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Los Verdes

13 avril 2019 6 13 /04 /avril /2019 18:28

 

Entrevista a David Hammerstein en Radio Malva

 

 

Eleuterio Gabón

Rebelión

 

 

 

 

 

Has asegurado en varias ocasiones que vivimos una situación global cercana al colapso.

 

 

Vamos en un Titanic y las élites han abandonado el barco en los últimos botes salvavidas y están conscientes de que no nos salvaremos todos. El problema viene de que, para mantener la paz social, nuestro sistema se ha basado en el consumismo individual y el crecimiento, fomentando una cultura de egoísmo y narcisismo personal que, por otra parte, sólo genera frustración. Vivimos en la ilusión de que podemos subir el nivel de consumo continuamente sin querer darnos cuenta de que estamos matando los sistemas vivos del planeta. Es una mentalidad enfermiza que separa, destruye y nos lleva al colapso civilizatorio.

 

La idea del crecimiento continuo es una farsa que no se mantiene. Pensar que podemos consumir y extraer recursos sin límite, tanto en materiales como en valor humano, sin que haya consecuencias, es absurda. La sobre-explotación del Sur Global no se aguanta, ni humana ni materialmente. El volumen de consumo en agua, cemento, combustible, químicos, pesticidas no deja de aumentar y aquí sólo se ponen parches ridículos: carriles bicis, reciclaje… La energía solar y la eólica representan solo el 1% de la energía que se consume.

 

Pero no se trata sólo de una cuestión de consumo de energía; hablamos de una crisis total: los recursos disponibles y la biodiversidad son cada vez menos, el planeta se achica. El 60% de los mamíferos han desaparecido en los últimos 50 años y los insectos desaparecen a marchas forzosas. Las medidas de eficiencia ecológica no están reduciendo la extracción de materiales de todo tipo lo que es la base de la crisis ecológica y climática.

 

Vamos de cabeza a un colapso que hará fracasar una democracia liberal que necesita mantener unas altas tasas de crecimiento. Ya comienza a verse la frustración en las protestas, en la clase media europea, en el auge de la extrema derecha por el miedo de perder un nivel de consumo. Vamos a ver conflictos sociales aún más duros cuando la tensión social suba por la escasez y carestía de recursos. Recordemos que las sociedades opulentas suelen llegar a su máximo de desarrollo justo antes de su debacle.

 

 

Entre las propuestas de los partidos políticos desde un extremo al otro extremo ideológico no se cuestiona en ningún caso este modelo de crecimiento

En general estamos atrapados en una pinza. Por un lado tenemos a los globalizadores liberales, los mayores defensores de este modelo de crecimiento, que incluso aseguran que luchan por los derechos de la mujer, los homosexuales y el ecologismo, aunque sea de manera hipócrita. La otra opción en liza es la de la extrema derecha “populista” que defiende los valores tradicionales, ensalza la soberanía nacional y usa de chivo expiatorio a los migrantes, las mujeres, homosexuales y las minorías. Ambas posturas defienden un crecimiento que está basado en la explotación suicida de la mayor parte del planeta.

 

 

El 25% de la población mundial más consumista deben reducir drásticamente sus niveles de consumo de materiales. Los inmigrantes que van a seguir llegando también son también refugiados climáticos, ambientales. Los problemas sociales son ambientales y viceversa. Estamos imbuidos en un pensamiento en el que creemos que todo conflicto es solamente ideológico sin darnos cuenta de la base biofísica de todo. Hace falta aterrizar, somos terrícolas, dependemos de los ecosistemas. Tenemos que adaptarnos a una austeridad solidaria sobre todo con los países del sur global.

 

En un mundo finito para aliviar la pobreza hay que aliviar la riqueza. Hay que crear un creative commons de la tecnología sostenible y acabar con las patentes para compartir avances científicos y tecnológicos para enfrentarse a la crisis en ciernes. Debemos cambiar los valores del individualismo por valores colectivos y cambiar también nuestra relación con la naturaleza. Tenemos que ser conscientes de que estamos abocados a un decrecimiento económico sí o sí. O es mínimamente justo, organizado y pactado entre ricos y pobres o será autoritario, violento y caótico.

 

El crecimiento urbano es también una de las causas de ese colapso ambiental que usted explica.

 

En la ciudad de València las políticas urbanísticas siguen proyectando grandes construcciones pese a la corrupción y la crisis económica que trajo consigo este modelo ¿no hemos aprendido nada?

 

El desarrollo urbanístico y la corrupción van unidos, del mismo modo existen lazos entre las élites financieras y los grandes constructores. El despilfarro económico de grandes proyectos para seguir la lógica de ser competitivos y globalizadores, es no estar en la realidad.

Resulta obvio que no hemos aprendido nada, seguimos con los grandes planes expansionistas y hay múltiples ejemplos: el Parque Central y su rascacielos cuyas obras que producirán una terrible contaminación atmosférica durante los próximos 20 años o la ampliación del puerto trayendo tierras de la Serranía, incluso de Teruel, para ganar espacio al mar es algo demencial como su ocupación de la ZAL. Tenemos también la pesadilla del proyecto de los 20 rascacielos del barrio del Grao, creando un barrio de “no lugares”, asépticos, anómicos que no responde a ninguna demanda social o el PAI de Benimaclet que destruye la huerta para levantar 1500 viviendas que nadie ha pedido, sólo los bancos. ¡En lugar de priorizar el transporte público se quiere ampliar el Bypass, la V21, la V30 y la V31 para que haya más coches contaminando!

 

Y sin embargo todo esto se vende a la ciudadanía como algo irrenunciable. Es más, se plantea en términos de un pacto fáustico: Si tú quieres en tu barrio un centro social, parques, escuelas… tienes que aceptar que haya un beneficio de un 30% o 40% para inmobiliarias y constructoras que están en alianza con algún holding estadounidense o inglés. Si no, nada. Es diabólico.

 

Pero es que hay más: quieren plantar 50 nuevos hoteles en el centro histórico, un macro-centro comercial Intu en Paterna, el corredor Mediterráneo por la huerta, el plan urbanístico del Cabanyal que privatiza y permite que el turismo especulativo se haga con una cuarta parte del barrio. Todos estos proyectos son profundamente anticlima y pro-colapso pero se venden cínicamente como “sostenibles” y "progresistas".

 

El turismo parece también una lógica irrenunciable dentro de este modelo

Precisamente la exigencia de estos megaproyectos viene del consumismo turístico, no de la gente. Por ejemplo, la concejala de turismo y futurible alcaldesa socialista Sandra Gómez se congratulaba hace poco de tener 2 millones de turistas y hasta 5 millones de pernoctaciones previstas para este curso. El turista consume más agua, plástico y de todo que un residente.

 

El modelo turístico de servicios, genera grandes cantidades de residuos por no hablar de los enormes niveles contaminación de cruceros y aviones. Continuando este modelo, Valencia se enfrenta a un delirio enfermizo de criminalidad ecológica. Además, significa una limpieza étnica de vecinos en los barrios "atractivos" a favor de alojamientos turísticos. Se sustituye la ciudad real por la del plástico, forjando un artificioso parque temático turístico.

 

¿Cuáles son las alternativas que se pueden plantear para frenar estos modelos?

 

Tenemos que cambiar el chip de que el mercado manda y cualquier empleo vale. El futuro debe pasar por una localización de producción en general como la producción propia de alimentos.

 

Un modelo local es la mejor manera de actuar globalmente para proteger el clima. Hay que apostar por un urbanismo justo de la austeridad, la rehabilitación, aprender a resilvestrar la naturaleza dentro y fuera de las ciudades.

 


 

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18 mars 2019 1 18 /03 /mars /2019 00:14

La trágica caída de un niño en un pozo de Andalucía inició una gran movilización de solidaridad, recursos, de talento técnico y atención mediática. Con una rapidez inusitada, sin escatimar ningún medio ni ninguna maquinaria, se pusieron manos a la obra para sacar al niño del pozo. No hubo largas discusiones políticas sobre el gasto ni sobre las necesidades del despliegue de equipos técnicos de rescate de todo tipo. No se presenció ningún debate político bizantino ni ideológico que interfiriera las tareas en su lucha fraterna. Simplemente se actuó con gran urgencia y con los medios al alcance, con la máxima unidad y la mejor coordinación profesional en medio de una enorme cobertura de los medios de comunicación.

 

El viernes pasado más de un millón de jóvenes de todo el mundo ocuparon las plazas y arrancaron a gritar “socorro” ante la emergencia climática. Una parte de la juventud valenciana empieza a sentirse que están siendo abandonados en el fondo oscuro de un pozo ambiental que cortará de lleno sus aspiraciones de bienestar y futuro. Han comprendido que el oscuro y seco pozo del colapso climático combinado con la imparable devastación ecológica asociada al crecimiento material de la economía está ahogando cualquier futuro digno para la humanidad y los ecosistemas vivos de los que dependemos.

 

En gran contraste con la enérgica respuesta al pobre niño atrapado en el pozo, hasta ahora nadie ha respondido con solvencia a esta solicitud de socorro para que gobiernos y países pongan los pies en la Tierra. Ningún gobierno ha salido a su rescate con todos los medios de emergencia disponibles y ante las próximas citas electorales las agendas políticas siguen aplazando hacia un futuro indeterminado toda acción seria de socorro a la altura del desafío existencial. Hasta ahora la tremenda debilidad de la acción política a favor de un rescate planetario nos hace temer el mismo desenlace fatal que el niño en el pozo.

 

Mina de carbón a cielo abierto en Villablino, León

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7 mars 2019 4 07 /03 /mars /2019 15:30


  Rebel.lió / Extinció
  XR-València    
                                      MANIFIESTO  ECOFEMINISTA

 

    


  Rebel.lió / Extinció
  XR-València    
                                      MANIFIESTO  ECOFEMINISTA

 

Somos mujeres con los pies en la Tierra

 

Mujeres y hombres somos parte de la naturaleza. Somos seres terrestres de la Tierra. Nuestra identidad existencial primigenia es física, biológica y ecológica, además de social y cultural. Pertenecemos al excepcional mundo viviente de la Tierra. Nuestro único y común hogar es el terrestre, no tenemos un planeta B. Dependemos de complejos metabolismos físicos, biológicos y ecológicos íntimamente relacionados que hacen posible el mantenimiento, la regeneración y el florecimiento de la vida desde tiempos inmemoriales, que los humanos no podemos sustituir ni crear. Somos vulnerables y radicalmente ecodependientes.

 

Aceptamos la finitud del los bienes del planeta y la interconexión y dependencia entre los seres humanos y el resto de seres vivos.

 

El patriarcado industrial en su historia de cuatro siglos ha desarrollado tecnologías y artefactos dotados de colosales capacidades y poderes de transformación y destrucción del medio físico terrestre, en cuyos delicados equilibrios ecosistémicos han emergido evolutivamente los seres humanos como especie.

 

Las creencias antropocéntricas del progreso y la abundancia material ilimitada destiladas por la etnocéntrica y patriarcal cultura occidental moderna, son ajenas a la capacidad de carga y las necesidades bioproductivas del planeta. La Tierra ha dejado de encajar los golpes y los devuelve cada vez con más virulencia.

 

Nuestra actual situación ecológica y climática es de emergencia planetaria por afectar dramáticamente al conjunto de los humanos y no humanos, por ello la ecología ha de ocupar el centro de la política y las instituciones marcando las prioridades en todos los ámbitos de acción, individuales y colectivos, públicos, privados y comunitarios.

 

La dominación de las mujeres y la naturaleza van juntas

 

Las dominaciones de las mujeres y de la naturaleza parten del falso y arrogante supuesto de superioridad y separación de los procesos naturales y sociales que constituyen el sustento imprescindible para la reproducción humana y social.

 

La dominación patriarcal y la visión productivista de separación y apropiación de la naturaleza tienen la misma raíz imaginaria y simbólico cultural. Ambas parten de mentalidades que dicotomizan, separan jerárquicamente y simplifican la complejidad del mundo, que es dinámico, interconectado y multidimensional. Es artificial y arbitraria esta arrogante desconexión entre el mundo humano y el mundo natural de la Tierra, como lo son los códigos de género que establecen la separación entre el mundo privado de las relaciones domésticas y del cuidado, y el mundo público del individualismo y la competencia de la economía, el empleo y la política.

 

En nuestra historia cultural los dualismos separadores de las percepciones y prejuicios androcéntricos, antropocéntricos, etnocéntricos y especistas están muy entrelazados y se refuerzan mutuamente (hombre/mujer, mente/cuerpo, cultura/naturaleza, razón/ emoción, humano/animal...). Las asociaciones simbólicas entre lo femenino, la naturaleza y las emociones, y entre lo masculino, la razón y la cultura, apuntalan las formas dominación y desigualdad patriarcal que padecen las mujeres. Desde los sesgos androcéntricos se invisibilizan y devalúan los trabajos reproductivos de los cuidados que diariamente realizan muchas mujeres en los espacios privados, públicos y comunitarios, como son el cocinar, limpiar, alimentar, a pesar de que constituyen una economía relacional que es sostén fundamental de la seguridad y el bienestar de las vidas humanas individuales y las sociedades. El dualismo generizado concibe el trabajo económicamente remunerado como “productivo” y desvaloriza los trabajos de sostenimiento y de cuidados del mundo doméstico como improductivos y asociados a las mujeres. Estas regulaciones patriarcales subsisten a través de normas sociales que siguen atribuyendo a las mujeres unas responsabilidades específicas en la esfera privada y orientan a los hombres a considerar la esfera pública como masculina y propia.

