la herencia cultural machista insensible hacia los seres vivos no-humanos y la naturaleza.


Las mujeres como la naturaleza son productoras y cuidadoras de vida

 

El compromiso con la biodiversidad obliga a respetar espacios ecológicos que necesitan otras especies y ecosistemas, otros seres humanos y las generaciones futuras. Cualquier estrategia de mejora de la condición de las mujeres debe apoyarse en el protagonismo, los conocimientos y las habilidades de las mismas. En la mayoría de las culturas y grupos humanos las mujeres son expertas cuidadoras de los otros próximos y por ello son guardianas de aprendizajes de conservación de la biodiversidad y sus fuentes regenerativas.

Necesitamos reinventar nuevos valores, saberes, tecnologías y maneras de organización, en sintonía con las necesidades ecológicas del mundo. Estas metas ecológicas también han de integrarse por las aspiraciones igualitarias de los feminismos. Son posibles nuevos aprendizajes de formas de relación más cooperativas y simbióticas con los otros humanos y no humanos.

 

Muchas de los culturas y valores femeninos que a menudo han sido un precipitado histórico de las condiciones de dominación masculina pueden revalorizarse y ayudarnos colectivamente. Las culturas prácticas orientadas por los cuidados hacia los otros próximos, la casa, el huerto, la familia y la comunidad, hacia humanos, animales, plantas, objetos y artefactos, pueden servirnos para reciclar muchas de las erróneas y abstractas creencias modernas sobre el crecimiento material indefinido y sobre el individuo humano soberano, racional y omnipotente. Este arquetipo viril protagonista de la historia del patriarcado industrial se autoproclama como aislado y desenraizado, sin ningún lugar ni atadura social, física y ecológica, sin ninguna constricción comunitaria y medioambiental.

 

Muchas naturo-culturas femeninas que renacen desde muy diferentes espacios sociales y culturales, revitalizan tácita o explícitamente los valores ambientales y actúan de obstáculo contra el individualismo posesivo dominante en los espacios públicos masculinizados. Son micro-culturas resistentes de creación, cuidado y donación, que a menudo surgen de valores y conocimientos prácticos situados que mezclan razón y emoción, cuerpo y contexto. Estas percepciones y aprendizajes naturo-sociales están depurados de abstracciones que separan, idealizan, jerarquizan y violentan nuestros substratos relacionales, sociales, biofísicos y emocionales. Sus disposiciones comportamentales, cognitivas, morales, emocionales y sensitivas son accesibles a mujeres y a hombres. Impulsan relaciones de solidaridad y de apoyo mutuo persiguiendo fines prácticos, resolviendo problemas desde lo concreto, desde el suelo local del vivir diario, desde las necesidades humanas más básicas y comunes, como pueden ser la nutrición, la higiene, el cuidado, el afecto, la seguridad, la salud, el cobijo.

 

Estas culturas femeninas alimentan muchas micro-relaciones prácticas orientadas por principios y valores alternativos al individualismo social y ecológicamente desencarnado, como son la compasión, el sacrificio, el amor, la reciprocidad, el reconocimiento y cuidado del otro particular.

 

Unas naturo-culturas adaptadas a nuestros tiempos de emergencia climática pueden renacer a partir de un "modelo femenino" de relacionarse con el mundo cercano que es  un producto social y cultural construido en los contextos patriarcales de socialización. Se trata de ideas y de saberes prácticos, de percepciones, apreciaciones y sentimientos de empatía guiados por solidaridades, principios morales de compasión y métodos intuitivos de resolución de problemas concretos, bien alejados de los principios y valores abstractos que no tienen los pies en la Tierra.


Saberes situados y de acceso abierto para el buen vivir

 

Somos terrestres que subsistimos en medio de terrestres. Aunque no es posible ponerse a salvo fuera de la Tierra, la respuesta de las élites oscurantistas ante el naufragio inevitable del Titánic de la civilización industrial globalizada es alejarse más y más en sus botes salvavidas mientras suena la música y sigue la fiesta del crecimiento. Al tiempo que prometen fortaleza y suelo seguro para los suyos se desentienden del resto de los náufragos del planeta, de las masas de refugiados y de las metas colectivas. Han dejado de asociar la modernización globalizadora con las metas comunes, como las del progreso, la emancipación, el reparto de la riqueza, la racionalidad, y apuestan por la desregulación desembarazándose de los lastres de los derechos y las solidaridades que ayudan a amortiguar las caídas.