 

Nunca hemos dejado de depender de los bienes y servicios naturales y por ello no podemos someter el mundo natural a los intereses y libertades humanas sin límites. Muchos de los bienes ambientales de hoy ya no volverán a engendrarse a causa de la presión humana destructiva hacia sus necesidades de bioregeneración. Nuestra situación colectiva de rebasamiento de los límites físicos de la biosfera hace que sean irrealizables muchas de las ilusiones modernas sobre una historia humana de creciente avance y mejora sin final en bienestar y progreso humano y tecnológico.


 

Hacer las paces con la Tierra, no la guerra

 

Como ecofeministas nos sentimos comprometidas con la Tierra y con los seres y ecosistemas de la misma. Defendemos los valores y las políticas guiadas por los cuidados compartidos y las relaciones cooperativas y fraternales hacia los humanos y hacia el resto de seres biodiversos y ecosistemas, en los espacios privados, públicos y comunitarios.

 

La acelerada degradación y contaminación de las fuentes y servicios vitales de la biosfera tiene como causa histórica principal el avance de un patriarcado industrial supremacista que coloca al hombre por encima de las mujeres y del mundo natural. Los valores antropocéntrismos y androcéntrismos hoy nos empujan a una tragedia socioecológica de dimensiones dantescas desconocidas en nuestra historia, sin vuelta atrás posible a causa de la pérdida de hábitats naturales, de extinciones masivas, de colapso climático y de sufrimiento, enfermedad y muerte de seres humanos y no humanos.

 

El industrialismo patriarcal de la globalización, que concentra el poder y la riqueza económica en élites masculinas, en varones heterosexuales de las clases dominantes, tiene consecuencias dramáticas que afectan conjuntamente a las mujeres, la naturaleza y los países y comunidades más empobrecidas.  Ante la inmensidad de los daños socioambientales diseminados espacial y temporalmente, el negacionismo práctico de las políticas de izquierdas y derechas sigue alimentando los mitos suicidas del crecimiento ilimitado en un planeta finito en materiales y cada vez más degradado. Apuestan por alargar los plazos de las políticas expansivas del crecimiento material de la producción y el consumo de recursos naturales de todo tipo y de cualquier lugar del planeta. Sus falsas “soluciones” y sus promesas irrealizables se desentienden de los problemas y retos ecológicos que socialmente son cada vez más percibidos.


 

La tragedia de la translimitación ecológica del patriarcado industrial

 

La guerra humana contra la naturaleza impulsada por el maridaje entre gigantescos poderes industriales, científicos y tecnológicos, ha llegado hasta los límites extremos de estar dañando las capacidades generativas de muchos de los ecosistemas vitales de la Tierra. Las incesantes demandas humanas consumen y transforman los bienes naturales en desechos y contaminantes de todo tipo colapsando los metabolismos y las capacidades biogenerativas y depurativas del planeta. El legado histórico de una industrialización basada en la quema de combustibles fósiles hoy trae consigo un presente y un futuro con caos climático, extinciones masivas y destrucción acelerada de ecosistemas globales y locales. Se empobrecen, enferman y dejan sin alimentos y sin recursos materiales básicos a innumerables personas en el mundo al tiempo que se destruyen los nichos y refugios ambientales para los humanos y el resto de seres biodiversos.

 

El modelo cultural y económico desarrollado a partir de la segunda revolución industrial se basa en un modelo uniformizador y expansivo basado en la extracción de todo tipo de materiales que abastecen el creciente metabolismo social humano. La producción de electricidad explota el peligroso potencial atómico de la materia. El modelo de movilidad se centra en vehículos motorizados y en una cultura energética del despilfarro generada a partir de la quema de combustibles fósiles (petróleo, el gas y el carbón). La globalización económica se sustenta en el creciente abastecimiento de recursos materiales de la Tierra que se dirigen a la producción y al consumo humano. La carrera competitiva de la economía globalizada se desentiende del mundo natural y empuja la rueda de la destrucción ambiental planetaria y la contaminación atmosférica causada por las emisiones de CO2 y de otros gases que contribuyen al sobrecalentamiento global. A mayor integración en la economía neoliberal globalizada mayor es también la destrucción y el desarraigo ecológico, cultural y existencial.

 

El nuevo régimen de mutaciones ecológicas y climáticas, la explosión vertiginosa de las desigualdades humanas y las consecuentes pérdidas de los refugios y los arraigos que daban las antiguas protecciones de los territorios y los modos de vida propios, son fenómenos que están muy relacionados en sus causas. Arrasan todas las fronteras exponiéndonos a extinciones y migraciones nuevas y masivas de seres desamparados, humanos y no humanos. El sellado de fronteras a refugiados no podrá evitar la creciente llegada de migrantes exteriores e interiores abandonados por su propio país, tampoco lo harán las irrealizables políticas extra-terrestres de la globalización económica expansiva puesto que ya no hay planeta suficiente para ellas.

 

El rápido empeoramiento de la salud de la Tierra y de su atmósfera nos coloca colectivamente ante un atolladero histórico sin precedentes, la supervivencia de humanos y no humanos está en juego. Sus causas últimas no son naturales sino humanas, están en nuestros valores y hábitos arraigados de abundancia y derroche; en nuestros errores de comprensión y en nuestras endiosadas creencias antropocéntricas sobre la libertad y autonomía humana; en unas ciencias y tecnologías autolesionantes carentes de orientaciones éticas y de controles públicos y comunitarios; en nuestras ilusiones sobre el futuro, la riqueza, el bienestar y los derechos, exclusivamente centradas en los humanos y el presente.


 

No queremos igualarnos en la desigualdad y destrucción patriarcal

 

Sentimos un profundo dolor ante el actual avance de la muerte y deterioro de miles de especies vivas, ecosistemas y metabolismos de la Tierra. Como ecofeministas nos rebelamos contra las creencias faústicas que nos llevan al naufragio junto al resto de seres y comunidades vivientes.  Queremos revitalizar y crear fraternas naturo-culturas en favor de la vida y el buen vivir, más holísticas y frugales, más encarnadas en necesidades cuya satisfacción se obtenga de intercambios no mercantiles con otros seres humanos.

 

En sociedades dotadas de leyes igualitarias para mujeres y hombres, la regulación patriarcal subsiste a través de normas sociales que atribuyen a las mujeres roles y responsabilidades específicas en el mundo privado y orientan a los hombres a la esfera pública. Como feministas queremos la disolución del patriarcado pero sabemos que la vida en el planeta no tendrá ninguna oportunidad si la igualdad entre mujeres y hombres no incorpora las exigencias de la sostenibilidad ecológica y social.

 

Pertenecemos a la minoritaria población humana (1/5 de la población mundial) que sobreconsume la inmensa mayoría de los limitados recursos naturales generando unas condiciones globales de crecientes injusticias, degradación y muerte socioambiental. Puesto que el consumo de los países sobredesarrollados no puede mantenerse ni extenderse al resto sin que las capacidades bioproductivas de la Tierra se deterioren y colapsen, son inevitables los giros radicales que reduzcan nuestra huella de destrucción ambiental.

 

Nos negamos a participar en la fiesta destructiva del industrialismo patriarcal globalizado a través de nuestra incorporación en la producción, el consumo y los estilos de vida despilfarradores y extraterrestres. Optamos por la supervivencia y el disfrute de una vida larga y sana para el conjunto de la humanidad en un planeta limitado y herido, compartido con otras criaturas no humanas.

 

Ante la certeza del desastre climático y ecológico colectivo no se trata de descubrir un nuevo mundo sino de reencontrar y enraizarnos en la Tierra que siempre ha estado bajo nuestros pies. Nuestra adecuación a la desestabilización climática no ha de seguir centrándose en el reduccionismo de la contabilidad de las emisiones directas de CO2 a la atmósfera puesto que sus causas interdependientes no se reducen al sector eléctrico y el energético en general, sino que están también en otras actividades humanas como son la industria agro-ganadera, la agricultura químico-intensiva, la minería, el transporte motorizado, la construcción, el comercio, el turismo, la industria. La realidad a la que nos referimos con el término “cambio climático” está asociada a muchos otros colapsos ecológicos que afectan de lleno a la biodiversidad, las aguas, los suelos, las tierras fértiles.

 

Solo podemos sobrevivir dentro de los límites físicos de la biosfera de la Tierra. Es imposible y catastrófico continuar con el crecimiento ilimitado de la economía material y el mercado globalizado en un mundo finito, sin degradar y esquilmar muchos de los bienes biofísicos comunes más vitales para la humanidad, que no podemos crear ni sustituir y de los que los humanos dependemos. Las salidas de emergencia del patriarcado industrial pasan por poner frenos a la expansiva economía dineraria y material.

 

En consecuencia, las aspiraciones feministas no han de limitarse a copiar los modelos masculinos heredados sobre el bienestar y la riqueza, que están basados en la economía extractivista y la destrucción acelerada de los bienes y servicios naturales. No son realizables las metas feministas de reparto equitativo de recursos, poder y derechos entre mujeres y hombres si dichas aspiraciones tienen sus cimientos en el crecimiento de la escala física de la economía y en la consecuente degradación y esquilmación de los metabolismos regenerativos de la Tierra y de la diversidad de formas de vida. La conquista de derechos individuales y colectivos no ha de asociarse a una igualación imitativa de los estilos de vida y consumo derrochadores. No queremos una “igualdad de oportunidades” para participar alegremente en la destrucción del mundo viviente causada por una economía globalizada que explota a los seres humanos y saquea los recursos naturales de cualquier parte del planeta. Rechazamos las conquistas de esta efímera igualdad liberal, que solo pueden realizarse incrementando la enfermedad, la muerte y la extinción de multitudes de humanos y no humanos.

 

Las demandas feministas de igualdad con los hombres han de abandonar el individualismo y la competitividad liberal de la “igualdad de oportunidades”. Las metas liberales de acceso a los recursos de todo tipo no son realistas por asentarse en el crecimiento inacabable de la economía material, como si acaso el planeta tuviera recursos infinitos. Esta expansión material de la producción y el consumo que somete al conjunto de la humanidad y a los seres vivos hoy nos lleva a un descarrilamiento ecológico terminal sin frenos de emergencia.

 

El feminismo liberal quiere una igualdad centrada en el mercado y por ello se acopla bien al interés empresarial por la “diversidad”. Sus aspiraciones de empoderamiento para las mujeres mediante la competencia individualizada, lejos de ser la solución son parte del problema. El feminismo liberal condena las discriminaciones que sufren las mujeres abogando por la “libertad de elección” individual y la competencia bajo la coartada meritocrática. Al concentrarse en el Norte global y enfocarse en la ruptura del “techo de cristal”, solo propician que un pequeño y selecto grupo de mujeres privilegiadas ascienda en la escala empresarial y en los puestos profesionales. En realidad no hace frente a las restricciones socioeconómicas y culturales que afectan a las mujeres y levantan altos muros que convierten en inaccesibles las libertades, las elecciones y la puesta en valor de méritos y talentos individuales. Su objetivo no es en realidad la igualdad ni el abolir las jerarquías sociales sino el diversificarlas dando poder a algunas mujeres “talentosas” y reforzando al tiempo la estructura de desigualdad individualizada y meritocrática. El feminismo liberal busca que unas pocas mujeres privilegiadas puedan alcanzar posiciones y sueldos similares a los de los hombres de su propia clase, sus beneficiarias son las mujeres que ya poseen ventajas sociales, culturales y económicas. Las demás quedan abandonadas.

 

En su romance individualista converge con los hábitos empresariales y sus corrientes neoliberales. Los objetivos del feminismos liberal son compatibles con las desigualdades sociales galopantes y también con la opresión patriarcal de otras mujeres. Apuntala y da coartada al neoliberalismo y a las fuerzas sociales que apoyan el dominio de la globalización de la economía y de las finanzas, y al mismo tiempo disimula lo regresivo, injusto y ecológicamente irrealizable de estas políticas del crecimiento material bajo un aura de emancipación y un barniz de “progresistas”. Es el feminismo de las mujeres con poder, que solo representa mejoras para el 5% de las mujeres. Confunde las metas colectivas del feminismo con el ascenso de mujeres individuales y convierte el feminismo en simple publicidad para la promoción individual, no para liberar a la mayoría de mujeres sino para elevar a unas pocas. Estas mujeres, cuando llegan a altos cargos directivos a su vez se suelen apoyar en mujeres subcontratadas y mal pagadas para la prestación de cuidados y el trabajo doméstico.

 

Al unirse al elitismo individualista del patriarcado industrial el feminismo liberal defiende una masculinización de la igualdad y de las mujeres que va en contra de la mayoría social y la mayoría de las mujeres y la Tierra. Su apuesta por la competencia individualizada dentro de las instituciones principales del patriarcado industrial globalizado carece de compromisos con otras formas de dominación y desigualdad humana que se entrelazan con la dominación patriarcal y recaen sobre las mujeres, como son las socioeconómicas, culturales, racistas, étnicas, religiosas, territoriales, y aísla a las mujeres de las luchas sociales contra ellas. Es ajeno e insensible a las desigualdades y víctimas en el acceso a los recursos naturales y en la distribución de lesiones y riesgos ambientales.
 