 

Desde los años ochenta mucha gente comprende los grandiosos peligros inherentes a los saqueos y abusos ecológicos implicados en las relaciones humanas con la Tierra. El sistema de la Tierra reacciona a nuestras acciones y ya no contamos con un marco de conocimiento estable donde abeldar nuestras modernas ilusiones expansivas. Como contrapeso de las trayectorias exterministas de las instituciones más importantes de nuestras sociedades necesitamos nuevos saberes orientados por valores más humildes, situados, parciales y cooperativos, en sintonía con las necesidades ecológicas del mundo y con los mejores conocimientos disponibles aportados por las ciencias.

 

Las sabidurías ecofeministas son parte de la conciencia y la alarma social sobre la crisis de sustentabilidad y las mentiras divulgadas por las élites masculinas de la globalización. Exigimos que las élites gobernantes digan la verdad sobre la tragedia de nuestra situación colectiva de translimitación ecológica y dejen de ocultar algo fundamental: que no hay planeta suficiente para cumplir las promesas modernizadoras de mejora en riqueza y vida confortable.
 


Desde sus diferentes lugares sociales, públicos, privados y comunitarios, las mujeres desarrollan prácticas y conocimientos alternativos a las formas individualizadas de interacción impersonal y jerárquica de las organizaciones burocráticas y de la racionalidad instrumental depurada de valores substantivos. Son posibles nuevos aprendizajes de formas de relación más simbióticas con los otros humanos y no humanos. Frente al drama climático y ecológico no es posible la indignación social si se sigue incitando a la gente a la desinformación y el escepticismo, a desconfiar de las verdades sobre hechos socioambientales masivos como son los relacionados con la desestabilización climática en curso.

 

No existe conocimiento por sí solo sin mundo compartido y sin una fuerte vida pública. Los hechos solo pueden ser percibidos y robustos si existe una cultura común, una vida pública decente y unas instituciones confiables. Por ello, no solo se trata de reparar déficits de racionalidad con nuevas epistemologías y saberes sino que a la vez hemos de tejer prácticas comunes de adaptación realista frente a los retos ecológicos.

 

Los conocimientos, las ideas y las tecnologías han de distribuirse socialmente mediante formas de acceso abierto que estén sometidas a normas y restricciones sociales y ambientales. El acceso abierto sin propiedad intelectual privatizadora ha de darse bajo regulaciones sobre el conocimiento y las tecnologías que prioricen los fines sociales del acceso equitativo ecológicamente responsable. Esta necesaria difusión social de los conocimientos constituye un pre-requisito de la descentralización organizativa, la relocalización y la reducción de la escala física de los metabolismos sociales implicados en el consumo de recursos materiales y energía. Frente a la propiedad privada, las formas participativas de propiedad, autogestionadas y descentralizadas, favorecen el paso de los sistemas de producción a los sistemas de generación mediante la reducción del extractivismo de recursos ambientales y energía.

 

El acceso al conocimiento no implica solo un enriquecimiento de nuestras mentes individuales, significa también el acceso a los medios colectivos de creación de riqueza, a la capacidad de compartir y remezclar. Así podemos aprender y crear nuevos conocimientos y percepciones colectivas. No solo somos propietarios de las ideas, las heredamos, las compartimos, las hibridamos y mezclamos, y en este proceso colectivamente creamos nuevas ideas. Impedir la privatización y los candados de los conocimientos y tecnologías mediante las patentes y el copyright, hoy son maneras de facilitar el intercambio justo y los cuidados sobre las fuentes materiales generativas de las riquezas.

 

La mercantilización de los datos personales de las mujeres, el acceso abierto y la gobernanza de los datos personales por las plataformas digitales, son parte de la dominación del machismo mercantil. Sus códigos normativos de género se difunden por las redes sociales reproduciendo la opresión patriarcal y la tiranía del consumismo sexista. La publicidad personalizada difunde en las redes digitales muchos mensajes reproductores de normas patriarcales rigoristas que potencian el auto-odio y el rechazo de las mujeres hacia sus propios cuerpos y vidas. Frente a esta violencia patriarcal se hace necesaria una gobernanza pública-cívica democrática y comunitaria junto a la protección de los datos personales, para que estos no puedan ser objeto de apropiación ni de explotación comercial.

 

Las mujeres necesitamos recuperar el control y la soberanía de nuestros datos personales y privados que han sido secuestrados por las multinacionales digitales en contra de los intereses de las mujeres y la Tierra.