¡No queremos romper los “techos de cristal” dejando que la gran mayoría de las mujeres limpie los vidrios rotos, se contaminen y enfermen!


 

Las mujeres somos víctimas ambientales

 

La marginación y discriminación de las mujeres en nuestras sociedades patriarcales, la destrucción de la biodiversidad, y los dramáticos efectos naturales del calentamiento climático son procesos muy vinculados.  Aunque las consecuencias sociales del calentamiento global de la atmósfera y de la destrucción de hábitats y ecosistemas son desastrosas para el conjunto de la humanidad, afectan diferencialmente a las mujeres del norte sobreconsumidor y a las mujeres del sur global de las economías rurales de subsistencia.  Todas las mujeres somos víctimas ambientales del avance del patriarcado de la globalización económica, más allá de las diferencias y desigualdades sociales existentes entre nosotras. No podemos escapar de las lesiones y amenazas ecológicas, nuestras vidas y nuestros cuerpos están afectados por las condiciones sociales de división y desigualdad y por los contextos medioambientales.

 

En las sociedades de sobreconsumo las mujeres somos víctimas específicas en la distribución de daños y peligros medioambientales. Estos operan a partir de las diferencias de nuestra particular anatomía corporal sexuada y a partir las posiciones que ocupamos en la desigualdad económica, étnica, edad, enseñanza, empleo, ... Padecemos la espiral del daño ecológico presente en las formas patriarcales de producción y consumo, en los hogares y espacios domésticos de la economía de los cuidados, en los espacios públicos, privados y comunales. A esta feminización biocida de nuestras vidas se suman las agresiones a la salud de la sobre-medicalización y el sobre-diagnóstico que ejercen las prácticas sanitarias y la industria farmacéutica.

 

Un ejército imperceptible de sustancias contaminantes y venenosas hijas de los laboratorios industriales, las ciencias y las tecnologías, constituyen un cóctel que nos enferma sin apenas tener conocimiento ni defensa. Sus agentes destructivos se camuflan e invisibilizan adoptando numerosas formas, son orgánicos, químicos, atómicos, electromagnéticos, genéticos, y se reproducen, multiplican y mutan de maneras desconocidas e inciertas mediante infinidad de interacciones sinérgicas. Son actores cotidianos que intervienen en los contextos e intercambios sociales cada vez más artificializados, enfermos y peligrosos: domésticos, públicos, privados, comunitarios, laborales, de consumo, urbanos, rurales. Estos enemigos tóxicos están también presentes en los bienes más próximos, más imprescindibles y valiosos, como son los alimentos, el agua, el aire, la vivienda, la tierra, los medicamentos, los equipamientos materiales, objetos y artefactos con los que nos relacionamos cotidianamente.

 

También las vidas y economías de muchas mujeres y comunidades rurales del Sur global están amenazadas por la alteración climática y la alteración y pérdida de ecosistemas vitales, por depender directamente de los recursos biológicos locales para asegurar su sustento y bienestar. Los trabajos de las mujeres para generar medios de vida en las agriculturas de subsistencia dependen de la conservación y regeneración de los recursos biológicos locales y su diversidad. Sus naturo-culturas están ancladas en el uso múltiple y la gestión inteligente acoplada a los ritmos biogenerativos de los sistemas ecológicos. Gestionan la biomasa para la obtención de bienes básicos como el forraje, los abonos, los alimentos, el combustible, las plantas medicinales. Se trata por tanto de actividades de gran importancia por su valor ecológico, económico, cultural y social. La protección de la biodiversidad, los bosques y los árboles son una importante línea de defensa contra él desastre climático y la degradación ambiental, por ello se puede decir que las mujeres son guardianas de la biodiversidad del planeta en muchas comunidades rurales.

 

La pérdida y degradación de los ecosistemas comunales y la biodiversidad local en manos de las fuerzas económicas del extractivismo, la privatización y el mercado globalizado, dañan las fuentes de recursos naturales de las que dependen directamente las mujeres y sus familias y comunidades en las economías rurales de subsistencia. Los riesgos climáticos y ecológicos son mayores para muchas mujeres pobres cuyos medios de vida y bienestar dependen del acceso directo a los recursos ambientales locales. A todo ello se suma el sometimiento y la discriminación patriarcal de costumbres y leyes que les deniegan las oportunidades y los derechos otorgados a los hombres, lo que les dificulta el acceso a ayudas sociales y económicas de créditos y servicios.

 

Las mujeres más pobres en las economías rurales de subsistencia pierden el sustento básico de ellas y de la familia a su cargo cuando desaparecen los recursos ambientales locales de los que directamente dependen, como son las fuentes de agua, las tierras fértiles, los bosques comunales, la leña, el forraje para animales, las plantas medicinales o el alimento. Se convierten así en primeras víctimas y refugiadas ambientales. La escasez de agua, comida y tierras fértiles intensifica el resto de divisiones y desigualdades, favorece las hambrunas, las enfermedades y la muerte, los antagonismos sociales y el aumento de los conflictos violentos.

 

La capacidad general de mitigación y adaptación a las alteraciones climáticas depende del acceso a recursos sociales, como son los derechos de propiedad sobre tierras, el dinero, los créditos, las ayudas económicas, el nivel de autonomía, los conocimientos, la buena salud, la libertad, la movilidad personal, la seguridad alimentaria. Puesto que las mujeres constituyen el mayor porcentaje de las personas más pobres del mundo, con menos recursos y menos libertades y derechos, también son las más afectadas y en peligro ante las lesiones y amenazas climáticas.


 

La destrucción ambiental de las mujeres de la clase consumidora del Norte Global

 

En esta parte de la Tierra todos somos contaminadores y contaminados, somos simultáneamente víctimas y cómplices. En nuestras sociedades de consumo globalizado las mujeres somos víctimas y responsables. En general ocurre que los mayores consumos de los recursos y servicios ambientales vienen de los grupos humanos con más ingresos económicos, más urbanos y con mayores estudios. Además, sus patrones de sobreconsumo  se convierten en modelo de referencia y aspiración emulativa para las poblaciones humanas más desfavorecidas, esta mimesis derrochadora afecta tanto a mujeres como a hombres.

Son superfluas, dañinas y tóxicas para la Tierra y para nuestros cuerpos y vidas gran parte de las compras fomentadas por el cultura patriarcal de la expansión mercantil globalizada. Los habitantes del mundo sobredesarrollado, 1/5 de la población mundial junto a las élites de las sociedades del sur, mantenemos unos estilos de vida guiados por valores materialistas de riqueza y bienestar asociados a la abundancia y el despilfarro de los recursos ambientales cada vez más escasos y contaminados. Malgastamos energía, aniquilamos los espacios bioproductivos del resto de especies, contaminamos con venenos y basuras nuestros territorios y lugares más preciados y el conjunto del planeta.

Las mujeres sobreconsumidoras de Europa participamos en este agresivo saqueo de la naturaleza y de las sociedades del Sur global. Son muy grandes nuestros impactos sobre las mujeres del Sur. Los materiales y productos que compramos como consumidoras en último término proceden de recursos naturales y ecosistemas, de los que dependen otras muchas mujeres por ser la fuente directa de sus medios de vida. Nuestro consumo globalizado revierte en ellas en forma de pérdidas de bienestar, empobrecimiento, desarraigo y basuras entrópicas altamente tóxicas.  


 

La expansión urbanizadora enferma y mata

 

¿Por qué hemos de tolerar unos insípidos alrededores llenos de humos tóxicos, cemento y asfalto en medio de relaciones que no son por completo nuestras enemigas y no son del todo fatales? Las políticas desarrollistas de la expansión urbanística inacabable en ciudades y pueblos acarrean daños específicos en las mujeres. Los grandes bloques de equipamientos, viviendas, rascacielos, urbanizaciones, centros comerciales, carreteras, ampliaciones de autovías, amputaciones de espacios naturales periurbanos singulares y de tierras fértiles, …, atentan especialmente contra las mujeres y la vida.  

 

Este neodesarrollismo urbanizador al servicio de las infraestructuras de la globalización económica crea espacios públicos anodinos, hostiles, insalubres y peligrosos para las mujeres. En ellos se destruye la convivencia y la escala humana, física y cultural, que hace posible la vitalización de los espacios públicos, el tejido comunitario y la habitabilidad y salud urbana y medioambiental. Este avance del urbanismo expansivo, fálico, agresivo y tóxico, es ajeno a las necesidades de mantenimiento y cuidado de la ciudad, los pueblos y barrios. Contrariamente, los espacios públicos accesibles, amplios y seguros favorecen la salud urbana y el tejido comunitario mezclado, diverso y vibrante.  

 

Para las mujeres en general, el avance de los “no lugares” funcionales con las necesidades del mercado pero vaciados de sentido y memoria, en los que domina el cemento, el hormigón, los centros comerciales, las vías de tráfico, los humos y materiales contaminantes, las velocidades, … comporta trágicas consecuencias en enfermedades y barreras sociales, en separación, división, aislamiento, anonimato, inseguridad, desafecto, fealdad, individualismo, indiferencia, miedo.


 

¿Alimentos con agrotóxicos? No, gracias

 

Las mujeres ejercen un papel fundamental en la alimentación fruto de la división patriarcal entre la esfera pública y privada. Los valores relacionales y reproductivos de la economía doméstica de los cuidados están asociados a la compra y el consumo de alimentos y a la preparación cotidiana de comida para nuestras familias, vecindades y comunidades.

 

¿Por qué hemos de tolerar unas dietas con cócteles de venenos flojos que lentamente nos enferman y matan?. Los límites máximos legales permitidos sobre residuos en los alimentos no se han establecido con márgenes de seguridad ni tampoco se han indagado la multitud de las complejas sinergias que pueden actuar. La ingesta diaria de sustancias agrotóxicas de origen tecno-industrial debilita nuestra respuesta inmunológica e incrementa nuestra vulnerabilidad a enfermedades de todo tipo y a riesgos cancerígenos, neurotóxicos e inmunológicos. En parte son muy desconocidos e inquietantes los muchos impactos causados por la exposición continuada a dosis de pesticidas, herbicidas, plaguicidas, compuestos inertes y otros residuos agroquímicos presentes en los alimentos producidos por la agroindustria químico intensiva. Sus agresiones sinérgicas actúan sobre nuestros cuerpos y entornos diarios de vida, sobre los ecosistemas y los metabolismos bioregenerativos, sobre bienes tan vitales como son el agua, las tierras fértiles, el aire, la biodiversidad.

 

Los cambios en los patrones de compra y alimentación de las últimas décadas hacia la comida precocinada, instantánea, congelada, enlatada, exótica, fuera de temporada, afectan de lleno a los espacios públicos y domésticos. Al tiempo que se externalizan y mercantilizan los trabajos domésticos en cadenas de cuidados transnacionales, nuestra alimentación se hace más amenazante y más dependiente del mercado y de la destrucción de los agroecosistemas, la biodiversidad y la sobreexplotación animal. La globalización alimentaria está destruyendo hábitats, ecosistemas singulares y bosques con funciones importantes en la estabilidad climática y ecológica. Esta globalización agroindustrial provoca una gran sobreexplotación y sufrimiento de las mujeres del Sur global, especialmente para las mujeres más pobres y las comunidades indígenas.

 

La química del sistema industrial agroalimentario implicada en los procesos de producción, transformación, transporte, comercialización y venta, está enfermando la Tierra y a los seres humanos a causa del uso masivo de compuestos químicos atronómicos, como son los pesticidas, herbicidas, antibióticos y otros productos fitosanitarios de síntesis. Ganaderos, agricultores y consumidores son eslabones de un modelo agroindustrial basado en prácticas y tecnologías ambientalmente destructivas y contaminantes. Las mujeres somos primeras víctimas de un modelo tóxico de alimentación que nos afecta y nos hace especialmente más vulnerables por utilizar muchos productos biocidas que son liposolubles.

 

Es imprescindible el cambio de nuestros hábitos de comida para hacer las paces con la salud de nuestros cuerpos y la Tierra. Los cambios ecológicos en nuestra alimentación, como son el vegetarianismo, el veganismo y el consumo de productos ecológicos de producción local, constituyen mudanzas en las culturas domésticas de los cuidados y han de afectar de lleno a mujeres y a hombres.

 

Defendemos el consumo de alimentos de la producción ecológica local, que elimina los insumos agrotóxicos y acorta los trayectos y las largas distancias de materiales y energía haciendo posible el trato justo para las personas que trabajan el campo. Los largos recorridos también favorecen la desconexión y la ignorancia sobre quienes, cómo y dónde se han producido y elaborado los alimentos.


La corrosiva cultura patriarcal del coche

 

Las mujeres son víctimas de unas ciudades dominadas por la dictadura del coche particular bajo un patrón de movilidad: un coche, un hombre. Estas máquinas con motores de combustión de gasolina y gasòil enferman y contaminan el aire común, ocupan y degradan los espacios públicos, agrediendo y dificultando la vida cotidiana de mujeres.  