Aterrizar en lo terrestre y recomponer la política común

Frente a la desconexión de la economía globalizada extractivista dominada por élites masculinas y por mentalidades patriarcales separadoras y jerárquicas es urgente el aterrizaje en lo terrestre. Junto a la recomposición de la política común las prioridades han de girar sobre los procesos de regeneración de la vida. Tenemos que pasar de la comprensión en términos de “producción”, fundada en una concepción de naturaleza y humanos separados, a la percepción en términos de sistemas de generación que se fundan en una idea de naturaleza dinámica y heterogénea, habitada por agentes innumerables y distintivos. Lo terrestre designa la acción conjunta de agentes humanos y no humanos aferrados a la Tierra.

 

Los “valores femeninos” asociados históricamente en nuestras sociedades patriarcales a las mujeres pueden servir de brújula para el aterrizaje de las sociedades basadas en el crecimiento, la aceleración, la homogeneización, el individualismo posesivo y el despilfarro.

 

No hay un mínimo realismo en unas políticas planetarias prometeicas que olvidan la escasez y el agotamiento de los recursos naturales y carecen de planes de duración. No hay racionalidad en la extraña manera de conocer, separada, desde lejos y desde ninguna parte, que quiere la continuidad de unos caducos planes globalizadores que nos lanzan al infierno de un planeta con un aumento de temperaturas de 3,5 grados y nos fuerzan a ser partícipes de la sexta extinción sin apenas quererlo ni darnos cuenta.

 

Debemos de abandonar cuanto antes las ilusiones modernas de desconexión ambiental de cuatro siglos de terrícolas humanos, que incapaces de advertir sus errores han motivado una gigantesca transformación artificializadora en el mundo entero. Muchos de los desprecios patriarcales a los valores asociados a las mujeres son un resultado de esta mudanza histórica, que convierte en grotesca cualquier forma de apego a antiguos suelos primordiales.

 

Son contraproducentes los intentos de vuelta a las fronteras nacionales, regionales, étnicas o identitarias y a sus viejos terrenos de disputa. Tampoco tiene sentido continuar una globalización materialmente expansiva físicamente imposible. Nuestra condición terrestre nos obliga a luchar contra el déficit de representación cultural de la misma para conocer las características que la componen. Ya no nos sirve la antigua clasificación heredada de humanos por una lado y los recursos por otro lado. El aterrizaje en la Tierra nos obliga a retomar descripciones de muchos terrenos de la viva que se han vuelto invisibles, su lista es larga y difícil de elaborar puesto que los agentes humanos y no humanos que componen lo terrestre, animados y actuantes, tienen cada uno su singularidad y su propio recorrido e interés, y de ellos a su vez dependen otros seres y comunidades terrestres.

 

Tenemos que redirigir la atención hacia lo terrestre viviente para poner fin a la desconexión entre los actores humanos y los “recursos naturales” que paraliza a las fuerzas políticas de izquierdas y derechas desde la aparición de la amenaza climática. No hay organismos de un lado y medio ambiente del otro puesto que somos terrestres todos los seres vivientes de la Tierra. Hemos de pasar de las categorías de libertad humana y de producción a las de conservación, generación y ecodependencia. Todos, humanos y no humanos, son agentes que participan plenamente en la génesis de las condiciones geológicas, bioquímicas, biológicas y ecológicas del planeta.

 

La comprensión no mecanicista ni reduccionista de naturaleza ha de redirigirse hacia lo terrestre, ha de abandonar la fuga hacia la expansión globalizada o hacia un inviable universo exterior. Aterrizar obliga a salir de las inútiles ilusiones de las mentalidades modernas sobre una naturaleza considerada exterior, alejada, indiferente y mecánica. La vuelta a lo terrestre no tolera el negacionismo  ni los desarraigos ecológicos y climáticos. Contrariamente necesita de actitudes encarnadas que reconozcan muchos de los territorios y los muchos actores variopintos del mundo, aunque estos se hayan vuelto muy invisibles siempre intervienen en las tramas, asociaciones e intercambios del mundo y las sociedades humanas.