Las mujeres utilizan el transporte publico más que los hombres. Necesitan espacios urbanos e itinerarios peatonales seguros, salubres y convivenciales. La peatonalización, la bicicleta, las restricciones al tráfico privado, la ampliación de los espacios públicos, las zonas verdes y el arbolado, la mejora del transporte público, del bus, el metro, el tranvía y el tren convencional, favorecen especialmente a las mujeres y su salud.


La enfermedad de la publicidad

 

La publicidad engañosa de las empresas mercantiles reproduce los códigos de división y desigualdad de género y alimenta la adicción individual al consumismo y el mito del crecimiento indefinido mediante cultura de la abundancia, el “usar y tirar” y el “todo siempre”.

 

Los cambios sociales a favor de la sustentabilidad han demoler el muro patriarcal que separa la esfera privada de la esfera pública afectando de lleno al espacio público y privado. El mundo de los cuidados domésticos, que se entrelaza con hábitos individuales y familiares de consumo privado, también constituye un espacio de cambio social.

 

La moda es una enfermedad de la mente. La manipulación publicitaria nos enajena y convierte a las mujeres en adictas a productos innecesarios muy nocivos para las mujeres y el planeta. La publicidad mueve la espiral de necesidades materiales inacabables y extravagantes esclavizando nuestros deseos y nuestra imaginación. Dirige a las mujeres hacia un consumo de todo tipo de productos comerciales a la vez que oculta las condiciones sociales y ambientales de la producción de los mismos que perjudican a las mujeres, comunidades y ecosistemas. Este encantamiento publicitario liberado de ataduras sociales y ecológicas colectivas coloniza nuestras formas cotidianas de vivir afectando a una gran variedad de actividades y bienes de consumo, como son los alimentos, los medicamentos, los cosméticos, la ropa, la limpieza, los electrodomésticos, el mobiliario, la vivienda, el coche ...

 


La lucha anti-patriarcal de los derechos animales

El sufrimiento animal también es nuestro sufrimiento. Las gigantescas dimensiones de la crueldad y sobreexplotación organizada presente en nuestras relaciones con los animales no humanos es una expresión más de la violencia patriarcal que se ejerce contra las mujeres y los ecosistemas del planeta. Un monumental campo de concentración “Auschwitz" se oculta detrás de nuestros estilos de vida y de nuestras formas cotidianas de alimentarnos, vestirnos y divertirnos.

Son numerosas y están muy enquistadas las manifestaciones del machismo especista. Se expresan por ejemplo en la tortura animal de las actividades festivas de los espectáculos taurinos; en las tradiciones masculinas de la caza “deportiva”, que persigue y da muerte a animales libres en sus hábitats silvestres; en la producción intensiva de la ganadería industrial; en el maltrato de los animales no humanos integrantes de nuestras familias, a menudo asociado a la violencia machista contra las mujeres.

Son despiadados y moralmente bochornosos los regímenes de las modernas granjas industriales de la ganadería industrial intensiva. En cifras absolutas exceden en mucho a cualquier otra forma de sobreexplotación animal. Animales dotados de los mismos órganos sensoriales que los seres humanos, como los cerdos, gallinas, pollos, terneros, ovejas, vacas, se crían, engordan y sacrifican prematuramente a gran escala en condiciones artificiales de enorme dolor, crueldad y tortura. Bajo las presiones del balance económico coste-beneficio y las ganancias malviven en espacios de encierro y hacinamiento, vacíos, insalubres, mecanizados y antinaturales, sin tener las posibilidades de libertad y los placeres de la vida salvaje, para finalmente convertirse en “carne” para alimento humano. A menudo se les niega que desarrollen y ejerciten sus instintos y capacidades naturales individuales y de especie, como es el bienestar físico y social dentro del grupo. Se les impide darse la vuelta, levantarse, acicalarse, estirar los miembros, tumbarse. Son muy cortas y miserables las vidas de millones de seres sintientes con subjetividad propia, capaces de padecer dolor y dotados de intereses y necesidades de bienestar y vida, que acaban convertidos en productos comerciales abundantes y “baratos”. Detrás de la violenta cultura del carnismo también se esconden innumerables impactos ambientales.

Queremos modelos de convivencia alternativos orientados por las exigencias de una justicia ampliada no especista y por el abolicionismo de las formas de explotación animal instituidas y legales, en los que los animales no humanos no sean considerados ni tratados como simples cosas, propiedades o materias primas. En dos siglos de historia el movimiento animalista ha cuestionado la herencia especista del imaginario masculino etnocéntrico de occidente. Su antropocentrismo especista devalúa y animaliza a las mujeres, percibe los animales no humanos como inferiores y carentes de dignidad y derechos, y en nuestras relaciones humano-animales otorga máximas libertades a los fines exclusivamente humanos.

Reconocemos que los otros animales tienen derechos universales inviolables que no deben suspenderse, como son el derecho a la vida y a no ser maltratados o torturados. Estos derechos fundamentales han de acompañarse de derechos positivos, particulares, variables y relacionales, dependiendo de los individuos, la especie y las circunstancias particulares de los contextos y las relaciones humano-animales. Los derechos animales comportan deberes y obligaciones particulares para los humanos, constituyen un sistema de restricciones para que los otros animales no sean maltratados ni sacrificados de mil maneras al servicio de las utilidades humanas.

Junto a las exigencias de un bienestarismo que alivie las condiciones prácticas de vida de los animales sintientes defendemos los derechos animales. Estos reconocen su valor intrínseco atendiendo a sus capacidades y complejidad de conciencia y subjetividad, propias de cada especie. Los derechos animales son aplicables a los seres con experiencia subjetiva del mundo e intereses. Incluyen el derecho a un entorno social y ambiental seguro y saludable. Los animales salvajes son componentes vitales de la salud ecológica de los ecosistemas y han de tener derechos reconocidos a la soberanía territorial y a la protección de sus espacios ambientales por encima de las interferencias e intereses humanos.

Estamos orgullosas de que millones de mujeres protagonicen las luchas por los derechos animales en los movimientos animalistas y ecologistas, haciendo defensa de la biodiversidad y enfrentándose a muchas formas de explotación animal, como son la caza, las granjas industriales de explotación animal y la destrucción de los hábitats de las especies silvestres.

Las mujeres que son fuente y vanguardia de las culturas anti-especistas y eco-animalistas del cuidado y la protección de animales abandonados y maltratados, corroen la herencia cultural machista insensible hacia los seres vivos no-humanos y la naturaleza.


Las mujeres como la naturaleza son productoras y cuidadoras de vida

 

El compromiso con la biodiversidad obliga a respetar espacios ecológicos que necesitan otras especies y ecosistemas, otros seres humanos y las generaciones futuras. Cualquier estrategia de mejora de la condición de las mujeres debe apoyarse en el protagonismo, los conocimientos y las habilidades de las mismas. En la mayoría de las culturas y grupos humanos las mujeres son expertas cuidadoras de los otros próximos y por ello son guardianas de aprendizajes de conservación de la biodiversidad y sus fuentes regenerativas.

Necesitamos reinventar nuevos valores, saberes, tecnologías y maneras de organización, en sintonía con las necesidades ecológicas del mundo. Estas metas ecológicas también han de integrarse por las aspiraciones igualitarias de los feminismos. Son posibles nuevos aprendizajes de formas de relación más cooperativas y simbióticas con los otros humanos y no humanos.

 

Muchas de los culturas y valores femeninos que a menudo han sido un precipitado histórico de las condiciones de dominación masculina pueden revalorizarse y ayudarnos colectivamente. Las culturas prácticas orientadas por los cuidados hacia los otros próximos, la casa, el huerto, la familia y la comunidad, hacia humanos, animales, plantas, objetos y artefactos, pueden servirnos para reciclar muchas de las erróneas y abstractas creencias modernas sobre el crecimiento material indefinido y sobre el individuo humano soberano, racional y omnipotente. Este arquetipo viril protagonista de la historia del patriarcado industrial se autoproclama como aislado y desenraizado, sin ningún lugar ni atadura social, física y ecológica, sin ninguna constricción comunitaria y medioambiental.

 

Muchas naturo-culturas femeninas que renacen desde muy diferentes espacios sociales y culturales, revitalizan tácita o explícitamente los valores ambientales y actúan de obstáculo contra el individualismo posesivo dominante en los espacios públicos masculinizados. Son micro-culturas resistentes de creación, cuidado y donación, que a menudo surgen de valores y conocimientos prácticos situados que mezclan razón y emoción, cuerpo y contexto. Estas percepciones y aprendizajes naturo-sociales están depurados de abstracciones que separan, idealizan, jerarquizan y violentan nuestros substratos relacionales, sociales, biofísicos y emocionales. Sus disposiciones comportamentales, cognitivas, morales, emocionales y sensitivas son accesibles a mujeres y a hombres. Impulsan relaciones de solidaridad y de apoyo mutuo persiguiendo fines prácticos, resolviendo problemas desde lo concreto, desde el suelo local del vivir diario, desde las necesidades humanas más básicas y comunes, como pueden ser la nutrición, la higiene, el cuidado, el afecto, la seguridad, la salud, el cobijo.

 

Estas culturas femeninas alimentan muchas micro-relaciones prácticas orientadas por principios y valores alternativos al individualismo social y ecológicamente desencarnado, como son la compasión, el sacrificio, el amor, la reciprocidad, el reconocimiento y cuidado del otro particular.

 

Unas naturo-culturas adaptadas a nuestros tiempos de emergencia climática pueden renacer a partir de un "modelo femenino" de relacionarse con el mundo cercano que es  un producto social y cultural construido en los contextos patriarcales de socialización. Se trata de ideas y de saberes prácticos, de percepciones, apreciaciones y sentimientos de empatía guiados por solidaridades, principios morales de compasión y métodos intuitivos de resolución de problemas concretos, bien alejados de los principios y valores abstractos que no tienen los pies en la Tierra.


Saberes situados y de acceso abierto para el buen vivir

 

Somos terrestres que subsistimos en medio de terrestres. Aunque no es posible ponerse a salvo fuera de la Tierra, la respuesta de las élites oscurantistas ante el naufragio inevitable del Titánic de la civilización industrial globalizada es alejarse más y más en sus botes salvavidas mientras suena la música y sigue la fiesta del crecimiento. Al tiempo que prometen fortaleza y suelo seguro para los suyos se desentienden del resto de los náufragos del planeta, de las masas de refugiados y de las metas colectivas. Han dejado de asociar la modernización globalizadora con las metas comunes, como las del progreso, la emancipación, el reparto de la riqueza, la racionalidad, y apuestan por la desregulación desembarazándose de los lastres de los derechos y las solidaridades que ayudan a amortiguar las caídas.

 

Desde los años ochenta mucha gente comprende los grandiosos peligros inherentes a los saqueos y abusos ecológicos implicados en las relaciones humanas con la Tierra. El sistema de la Tierra reacciona a nuestras acciones y ya no contamos con un marco de conocimiento estable donde abeldar nuestras modernas ilusiones expansivas. Como contrapeso de las trayectorias exterministas de las instituciones más importantes de nuestras sociedades necesitamos nuevos saberes orientados por valores más humildes, situados, parciales y cooperativos, en sintonía con las necesidades ecológicas del mundo y con los mejores conocimientos disponibles aportados por las ciencias.

 

Las sabidurías ecofeministas son parte de la conciencia y la alarma social sobre la crisis de sustentabilidad y las mentiras divulgadas por las élites masculinas de la globalización. Exigimos que las élites gobernantes digan la verdad sobre la tragedia de nuestra situación colectiva de translimitación ecológica y dejen de ocultar algo fundamental: que no hay planeta suficiente para cumplir las promesas modernizadoras de mejora en riqueza y vida confortable.
 


Desde sus diferentes lugares sociales, públicos, privados y comunitarios, las mujeres desarrollan prácticas y conocimientos alternativos a las formas individualizadas de interacción impersonal y jerárquica de las organizaciones burocráticas y de la racionalidad instrumental depurada de valores substantivos. Son posibles nuevos aprendizajes de formas de relación más simbióticas con los otros humanos y no humanos. Frente al drama climático y ecológico no es posible la indignación social si se sigue incitando a la gente a la desinformación y el escepticismo, a desconfiar de las verdades sobre hechos socioambientales masivos como son los relacionados con la desestabilización climática en curso.

 

No existe conocimiento por sí solo sin mundo compartido y sin una fuerte vida pública. Los hechos solo pueden ser percibidos y robustos si existe una cultura común, una vida pública decente y unas instituciones confiables. Por ello, no solo se trata de reparar déficits de racionalidad con nuevas epistemologías y saberes sino que a la vez hemos de tejer prácticas comunes de adaptación realista frente a los retos ecológicos.

 

Los conocimientos, las ideas y las tecnologías han de distribuirse socialmente mediante formas de acceso abierto que estén sometidas a normas y restricciones sociales y ambientales. El acceso abierto sin propiedad intelectual privatizadora ha de darse bajo regulaciones sobre el conocimiento y las tecnologías que prioricen los fines sociales del acceso equitativo ecológicamente responsable. Esta necesaria difusión social de los conocimientos constituye un pre-requisito de la descentralización organizativa, la relocalización y la reducción de la escala física de los metabolismos sociales implicados en el consumo de recursos materiales y energía. Frente a la propiedad privada, las formas participativas de propiedad, autogestionadas y descentralizadas, favorecen el paso de los sistemas de producción a los sistemas de generación mediante la reducción del extractivismo de recursos ambientales y energía.

 

El acceso al conocimiento no implica solo un enriquecimiento de nuestras mentes individuales, significa también el acceso a los medios colectivos de creación de riqueza, a la capacidad de compartir y remezclar. Así podemos aprender y crear nuevos conocimientos y percepciones colectivas. No solo somos propietarios de las ideas, las heredamos, las compartimos, las hibridamos y mezclamos, y en este proceso colectivamente creamos nuevas ideas. Impedir la privatización y los candados de los conocimientos y tecnologías mediante las patentes y el copyright, hoy son maneras de facilitar el intercambio justo y los cuidados sobre las fuentes materiales generativas de las riquezas.

 

La mercantilización de los datos personales de las mujeres, el acceso abierto y la gobernanza de los datos personales por las plataformas digitales, son parte de la dominación del machismo mercantil. Sus códigos normativos de género se difunden por las redes sociales reproduciendo la opresión patriarcal y la tiranía del consumismo sexista. La publicidad personalizada difunde en las redes digitales muchos mensajes reproductores de normas patriarcales rigoristas que potencian el auto-odio y el rechazo de las mujeres hacia sus propios cuerpos y vidas. Frente a esta violencia patriarcal se hace necesaria una gobernanza pública-cívica democrática y comunitaria junto a la protección de los datos personales, para que estos no puedan ser objeto de apropiación ni de explotación comercial.

 

Las mujeres necesitamos recuperar el control y la soberanía de nuestros datos personales y privados que han sido secuestrados por las multinacionales digitales en contra de los intereses de las mujeres y la Tierra.


Aterrizar en lo terrestre y recomponer la política común

Frente a la desconexión de la economía globalizada extractivista dominada por élites masculinas y por mentalidades patriarcales separadoras y jerárquicas es urgente el aterrizaje en lo terrestre. Junto a la recomposición de la política común las prioridades han de girar sobre los procesos de regeneración de la vida. Tenemos que pasar de la comprensión en términos de “producción”, fundada en una concepción de naturaleza y humanos separados, a la percepción en términos de sistemas de generación que se fundan en una idea de naturaleza dinámica y heterogénea, habitada por agentes innumerables y distintivos. Lo terrestre designa la acción conjunta de agentes humanos y no humanos aferrados a la Tierra.

 

Los “valores femeninos” asociados históricamente en nuestras sociedades patriarcales a las mujeres pueden servir de brújula para el aterrizaje de las sociedades basadas en el crecimiento, la aceleración, la homogeneización, el individualismo posesivo y el despilfarro.

 

No hay un mínimo realismo en unas políticas planetarias prometeicas que olvidan la escasez y el agotamiento de los recursos naturales y carecen de planes de duración. No hay racionalidad en la extraña manera de conocer, separada, desde lejos y desde ninguna parte, que quiere la continuidad de unos caducos planes globalizadores que nos lanzan al infierno de un planeta con un aumento de temperaturas de 3,5 grados y nos fuerzan a ser partícipes de la sexta extinción sin apenas quererlo ni darnos cuenta.

 

Debemos de abandonar cuanto antes las ilusiones modernas de desconexión ambiental de cuatro siglos de terrícolas humanos, que incapaces de advertir sus errores han motivado una gigantesca transformación artificializadora en el mundo entero. Muchos de los desprecios patriarcales a los valores asociados a las mujeres son un resultado de esta mudanza histórica, que convierte en grotesca cualquier forma de apego a antiguos suelos primordiales.

 

Son contraproducentes los intentos de vuelta a las fronteras nacionales, regionales, étnicas o identitarias y a sus viejos terrenos de disputa. Tampoco tiene sentido continuar una globalización materialmente expansiva físicamente imposible. Nuestra condición terrestre nos obliga a luchar contra el déficit de representación cultural de la misma para conocer las características que la componen. Ya no nos sirve la antigua clasificación heredada de humanos por una lado y los recursos por otro lado. El aterrizaje en la Tierra nos obliga a retomar descripciones de muchos terrenos de la viva que se han vuelto invisibles, su lista es larga y difícil de elaborar puesto que los agentes humanos y no humanos que componen lo terrestre, animados y actuantes, tienen cada uno su singularidad y su propio recorrido e interés, y de ellos a su vez dependen otros seres y comunidades terrestres.

 

Tenemos que redirigir la atención hacia lo terrestre viviente para poner fin a la desconexión entre los actores humanos y los “recursos naturales” que paraliza a las fuerzas políticas de izquierdas y derechas desde la aparición de la amenaza climática. No hay organismos de un lado y medio ambiente del otro puesto que somos terrestres todos los seres vivientes de la Tierra. Hemos de pasar de las categorías de libertad humana y de producción a las de conservación, generación y ecodependencia. Todos, humanos y no humanos, son agentes que participan plenamente en la génesis de las condiciones geológicas, bioquímicas, biológicas y ecológicas del planeta.

 

La comprensión no mecanicista ni reduccionista de naturaleza ha de redirigirse hacia lo terrestre, ha de abandonar la fuga hacia la expansión globalizada o hacia un inviable universo exterior. Aterrizar obliga a salir de las inútiles ilusiones de las mentalidades modernas sobre una naturaleza considerada exterior, alejada, indiferente y mecánica. La vuelta a lo terrestre no tolera el negacionismo  ni los desarraigos ecológicos y climáticos. Contrariamente necesita de actitudes encarnadas que reconozcan muchos de los territorios y los muchos actores variopintos del mundo, aunque estos se hayan vuelto muy invisibles siempre intervienen en las tramas, asociaciones e intercambios del mundo y las sociedades humanas.

 

Durante los pasados 70 años de gran aceleración económica todo se ha metamorfoseado por las fuerzas abrumadoras de la modernización y el mercado, gracias al petróleo el reino de la economía parece creerse capaz de prescindir de todo límite material. La economía globalizada intensifica la oposición y los conflictos con el mundo viviente, la equidad social y la ecojusticia. A pesar de las rivalidades y diferencias políticas entre la izquierda y la derecha, sus ideologías coinciden en que solo cuentan los humanos. Son impotentes a la hora de idear un horizonte común de continuidad por su incapacidad para percibir y dar reconocimiento a los otros sujetos diversos. La ecología entonces puede entenderse como una llamada a cambiar de dirección y a caminar hacia lo terrestre, el único lugar donde pueden engendrarse las metas ecofeministas de bienestar, equidad, solidaridad y justicia intra-humana, inter-especies e inter-generacional.

 

No existe planeta compatible para llevar adelante los planes modernizadores guiados por la adicción a lo ilimitado. No hay lugar donde albergar la globalización expansiva y en ella nadie puede encontrar arraigos y hogar seguro. Para los habitantes del mundo sobredesarrollado son muchos los cambios y la magnitud de las responsabilidades ante el abismo ecológico y climático. Tenemos que abandonar nuestras actitudes de negación y retraso del aterrizaje en la Tierra, que buscan prolongar durante un tiempo más los peligrosos sueños modernizadores. Tenemos que cambiar la totalidad de nuestras vidas extravagantes y sobreconsumidoras de recursos ambientales cada vez más menguantes y devastados.

 

La ecología recompone la política introduciendo un mayor realismo geo-social y bio-social mediante nuevas percepciones, preocupaciones, actores y prioridades, que ya no nos obliguen a separar y elegir entre salarios y especies. El nuevo eje público de lo terrestre ha de abrirse camino con fuerza contra todas las formas de negacionismo prestando atención responsable y objetiva a las posibilidades y consecuencias de nuestro aterrizaje.

 

Los dramas humanos y ambientales de la inestabilidad climática y la crisis ecológica global son ya parte inevitable de nuestra existencia presente. No podemos escapar de ellos ni tampoco existen soluciones individuales. No podemos protegernos buscando nichos y refugios cada vez más inexistentes y contaminados. Es urgente volver a enraizarnos y aterrizar en la Tierra y para ello es prioritaria la acción colectiva coordinada, local y transnacional, que implique a todos los gobiernos e instituciones, públicas, privadas, comunales y domésticas. Son ineficaces las respuestas sectoriales marginales y desconectadas al uso, como son las que demandan que las "soluciones" vengan de los expertos; de las tecnologías; de la gente; de la educación; del mercado; de las leyes; de los gobiernos; del Estado.

 

No hay escapatoria mediante las huidas hacia delante de la globalización, ni tampoco las hay en las huidas hacia atrás del encierro nacional y local, ambas tienen en común que rechazan aterrizar en el mundo. Las nuevas cartografías para orientar con urgencia el aterrizaje de las políticas han de seguir direcciones aún no trazadas, para ello han de servirnos nuestras capacidades organizativas, científicas y tecnológicas.

 

Ante la emergencia terrestre han de abandonarse las peligrosas recetas neoliberales globalizadoras de liberarse de toda restricción y de las metas de un mundo común compartido. Las salidas no pueden venir de este “sálvese quien pueda” que apuesta por seguir prolongando el acelerado vector modernizador del desarrollo y la globalización económica, donde se desvanece cualquier horizonte con metas compartidas y comunes. El aterrizaje en la Tierra tampoco será posible volviendo a las identidades nacionales. Las nuevas orientaciones que necesitamos tampoco pueden venir de la huida hacia atrás y del encierro en lo local, que buscan viejos arraigos y seguridades al tiempo que rechazan la fraternidad y la realidad de las restricciones que imponen los dramas ecológicos. El aterrizaje significa repolitizar nuestra pertenencia a la Tierra pero sin que sea absorbida por la división de fronteras estatales, el aislamiento violento de la homogeneización étnica, el patrimonialismo y la nostalgia del regreso a un modo de vida “auténtico”.

 

Como ecofeministas sabemos que debemos dejar de definir lo social humano y las relaciones entre mujeres y hombres separándolas del mundo viviente y de nuestra casa planetaria común. Sería un gran error repetir las experiencias y trayectorias del pasado creyendo que debemos elegir entre la cuestión social y la cuestión ecológica. Ahora se trata de cohabitar. Lo terrestre y su desestabilización constituye un nuevo actor político de envergadura que ha de dejar de ser decorado y telón de fondo para convertirse en agente y protagonista central de la vida pública para los seres humanos de la Tierra, no “sobre” la Tierra.

 

Las metas y prioridades de gobiernos, instituciones y leyes de todo tipo han de reconocer con urgencia la incómoda verdad de la catástrofe ecológica y climática causada por el avance del patriarcado industrial expansionista y globalizado, tal y como informan los mejores informes científicos disponibles desde hace cinco décadas. Las prioridades puestas en un horizonte terrestre, común y compartido, han de darse en todas las escalas de gobierno y regulación (municipal, regional, estatal, europea, internacional y transnacional). Este renacimiento ha de abandonar las prioridades puestas en el mercado, la economía dineraria y el crecimiento de la la escala física de la producción y el consumo, que son nocivas para las mujeres de todo el planeta. Ya no son realistas ni realizables las metas de seguir creciendo en consumo y degradación de los recursos naturales finitos cada vez más escasos y maltrechos. 


Ecologizar y feminizar enraizando nuestras formas de vivir

 

El compromiso ambiental exige despatriarcalizar y descolonizar. Sus cambios no han de detenerse ante los espacios domésticos del cuidado ni ante los espacios públicos de la economía globalizada, el individualismo posesivo del dinero, el mercado, el empleo y la política. Cambiar la esfera pública o cambiar la vida privada constituyen un falso dilema, ni una ni otra por separado son suficientes ante la crisis ecológica global y el calentamiento climático. La agenda ecofeminista cuestiona las prioridades productivistas del consumo familiar y las de la producción.

 

Ante la emergencia ecológica y climática no hay otro futuro que el de una metamorfosis social que abandone la desmesura y el dominio de las racionalidades masculinas utilitaristas. Para que pueda ser posible el cuidado reparador e igualador hacia los otros seres humanos y no humanos este renacimiento ha de fundarse en los valores de suficiencia, frugalidad, equidad, autoconstricción y respeto de los límites ecológicos. Este reto no solo afecta al presente de la humanidad en su conjunto, también atañe a nuestra responsabilidad hacia los seres del futuro, humanos y no humanos. Las nuevas generaciones sufrirán las consecuencias de nuestros comportamientos de hoy y padecerán inmensos descuentos en sus oportunidades de bienestar y vida.

 

Para poder frenar con relativo éxito las expansivas perturbaciones exterministas de la globalización y la privatización, un importante requisito de la localización es la pre-distribución local de la fuentes materiales generativas de la riqueza. En la esfera pública esto supone gestionar la reproducción de los bienes y servicios de los ecosistemas mediante regulaciones institucionales y la implicación de la gente en el trabajo de reproducción de los bienes comunes y lo público. Este requisito local de pre-reparto de la riqueza se opone a que su control continúe estando en manos de las empresas y el mercado globalizado. En la localización y descentralización participativa de las fuentes generativas y los medios de producción pueden darse muchas formas posibles de hibridación entre lo público, lo comunal, lo privado y la economía de los cuidados. En este aterrizaje el aprendizaje por antelación del principio de precaución nos ayuda a interrogarnos sobre donde vienen los productos del mercado, como se han procesado, cuáles son los daños socioambientales asociados y las condiciones de su acceso redistribuido y equitativo.