 

Durante los pasados 70 años de gran aceleración económica todo se ha metamorfoseado por las fuerzas abrumadoras de la modernización y el mercado, gracias al petróleo el reino de la economía parece creerse capaz de prescindir de todo límite material. La economía globalizada intensifica la oposición y los conflictos con el mundo viviente, la equidad social y la ecojusticia. A pesar de las rivalidades y diferencias políticas entre la izquierda y la derecha, sus ideologías coinciden en que solo cuentan los humanos. Son impotentes a la hora de idear un horizonte común de continuidad por su incapacidad para percibir y dar reconocimiento a los otros sujetos diversos. La ecología entonces puede entenderse como una llamada a cambiar de dirección y a caminar hacia lo terrestre, el único lugar donde pueden engendrarse las metas ecofeministas de bienestar, equidad, solidaridad y justicia intra-humana, inter-especies e inter-generacional.

 

No existe planeta compatible para llevar adelante los planes modernizadores guiados por la adicción a lo ilimitado. No hay lugar donde albergar la globalización expansiva y en ella nadie puede encontrar arraigos y hogar seguro. Para los habitantes del mundo sobredesarrollado son muchos los cambios y la magnitud de las responsabilidades ante el abismo ecológico y climático. Tenemos que abandonar nuestras actitudes de negación y retraso del aterrizaje en la Tierra, que buscan prolongar durante un tiempo más los peligrosos sueños modernizadores. Tenemos que cambiar la totalidad de nuestras vidas extravagantes y sobreconsumidoras de recursos ambientales cada vez más menguantes y devastados.

 

La ecología recompone la política introduciendo un mayor realismo geo-social y bio-social mediante nuevas percepciones, preocupaciones, actores y prioridades, que ya no nos obliguen a separar y elegir entre salarios y especies. El nuevo eje público de lo terrestre ha de abrirse camino con fuerza contra todas las formas de negacionismo prestando atención responsable y objetiva a las posibilidades y consecuencias de nuestro aterrizaje.

 

Los dramas humanos y ambientales de la inestabilidad climática y la crisis ecológica global son ya parte inevitable de nuestra existencia presente. No podemos escapar de ellos ni tampoco existen soluciones individuales. No podemos protegernos buscando nichos y refugios cada vez más inexistentes y contaminados. Es urgente volver a enraizarnos y aterrizar en la Tierra y para ello es prioritaria la acción colectiva coordinada, local y transnacional, que implique a todos los gobiernos e instituciones, públicas, privadas, comunales y domésticas. Son ineficaces las respuestas sectoriales marginales y desconectadas al uso, como son las que demandan que las "soluciones" vengan de los expertos; de las tecnologías; de la gente; de la educación; del mercado; de las leyes; de los gobiernos; del Estado.

 

No hay escapatoria mediante las huidas hacia delante de la globalización, ni tampoco las hay en las huidas hacia atrás del encierro nacional y local, ambas tienen en común que rechazan aterrizar en el mundo. Las nuevas cartografías para orientar con urgencia el aterrizaje de las políticas han de seguir direcciones aún no trazadas, para ello han de servirnos nuestras capacidades organizativas, científicas y tecnológicas.

 

Ante la emergencia terrestre han de abandonarse las peligrosas recetas neoliberales globalizadoras de liberarse de toda restricción y de las metas de un mundo común compartido. Las salidas no pueden venir de este “sálvese quien pueda” que apuesta por seguir prolongando el acelerado vector modernizador del desarrollo y la globalización económica, donde se desvanece cualquier horizonte con metas compartidas y comunes. El aterrizaje en la Tierra tampoco será posible volviendo a las identidades nacionales. Las nuevas orientaciones que necesitamos tampoco pueden venir de la huida hacia atrás y del encierro en lo local, que buscan viejos arraigos y seguridades al tiempo que rechazan la fraternidad y la realidad de las restricciones que imponen los dramas ecológicos. El aterrizaje significa repolitizar nuestra pertenencia a la Tierra pero sin que sea absorbida por la división de fronteras estatales, el aislamiento violento de la homogeneización étnica, el patrimonialismo y la nostalgia del regreso a un modo de vida “auténtico”.

 

Como ecofeministas sabemos que debemos dejar de definir lo social humano y las relaciones entre mujeres y hombres separándolas del mundo viviente y de nuestra casa planetaria común. Sería un gran error repetir las experiencias y trayectorias del pasado creyendo que debemos elegir entre la cuestión social y la cuestión ecológica. Ahora se trata de cohabitar. Lo terrestre y su desestabilización constituye un nuevo actor político de envergadura que ha de dejar de ser decorado y telón de fondo para convertirse en agente y protagonista central de la vida pública para los seres humanos de la Tierra, no “sobre” la Tierra.