 

Lo más importante por hacer no solo es la redistribución social de las rentas económicas mediante los impuestos y los servicios públicos, lo prioritario es la pre-distribución de la fuentes generativas de la riqueza, lo que a su vez posibilita la descentralización, la localización de la economía social y material y la autolimitación. Sin embargo los partidos políticos de izquierdas y derechas suelen hablar de impuestos y redistribución de los ingresos del Estado, pero no hablan de la esfera generativa de pre-distribución. Tampoco hablan de cambiar las estructuras y los procesos sociales del conocimiento, las ciencias, la producción y la propiedad, que son precisamente los lugares donde los cambios de rumbo hacia una economía regenerativa  desestabilizan las estructuras de poder y propiedad masculinizadas.

 

El decrecimiento y la austeridad voluntaria, la suficiencia, la equidad, la relocalización material y el aterrizaje de la economía, son antídotos contra la racionalidad patriarcal conquistadora del industrialismo mecanicista y desencarnado de nuestra identidad terrestre y de nuestros inevitables vínculos y dependencias medioambientales.

 

Rebel.lió / Extinció
XR-València     
Valencia, 8 de marzo 2019                                                          

 

                                        
            

     
                                                                                  

 

 

 


 

 

 

 

 

                                                                                  

 

 

 

 

 

 

 

 

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18 février 2019 1 18 /02 /février /2019 16:39
La politica en el callejón sin salida del crecimiento

 

El optimismo que promete “un futuro mejor” es el producto más apreciado de las políticas dominantes. El ADN del los genes optimistas de las política es “la maquina del crecimiento económico”, cuyo engrase y alimentación es el objetivo prioritario la mayoría de los partidos de cualquier tinte ideológico, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda. Sin embargo el engranaje de la maquinaria expansionista insaciable de las políticas de desarrollo cada vez está más averiado ante el agotamiento y la creciente escasez de recursos naturales, de “tierras vírgenes” que conquistar y de energía abundante. Su voracidad extractivista solamente puede ser efímera en un planeta finito en materiales y cada vez más degradado ecológicamente. Son muchas las alarmas sociales y ecológicas ante la decadencia progresiva de las capacidades bioproductivas de los ecosistemas. Con que las actuales tasas de crecimiento económico son débiles, lentas o inexistentes, las élites políticas comienzan a verse desnudas ante una ciudadania rehén cada vez mas escéptica con los cantos de sirena del crecimiento y el bienestar.  La clase política se encuentra atrapada entre unas promesas falsas de más y más poder adquisitivo que no podrán cumplirse y una ciudadanía cada vez mas convencida de que su nivel de vida y consumo será peor que el de sus padres.
 
En este caldo de cultivo social provocado por la decepción, la deshonestidad e la irresponsabilidad de nuestras élites gobernantes crece una extrema derecha populista por todo el mundo que anuncia recetas salvadoras. Estos movimientos reaccionarios brotan y se alimentan de la inseguridad de unas clases medias y de unos trabajadores autónomos que temen por el mantenimiento de su actual nivel de ingresos. Es muy grande el anacronismo de esta extrema derecha que se agarra a unos modelos de vida en caída cuesta abajo a causa de la conjunción de realidades interdependientes como es globalización de la economía, los cambios tecnológicos y las bajas tasas de crecimiento. La globalización competitiva empuja a la ruina a numerosos sectores económicos.  Así esta nueva/vieja derecha achacan sus problemas a “las élites urbanas progres", a los inmigrantes, a las feministas, los gais,  a los ecologistas y otros imaginarios. En suma, culpan a las autoridades “progresistas” de la globalización neoliberal, a las mismas que defienden, al menos en teoria,  los derechos humanos individuales de las mujeres, los inmigrantes, los homosexuales y que incluso, hablan(a pesar de no hacer nada) de “la lucha contra el cambio climático”.


Es una obviedad que la clase política miente descaradamente al afirmar que se puede continuar indefinidamente un crecimiento económico, urbanístico, turístico y agrícola y al mismo tiempo mitigar or estar mínimamente preparados ante los terribles estragos del cambio climático y las masivas extinciones naturales que ya nos rodean por doquier. Engañan a la gente al decir que el crecimiento economico, el bienestar humano y la sostenibilidad ambiental son todos compatibles cuando los datos científicos apuntan todo el contrario. Afirman que la fiesta desbocada del consumismo, los viajes low cost y el boom del ladrillo pueden continuar sin tener que pagar una factura impagable de gran sufrimiento social y ecológico. Nuestros politicos, los medios de comunicación y los líderes empresariales prometen el oro y el moro pero son tigres de papel de un crecimiento imposible que pronto se acabará debido a unos limites físicos y económicos infranqueables en un planeta menguante que se achica y se empobrece sin parar. Las élites de nuestras democracias liberales, atrapadas entre promesas engañosas y la negación de aceptar la imperiosa necesidad de una austeridad justa y solidaria en nuestro consumo material,  corren el gran riesgo de quemarse en la hoguera de la ira de gentes frustradas. Ante esta disyuntiva las elites suelen intentar despistar a la gente con las falsas panaceas de las magias tecnológicas, la eficiencia mercantil o el falso “desacoplamiento”(entre el crecimiento y el consumo material) como coartadas ficticias para continuar con la misma noria suicida del sobreconsumo, el saqueo de la naturaleza y la sobre-explotación laboral.


Si no hay un cambio de rumbo muy sustancial la primera baja en Europa provocada por el colapso climático y el relacionado freno al crecimiento económico será  la misma democracia liberal y la defensa de los derechos humanos. A falta de una mayor dosis de realismo, responsabilidad y solidaridad nos encontraremos en un endemoniado callejón sin salida entre dos imposibilidades:  una globalización neoliberal que se atasca por un unos límites físicos, económicos y políticos y un giro hacia los nacionalismos populistas y xenófobos que anhelan una vuelta a un pasado “soberano” que no puede existir en un futuro dominado por enormes problemas ambientales y sociales comunes transnacionales.  Para añadir más leña a este fuego de descontento decenas de millones de refugiados se agolpan a las puertas de la UE desde Africa y el Oriente Próximo por la combinación de las guerras, las dictaduras, la explosión demográfica,  la caída de productividad agrícola, la pérdida de tierra fértil a la erosión, y las sequías, las crisis hídricas, la pérdida masiva de biodiversidad y la contaminación tóxica. Esta presión migratoria ya está poniendo a una dura prueba nuestros valores y principios más apreciados de libertades personales y respeto universal al valor de la vida humana.


El primer paso a dar en buscar unas alternativas morales y universales a este atolladero es decir la verdad sobre la necesidad de una imprescindible austeridad impuesta por unos límites biofísicos cada vez mayores por los impactos del colapso climático y otras crisis socioecológicas.  Nos urge comenzar a sustituir el actual delirio del crecimiento por una economía localizada y decentralizada con más equidad, más solidaridad y más recursos compartidos.  Al contrario de lo que piensan los partidos socialdemócratas y  liberales, el reparto social equitativo y  la sociedad de bienestar ya no es un dividendo  del crecimiento material de la economía. Si en medio de unas crisis sociales,  ambientales y climáticas sin precedentes, seguimos dando prioridad al crecimiento globalizado y más extracción material de la naturaleza solo aumentará la desigualdad y la pobreza, lo que hará aún más difícil la solidaridad, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. En juego  no es solo mantener un margen para los derechos democráticos y la justicia global sino la supervivencia misma de unas sociedades mínimamente estables, pacíficas, seguras y libres.
 

 

 

 

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7 février 2019 4 07 /02 /février /2019 21:27

 

Shiny marketing presentations about Cochrane's successes are usually based on misleading quantitative figures and the obsession with greater economic turnover but they fall short dearly on delivering the scientific and democratic quality that is actually the only way of delivering better health-care information, synthesis and evidence to help people to take more informed decisions. Especially in health-care, more does not mean better. The Cochrane leadership´s approach reflects a head-in-the-sand “follow the money” approach that ignores most of the key strategic concerns of many of its key members and the wider health-care community.

 

Membership numbers and balance sheets do not reflect Cochrane´s existential crisis over transparency, openness and democratic accountability. The fact that calls for change by a large majority of centre directors in Europe and Latin America and almost half of the previous Governing Board members have fallen on deaf ears and open denial on the part of the central leadership is unprecedented in any democratic civil society organization. On a qualitative level many of the most highly qualified, experienced and recognised medical researchers around the world are increasingly critical in varying degrees of the organizational and scientific direction Cochrane has taken in the last number of years. (From Moynihan to Goldacre, from Iaonnidis to Paul Glasziou, from Godlee to Jefferson, from Dickerson to Rivaud, from Erviti to Bonfill etc.) If one wants to be quantitative too, have a look at the 10000 signatures and 2000 personal messages in support of Peter Gøtzsche (https://www.ipetitions.com/petition/letter-to-danish-minister-of-health-against#facebook-share), who is considered by John Iaonnidis “one of the greatest scientists of our times”.   His expulsion has sent a very clear message to the health-care community that Cochrane does not tolerate strong critics of the pharmaceutical industry and the medical establishment.

 

The repression of dissent and open scientific debate has had a devastating impact on the public and professional trust in Cochrane. As reflected on these lists of support for Gøtzsche and many other public declarations in articles and in social media the present Cochrane leadership is intellectually and professionally isolated. The London Cochrane leadership are more and more criticised among researchers and professionals who are in favour of change in our biomedical innovation and knowledge models. This qualitative fact underlines a sort of “Cochrexit” where the London central office has cut itself off from the world. It is a given that they will maintain control of the Board but this can be a pyrrhic victory in light of the disrepute the crisis has caused.

 

The lack of internal democracy is scandalous and openly recognized by most. As I describe in my no gracias blog, most Board members are not encouraged nor allowed to be active in decision-making processes and they have become a final stage rubber-stamp of central executive team decisions and any critical strategic discussion is strongly discouraged within a Board agenda ambience where 95% of the issues considered by the Board are related to the publishing business model, “the brand” and financial progress. Cochrane is not “inclusive and diverse” because it is intolerant of diversity and criticism, persecuting and rejecting open democratic debates and contested elections. The expulsion of Peter Gøtzsche without any democratic process by a margin of 6-5, the censoring of a “voting guide” by leading Cochrane members for the recent elections and the totally opaque, incomprehensible candidate information as described by Ben Goldacre on Twitter, are just a few examples.

 

The assertion that strong centralization policies are in favour of “quality” is absurd in a context in which the central office actively rejects and even considers “disloyal” any open debate on the scientific weaknesses of Cochrane´s present business model that often ignores the biased, manipulated and opaque nature of industry-sponsored or influenced journal articles as the sole basis for many systematic reviews. Greater central control is not improving quality because it chooses to ignore most of the underlying structural issues that determine the quality of the systematic reviews.. The core business of Cochrane are its Systematic Reviews yet in the last decade Cochrane has dragged its heels in response to insistent concerns that they are largely synthesized information from industry-sponsored studies. Cochrane has done little to address the increasing need for reviews to be undertaken using accessible regulatory data (Clinical Study Reports and patient-level clinical data). In contrast, by giving total priority to its publishing business model the Cochrane London team has refused any honest open dialogue within the Board or other organs about what the basis of “trusted evidence” actually is. A few of the “costs” of the maintaining a large, expensive London staff is a highly criticized policy of a lack of open data to back up reviews and the lack of responsiveness for immediate open access to reviews demanded by many EU member states and international research organizations. More Knowledge Translation and language translations will not advance “better evidence” if they are based on weak, redacted or inaccessible clinical trial evidence and biased methodological premises. Cochrane reviews can even end up amplifying and certifying pharma industry marketing spins. What many long-time Cochrane members are calling for is not the production of more reviews but fewer ones of greater scientific quality, credibility and independence. But, of course, greatly slowing down the “systematic review assembly line production”(even called “chain reviews”) would reduce the revenue of the central office which is the overriding objective of the present Cochrane leadership. And you can´t deal with quality of content later! And quality of content is not mainly a technical issue but one of strategic scientific and moral choices.

 

It is very unfortunate that a significant portion of Cochrane editors have financial conflicts of interest with promoters of the treatments they are evaluating. This undermines trust in the recommendations. Up to half of the review authors are allowed to have conflicts of interest with the products they are considering.

 

Open access statistics (increasing by 1%) given are misleading or mean very little because after one year of moratorium behind a paywall almost all publications become open access anyway. The key economic question is how Cochrane will respond to the demand of immediate open access in the future and how this will affect the core of its business model.

 

The idea that Cochrane national leaders are key advocates of evidence-based medicine for Cochrane flies in the face of the fact that most of these leaders from Germany to Austria to Finland to Spain to Denmark to most of Latin America are calling for democratic change in the way Cochrane works. See the German letter from the EBM network: https://www.ebm-netzwerk.de/pdf/stellungnahmen/letter-cochrane-20181004.pdf.

 

All the data about the increase of the quantity of online downloads and visits says very little about the influence of Cochrane reviews on decision-making and health-care policy. These are qualitative questions that need another kind of metrics. In fact, the ongoing public crisis of Cochrane (unless there is a strong reaction) will probably have a very negative impact on that influence.

The fact is that the core business of the Cochrane central office is not providing “trusted evidence” but producing its “products” in the Cochrane Library which is principally the Cochrane Database of Systematic Reviews. Most of the work is done by Cochrane review groups around the world while the revenues are almost exclusively controlled by the London office and rarely shared with regional centres that have their own independent funding. Centre director complaints over policies that affect their national scientific work and income are routinely brushed off and ignored.

 

This has little or nothing to do with improving quality and a lot to do with top-down control. It is false, the assertion: “We are financially sustainable as an organization at central and group levels”. At a central level it is certainly true, but the groups are often struggling with a relatively high turnover and financial instability.

 

 

For example, when one well-known author of some of the most influential and impacting Cochrane reviews ever published, on flu vaccines, asked for financial support to update his reviews, he was laughed off by the chief editor. Cochrane researchers serve the central office in exchange for the Cochrane stamp and some editing services, but they should not expect any financial support from substantial and growing income of the central office. Inversely, the central office uses its resources to try to control and centralize the work of the centres into a “unified message and brand,” often in contradiction with the needs of the network.

 

The problem with this core business model, aside from squashing the essential open scientific model needed for more trusted and efficient results, is that the present Cochrane leadership ignores that many of the systematic reviews can be flawed, faulty and incomplete “products” because they are based on journal articles with pervasive publication bias that often amplifies benefits and minimizes possible harms of a medical treatment.

 

Quality” is often exaggerated by Cochrane because it is a non-brainer that most reviews of pharmaceuticals are likely to be biased or incomplete as they are based on industry sponsored publications usually without access to the original clinical data and much less data independent of industry sources. There is no point in improving the technical processes, increasing the number of publications, promoting more knowledge translation” and language translations if the overwhelming source of evidence, usually journal articles, is contaminated by bias, selective reporting, lack of trial transparency and conflicts of interest. It is noteworthy, the almost total absence of Cochrane advocacy on these issues of transparency in the EU, at the WHO and before other institutions. This silence is not a coincidence nor is it due to a lack of resources. It reflects, as declared by Cochrane´s CEO, the need of aligning any advocacy in accordance with the needs of Cochrane´s “products,” not public health needs.

 

Aside from carrying out systematic reviews, a core activity of Cochrane has been the development of methodology. Many of the key intellectual powerful forces that have led the development of these methodologies such as EQUATOR and others have distanced themselves from Cochrane due to the lack of productive dialogue with the present leadership. This exodus of top methodologists will weaken Cochrane's position as methodological leader but also affect SRs which will be seen as less trustworthy.
 

For drugs, implantables and biologics, such as vaccines, we know or suspect that trial publications are affected by reporting bias. As Tom Jefferson has stated: “The result is garbage in garbage out with a seal of approval: The Cochrane logo.” This issue is never considered by the Cochrane leadership because it threatens their publishing business model based on reviews of journal articles. Business has trumped science in Cochrane. This is a win-lose situation for decision makers.

 

The Cochrane leadership chooses to ignore in its methodology, public promotion and almost total absence of critical policy advocacy the structural problems of the “raw material” used for systematic reviews: the data/articles produced, rationed and manipulated by the pharmaceutical industry. It is no coincidence that Peter Gøtzsche and thousands of researchers around the world who support him are precisely those who have publicly pointed out these fundamental problems with our medical innovation system. Without recognizing and trying to correct these limitations and biases at every stage, Cochrane´s work loses credibility and trust. The Cochrane leadership has generally ignored civil society opinion makers and scientific leaders who have led campaigns for trial transparency, against conflicts of interest, in favour of open data and for new medical innovation models not based on patent monopolies.

 

As many observers have noted, there are generally two confronting paradigms about the future of Cochrane. One is a collaborative based on open science principles that is not afraid of publicly questioning some of the basic social, economic and scientific premises of our current medical research model dominated by big pharma and the other is a much more centralized, functionalist, conformist and conservative approach that prioritizes the current scientific publishing model that precludes any important distancing from pharmaceutical industry interests. In the end it is a question of moral choice.

 

 

David Hammerstein

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11 janvier 2019 5 11 /01 /janvier /2019 21:44
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21 novembre 2018 3 21 /11 /novembre /2018 16:11

George Monbiot
20 noviembre The Guardian

 


¿Cuál de estos nombrarías como el problema ambiental más apremiante del mundo? ¿Colapso climático, contaminación del aire, pérdida de agua, residuos plásticos o expansión urbana? Mi respuesta es ninguna de las anteriores. Casi increíblemente, creo que la ruptura del clima ocupa el tercer lugar, detrás de dos problemas que reciben solo una fracción de la atención.

Advertencia de 'Armageddon ecológico' después de la caída espectacular en el número de insectos. Esto no es menospreciar el peligro del calentamiento global, por el contrario, presenta representa una amenaza existencial. Es simplemente que me he dado cuenta de que otros dos problemas tienen impactos tan enormes e inmediatos que empujan incluso este gran problema al tercer lugar. Uno es la pesca industrial, que en todo el planeta azul está causando un colapso ecológico sistémico. La otra es la eliminación de la vida no humana de la tierra por la agricultura.
Y tal vez no solo la vida no humana.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, a las tasas actuales de pérdida de suelo, impulsadas principalmente por prácticas agrícolas deficientes, solo nos quedan 60 años de cosechas. Y esto es antes de que el informe Global Land Outlook, publicado en septiembre, descubriera que la productividad ya está disminuyendo en el 20% de las tierras de cultivo del mundo.


El impacto en la vida silvestre de los cambios en las prácticas agrícolas (y la expansión de las áreas cultivadas) es tan rápido y grave que es difícil hacer que nuestra mente se dé cuenta de lo que está sucediendo. Un estudio publicado esta semana en la revista Plos One revela que los insectos voladores estudiados en las reservas naturales en Alemania han disminuido en un 76% en 27 años. La causa más probable de este Insectageddon es que la tierra que rodea esas reservas se ha vuelto hostil para ellos: el volumen de pesticidas y la destrucción del hábitat han convertido las tierras de cultivo en un desierto de vida silvestre.

Resulta importante el que confiemos en un estudio en Alemania para ver qué aquello que es probable que esté sucediendo en todo el mundo, puesto que las investigaciones a largo plazo de este tipo simplemente no existen en ningún otro lugar. Este fracaso refleja prioridades distorsionadas en la financiación de las ciencias. Aunque las becas concedidas a la investigación no tienen la finalidad de cómo matar insectos lo cierto es que casi no hay dinero para descubrir cuáles podrían ser los impactos de esta matanza. Sin embrago, este trabajo investigador se ha dejado, como en el caso alemán, a grabaciones de naturalistas aficionados.

Pero cualquiera de mi generación (es decir, en la segunda floración de la juventud) puede ver y sentir el cambio. Recordamos la "tormenta de nieve polilla" que llenaba los faros de los autos de nuestros padres en las noches de verano (recordados en el encantador libro de ese nombre de Michael McCarthy). Cada año recolectaba docenas de especies de orugas y las veía crecer, criar y criar. Este año traté de encontrar algunas orugas para que mis hijos las criaran. Pasé todo el verano buscando y, aparte de las coles en nuestras plantas de brócoli, no encontré nada en la naturaleza, solo una larva de tigre de jardín. Sí, una oruga en un año. Apenas podía creer lo que estaba viendo o, mejor dicho, apenas no lo veía.

Los insectos, por supuesto, son críticos para la supervivencia del resto del mundo viviente. Sabiendo lo que ahora sabemos, no hay nada sorprendente en la calamitosa decadencia de las aves que comen insectos. Esos insectos voladores, no solo las abejas y las moscas flotantes, sino especies de muchas familias diferentes, son los polinizadores sin los cuales no puede sobrevivir una vasta extensión del reino vegetal, tanto silvestres como cultivadas. Las maravillas del planeta vivo se desvanecen ante nuestros ojos.

Bueno, oigo decir, tenemos que alimentar al mundo. Sí, pero no de esta manera. Como explicó un informe de la ONU publicado en marzo, la noción de que el uso de pesticidas es esencial para alimentar a una población en crecimiento es un mito. Un estudio reciente en Nature Plants revela que la mayoría de las granjas aumentarían la producción si cortaran el uso de pesticidas. Un estudio en la revista Arthropod-Plant Interactions muestra que cuanto más pesticidas neonicotinoides se usaron para tratar los cultivos de colza, más disminuye su rendimiento. ¿Por qué? Porque los pesticidas dañan o matan a los polinizadores de los que depende el cultivo.

Los agricultores y los gobiernos han sido ampliamente engañados por la industria global de pesticidas. Estas se han asegurado de que sus productos no sean regulados adecuadamente o incluso, en condiciones reales, evaluados.  Un ataque masivo a los medios de comunicación por parte de esta industria nos ha engañado a todos sobre su utilidad y su impacto en la salud de los seres humanos y del mundo natural.

Los beneficios de estas empresas dependen del ecocidio. ¿Les vamos a permitir que saqueen el mundo o reconocemos que la supervivencia del mundo viviente es más importante que el retorno de beneficios a sus accionistas? Por el momento, el valor del accionista es lo primero, que no contará nada cuando hayamos perdido los sistemas vivos de los que depende nuestra supervivencia.

 

Adiós - y buen viaje - a la ganadería


Para salvarnos a nosotros mismos y al resto del mundo viviente, esto es lo que debemos hacer:

1 Necesitamos un tratado global para regular los pesticidas y devolver a los fabricantes a su casa.

2 Necesitamos evaluaciones de impacto ambiental para las industrias agrícolas y pesqueras. Es asombroso que, si bien estos sectores representan las mayores amenazas para el mundo vivo, son únicos en muchos estados y no están sujetos a tal supervisión.

3 Necesitamos reglas firmes basadas en los resultados de estas evaluaciones, obligando a aquellos que usan la tierra a proteger y restaurar los ecosistemas de los que todos dependemos.

4 Necesitamos reducir la cantidad de tierra utilizada por la agricultura, mientras se sostiene la producción de alimentos. La forma más obvia es en gran medida reducir nuestro uso del ganado: muchos de los cultivos y todas las tierras de pastoreo que utilizamos se despliegan para alimentar la ganadería. Un estudio en Gran Bretaña sugiere que, si dejamos de usar productos de origen animal, todos en Gran Bretaña podrían ser alimentados con solo 3 millones de nuestras 18.5m de hectáreas de tierras de cultivo actuales (o con 7m de hectáreas si toda nuestra agricultura fuera orgánica). Esto nos permitiría crear enormes refugios para la vida silvestre y el suelo: una inversión contra un futuro aterrador.

5 Debemos dejar de cultivar maíz destinado a producir biogás y combustible para automóviles, la tierra debería cultivar alimentos para las personas.

 

 

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15 novembre 2018 4 15 /11 /novembre /2018 10:10

por George Monbiot

 

 

Fue un momento del tipo que cambia vidas. En una conferencia de prensa celebrada por los activistas del clima Extinción Rebelión la semana pasada, dos de los periodistas presionamos a los organizadores sobre si sus objetivos eran realistas. Pidieron, por ejemplo, que las emisiones de carbono del Reino Unido se reduzcan a cero neto para 2025. ¿No sería mejor, preguntamos, perseguir algunos objetivos intermedios más realistas?

Una joven llamada Lizia Woolf dio un paso adelante. Ella no había hablado antes, pero la pasión, el dolor y la furia de su respuesta fueron absolutamente convincentes. “¿Qué es lo que me pides a los 20 años de edad para enfrentar y aceptar sobre mi futuro y mi vida? … Ésto es una emergencia. Estamos ante la extinción. Cuando haces preguntas como esas, ¿qué es lo que quieres que sienta? " No tuvimos respuesta.

Los objetivos más blandos pueden ser políticamente realistas, pero son físicamente poco realistas. Solo los cambios proporcionales a la escala de nuestras crisis existenciales tienen alguna posibilidad de evitarlos. Precisamente el realismo sin esperanzas, la atención a detalles marginales del problema es lo que nos metieron en este lío. Más de lo mismo no nos va a sacar de ello.

Las figuras públicas hablan y actúan como si el cambio ambiental fuera lineal y gradual. Pero los sistemas de la Tierra son muy complejos, y los sistemas complejos no responden a la presión de manera lineal. Cuando estos sistemas interactúan (debido a que la atmósfera, los océanos, la superficie terrestre y las formas de vida del mundo no se sientan plácidamente dentro de las cajas que hacen que el estudio sea más conveniente), sus reacciones al cambio se vuelven altamente impredecibles. Pequeñas perturbaciones pueden ramificar salvajemente. Es probable que los puntos de inflexión permanezcan invisibles hasta que los hayamos superado. Podríamos ver cambios de estado tan bruscos y profundos que no se puede asumir una continuidad segura.
 

Solo uno de los muchos sistemas de soporte vital de los que dependemos (suelos, acuíferos, precipitaciones, hielo, patrones de vientos y corrientes, polinizadores, abundancia y diversidad biológica) debe fallar para que todo resbale. Por ejemplo, cuando el hielo marino del Ártico se derrite más allá de un cierto punto, la retroalimentación positiva que esto provoca (como el agua más oscura que absorbe más calor, el permafrost que se derrite y el metano, los cambios en el vórtice polar) podría hacer imparable la degradación del clima. Cuando el período de las Dryas más jóvenes terminó hace 11,600 años, las temperaturas aumentaron 10 ° C dentro de una década.