 

Las metas y prioridades de gobiernos, instituciones y leyes de todo tipo han de reconocer con urgencia la incómoda verdad de la catástrofe ecológica y climática causada por el avance del patriarcado industrial expansionista y globalizado, tal y como informan los mejores informes científicos disponibles desde hace cinco décadas. Las prioridades puestas en un horizonte terrestre, común y compartido, han de darse en todas las escalas de gobierno y regulación (municipal, regional, estatal, europea, internacional y transnacional). Este renacimiento ha de abandonar las prioridades puestas en el mercado, la economía dineraria y el crecimiento de la la escala física de la producción y el consumo, que son nocivas para las mujeres de todo el planeta. Ya no son realistas ni realizables las metas de seguir creciendo en consumo y degradación de los recursos naturales finitos cada vez más escasos y maltrechos. 


Ecologizar y feminizar enraizando nuestras formas de vivir

 

El compromiso ambiental exige despatriarcalizar y descolonizar. Sus cambios no han de detenerse ante los espacios domésticos del cuidado ni ante los espacios públicos de la economía globalizada, el individualismo posesivo del dinero, el mercado, el empleo y la política. Cambiar la esfera pública o cambiar la vida privada constituyen un falso dilema, ni una ni otra por separado son suficientes ante la crisis ecológica global y el calentamiento climático. La agenda ecofeminista cuestiona las prioridades productivistas del consumo familiar y las de la producción.

 

Ante la emergencia ecológica y climática no hay otro futuro que el de una metamorfosis social que abandone la desmesura y el dominio de las racionalidades masculinas utilitaristas. Para que pueda ser posible el cuidado reparador e igualador hacia los otros seres humanos y no humanos este renacimiento ha de fundarse en los valores de suficiencia, frugalidad, equidad, autoconstricción y respeto de los límites ecológicos. Este reto no solo afecta al presente de la humanidad en su conjunto, también atañe a nuestra responsabilidad hacia los seres del futuro, humanos y no humanos. Las nuevas generaciones sufrirán las consecuencias de nuestros comportamientos de hoy y padecerán inmensos descuentos en sus oportunidades de bienestar y vida.

 

Para poder frenar con relativo éxito las expansivas perturbaciones exterministas de la globalización y la privatización, un importante requisito de la localización es la pre-distribución local de la fuentes materiales generativas de la riqueza. En la esfera pública esto supone gestionar la reproducción de los bienes y servicios de los ecosistemas mediante regulaciones institucionales y la implicación de la gente en el trabajo de reproducción de los bienes comunes y lo público. Este requisito local de pre-reparto de la riqueza se opone a que su control continúe estando en manos de las empresas y el mercado globalizado. En la localización y descentralización participativa de las fuentes generativas y los medios de producción pueden darse muchas formas posibles de hibridación entre lo público, lo comunal, lo privado y la economía de los cuidados. En este aterrizaje el aprendizaje por antelación del principio de precaución nos ayuda a interrogarnos sobre donde vienen los productos del mercado, como se han procesado, cuáles son los daños socioambientales asociados y las condiciones de su acceso redistribuido y equitativo.

 

Lo más importante por hacer no solo es la redistribución social de las rentas económicas mediante los impuestos y los servicios públicos, lo prioritario es la pre-distribución de la fuentes generativas de la riqueza, lo que a su vez posibilita la descentralización, la localización de la economía social y material y la autolimitación. Sin embargo los partidos políticos de izquierdas y derechas suelen hablar de impuestos y redistribución de los ingresos del Estado, pero no hablan de la esfera generativa de pre-distribución. Tampoco hablan de cambiar las estructuras y los procesos sociales del conocimiento, las ciencias, la producción y la propiedad, que son precisamente los lugares donde los cambios de rumbo hacia una economía regenerativa  desestabilizan las estructuras de poder y propiedad masculinizadas.

 

El decrecimiento y la austeridad voluntaria, la suficiencia, la equidad, la relocalización material y el aterrizaje de la economía, son antídotos contra la racionalidad patriarcal conquistadora del industrialismo mecanicista y desencarnado de nuestra identidad terrestre y de nuestros inevitables vínculos y dependencias medioambientales.

 

Rebel.lió / Extinció
XR-València     
Valencia, 8 de marzo 2019                                                          

 

                                        
            

     
                                                                                  

 

 

 


 

 

 

 

 

                                                                                  

 

 

 

 

 

 

 

 

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