No creo que tal colapso sea inevitable, o que una respuesta proporcional sea técnica o económicamente imposible. Cuando Estados Unidos se unió a la segunda guerra mundial en 1941, reemplazó una economía civil con una economía militar en unos meses. Como lo registra Jack Doyle en su libro Taken for Ride, "En un año, General Motors desarrolló, armó y construyó completamente desde cero 1,000 Avenger y 1,000 aviones Wildcat ... Apenas un año después de que Pontiac recibiera un contrato de la marina para construir misiles antiaéreos. la compañía comenzó a entregar el producto completo a los escuadrones de transportistas de todo el mundo ”. Y esto fue antes de que la tecnología de información avanzada hiciera todo más rápido.

El problema es político. Un fascinante análisis del profesor de ciencias sociales Kevin MacKay sostiene que la oligarquía ha sido una causa más fundamental del colapso de las civilizaciones que la complejidad social o la demanda de energía. El control de los oligarcas, argumenta, frustra la toma racional de decisiones, porque los intereses a corto plazo de la elite son radicalmente diferentes a los intereses a largo plazo de la sociedad. Esto explica por qué las civilizaciones pasadas se han derrumbado "a pesar de poseer los conocimientos culturales y tecnológicos necesarios para resolver sus crisis". Las élites económicas, que se benefician de la disfunción social, bloquean las soluciones necesarias.


El control oligárquico de la riqueza, la política, los medios de comunicación y el discurso público explica el fracaso institucional integral que nos empuja ahora hacia el desastre. Piense en Donald Trump y su gabinete de multimillonarios ; la influencia de los hermanos Koch en la financiación de organizaciones de derecha; el imperio Murdoch y su contribución masiva a la negación de la ciencia del clima ; o las compañías petroleras y automotrices cuyo cabildeo impide un cambio más rápido a las nuevas tecnologías.

No solo los gobiernos no han respondido sino han fracasado espectacularmente. Los organismos de prensa han cerrado sistemáticamente la cobertura ambiental , al tiempo que permiten a los cabilderos financiados con fondos opacos que se hacen pasar por thinktanks de para moldear el discurso público y negar lo que enfrentamos. Los académicos, temerosos de molestar a sus fundadores y colegas, se han mordido los labios.

Incluso los organismos que afirman estar abordando nuestro problema siguen encerrados en marcos destructivos. El miércoles pasado asistí a una reunión sobre el deterioro ambiental en el Instituto de Investigación de Políticas Públicas. Muchas personas en la sala parecían entender que el crecimiento económico continuo es incompatible con el mantenimiento de los sistemas de la Tierra.


Como el autor Jason Hickel señala , un desacoplamiento del aumento del PIB del uso de los recursos globales no ha ocurrido y no ocurrirá. Si bien 50.000 millones de toneladas de recursos utilizados al año es aproximadamente el límite que pueden tolerar los sistemas de la Tierra, el mundo ya consume 70.000 millones de toneladas. A las tasas actuales de crecimiento económico, esto aumentará a 180 mil millones de toneladas para 2050 . La máxima eficiencia de los recursos, junto con los impuestos masivos al carbono, reducirían esto en el mejor de los casos a 95 mil millones de toneladas : aún más allá de los límites ambientales. El crecimiento verde, como parecen aceptar los miembros del instituto, es físicamente imposible.

Sin embargo, el mismo día, el mismo instituto anunció un importante premio de economía nueva. por "propuestas ambiciosas para lograr una mejora en la tasa de crecimiento". Quiere ideas que permitan que las tasas de crecimiento económico en el Reino Unido se dupliquen, al menos. El anuncio estuvo acompañado por la habitual palabrería sobre sostenibilidad, pero ninguno de los jueces del premio tiene un historial discernible de interés ambiental. Aquellos buscan soluciones como si nada hubiera cambiado. Como si la evidencia acumulada no tuviera ningun lugar en sus mentes. Décadas de errores institucionales aseguran que solo las propuestas "no realistas", la transformación de la vida económica, con efecto inmediato, tengan ahora una posibilidad realista de detener la espiral planetaria de la muerte. Y solo aquellos que están fuera de las instituciones fallidas pueden liderar este esfuerzo.

Se deben realizar dos tareas simultáneamente: lanzarnos a la posibilidad de evitar el colapso, como lo está haciendo grupos como la Extinción Rebelión, ya que pueda surgir esta posibilidad; y prepararnos para el probable fracaso de estos esfuerzos, por aterradora que sea esta perspectiva. Ambas tareas requieren una revisión completa de nuestra relación con el planeta vivo.

Debido a que no podemos salvarnos sin cuestionar el control oligárquico, la lucha por la democracia y la justicia y la lucha contra la ruptura del medio ambiente son lo mismo . No permitamos que quienes han causado esta crisis definan los límites de la acción política. No dejemos que aquellos cuyo pensamiento mágico del crecimiento nos haya metido en este lío nos diga qué se puede y no se puede hacer.

 

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11 novembre 2018 7 11 /11 /novembre /2018 19:48
El silencio de las abejas y los agrotóxicos

Para la gran mayoría de las personas los insectos son plagas.  Es muy chocante que ignoramos su imprescindible importancia para la vida. Según el gran biólogo E.O. Wilson: “Los insectos son las pequeñas cosas que gobiernan el mundo. Si toda la humanidad desapareciera, el mundo se regeneraría y volvería al estado de equilibrio que existía hace 10.000 años. Sin embargo, si los insectos desvanecen, el medio ambiente colapsaría”. Ahora mismo estamos en medio del desvanecimiento de los insectos y el silencio atronador de las abejas es solo uno de los indicadores fatídicos más evidentes.

Según unos grandes estudios científicos de campo llevados a cabo en Alemania y en Francia la mayoría de las poblaciones de insectos voladores están cayendo en picado. Podemos comprobar la evidencia anecdótica en la relativa limpieza de los parabrisas de los coches que viajan por la noche, que hace 20, 30 o 40 años acumulaban una gran cantidad de insectos que quedaban pegados al cristal. A consecuencia de este silencioso holocausto de insectos centenares de millones de pájaros se mueren por carecer de alimento. En muy pocas décadas se está rompiendo fatalmente los delicados y sensibles equilibrios de unas cadenas tróficas moldeadas a largo de decenas de miles de años.

 

Parte del altísimo precio ambiental de los alimentos que comemos cada día nos hace partícipes de una cruenta y macabra guerra química preventiva en contra de “las pequeñas cosas que gobiernan el mundo”. Con un sinfín de pesticidas y herbicidas la agricultura industrial está organizando una masiva guerra preventiva, que ni es selectiva ni precisa ni circunscrita a un espacio concreto. Las armas de destrucción masiva son unos pesticidas muy potentes que se usan de manera profiláctica, es decir son inespecíficos “por si acaso, matamos todo”. No se aplican directamente a las plagas sino a todo el campo, tampoco se utilizan después de constatar una plaga sino antes. Incluso se aplican estos agrotóxicos a las semillas antes de ser plantadas. El daño colateral es la muerte de un complejo entramado de insectos que son esenciales para el sustento de la vida.

 

El tipo de pesticidas que están matando a las abejas son denominados “neonicotinoides”, que actúan afectando al sistema nervioso central de los insectos. Se tratan de formulaciones químicas muy sofisticadas que también se aplican a la semilla y penetran en la planta durante su crecimiento extendiéndose por la raíz, el tallo y las hojas. Poseen un efecto residual largo en el tiempo, es decir su impacto es duradero y acumulativo. Estas semillas y las fumigaciones no solo matan, desorientan y enferman a las abejas productoras de miel sino también dañan a una multitud de abejas y avispas silvestres que son claves en la labor de polinización de las plantas de los bosques, las riberas de ríos, los prados y las zonas húmedas. Constituyen, junto a otros insectos voladores, unos eslabones imprescindibles para la reproducción de la vida.

 

En Europa alrededor de 37% de las poblaciones de abejas productoras de miel están en declive y en general el 40% de los polinizadores silvestres se enfrentan a la extinción. El 75% de los alimentos que comemos depende de su polinización. Todo esto sucede con la sinergia compleja de los estragos del cambio climático, la gran pérdida de hábitats naturales y los efectos sinérgicos de contaminantes de todo tipo.

La Unión Europea ha prohibido tres de los pesticidas (el “tiametoxam”, hecho por Syngenta, y la “clotianidina” y el “imidacloprid”, fabricados por Bayer) que matan a las abejas, aunque según muchos estudios puede ser solo la punta del iceberg. Esta prohibición de la UE es una acción excepcional, es la excepción que confirma la regla contraria. La triste realidad es que ni nuestra salud ni la naturaleza están siendo protegidas adecuadamente por las autoridades europeas y estatales. Se han autorizado centenares de pesticidas y herbicidas en la UE con bastante facilidad y sin mínimas garantías en sus efectos en riesgos y daños, siempre basándose en estudios muy sesgados y nada transparentes hechos por las mismas industrias que los fabrican. La UE no tiene la capacidad ni medios para acometer estudios propios e independientes. Además, en muchos casos los mismos reguladores y los mismos políticos están contaminados por los conflictos de interés de las “puertas giratorias” y los lobbies feroces de la industria química y de agro-tóxicos. Un ejemplo sangrante lo tenemos cerca de casa: la última Ministra de Medio Ambiente y Agricultura en los gobiernos de Rajoy era una exdirectiva de la empresa agroquímica Fertiberia.

Nosotros mismos somos las cobayas en un gran experimento agroquímico y dar la marcha atrás en lo posible es urgente. De hecho, en el 2017 se vendió en España más pesticidas que nunca.

Los pequeños agricultores también están entre la espada y la pared. Se enfrentan a una competencia feroz de todo el mundo que suele utilizar métodos aún más tóxicos que los de aquí con aún menos control. También sufren de una drogo-dependencia de la productividad agrícola  de la industria química, que crea un círculo vicioso del cual es muy difícil de salir sin mucho apoyo de los consumidores y las administraciones públicas a favor de un cambio radical del modelo agrícola. Para salir del actual atolladero tóxico es imprescindible que la ciudadanía entienda que no existen alimentos “buenos, bonitos y baratos” y que la mayoría social de este país tiene que estar dispuesta a pagar más para unos productos agrícolas mucho más compatibles con la salud ambiental y el sustento digno de los agricultores.

Las soluciones son múltiples pero principalmente políticas. Dada la grave situación actual el necesario cambio cultural y del consumo seria demasiado lento sin unas iniciativas políticas de envergadura. Hace falta una acción reguladora contundente con muchas más prohibiciones de pesticidas y herbicidas. Han de aumentar las ayudas públicas a la agricultura ecológica local y periurbana con controles más estrictos de las importaciones agrícolas. Hay que potenciar también el control biológico de plagas tanto sobre las cosechas como con medidas radicales para la conservación de los hábitats de los insectos y aves. Necesitamos además regulaciones e importantes inversiones institucionales en una ciencia agrícola y ambiental pública e independiente de los conflictos de interés industriales. Otro reto es poner coto al poder de los lobbies agrotóxicos mediante unas nuevas leyes de transparencia y conflictos de interés de nuestras autoridades.

 

Estos son unos imperativos realistas a favor de la preservación de nuestra existencia en un planeta habitable y biodiverso donde se pueda vivir dignamente.
 
DAVID HAMMERSTEIN

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8 septembre 2018 6 08 /09 /septembre /2018 17:17

EL PROBLEMA CENTRAL NO ES EL CAMBIO CLIMÁTICO

SINO NUESTRA ADICCIÓN AL CRECIMIENTO

Tecnología, moralidad y negación de los límites planetarios

Richard Heinberg

Nuestro problema ecológico central no es el cambio climático sino nuestra adicción mental y material al crecimiento. El problema central actual en nuestras interacciones naturo-sociales es el exceso o la sobrecarga, de ello el calentamiento climático global es solo un síntoma y consecuencia. La translimitación por exceso de presión humana o de carga sobre una capacidad de carga ambiental determinada y decadente es un problema sistémico. En el último siglo y medio, enormes cantidades de energía barata proveniente de combustibles fósiles permitieron el rápido crecimiento de la extracción de recursos, la fabricación y el consumo; y esto, a su vez, condujo a las oportunidades de aumento de la población humana en la Tierra, la contaminación y la pérdida de hábitats naturales y, por lo tanto, de la biodiversidad. El sistema humano se expandió dramáticamente, sobrepasando la capacidad de carga a largo plazo de la Tierra mientras a la vez se alteraban los sistemas ecológicos de los que inevitablemente dependemos para nuestra supervivencia.

 

 

Hasta que no comprendamos y abordemos este desequilibrio sistémico entre carga humana y capacidad de carga de los sistemas naturales del planeta, el tratamiento solo sintomático, sectorial y de “final de tubería” (haciendo lo que podamos para revertir los atolladeros de contaminación como por ejemplo es el cambio climático, el querer salvar algunas especies amenazadas o querer alimentar a una creciente población humana con cultivos genéticamente modificados) constituirá una ronda interminable y frustrante de medidas provisionales e ineficaces. Unas “soluciones” que finalmente están destinadas a fallar dilapidando con ello oportunidades, traspasando líneas rojas de no retorno y reduciendo nuestras opciones y posibilidades de futuro y bienestar conjunto.

El movimiento ecologista en la década de 1970 se benefició de una fuerte infusión de pensamiento sistémico, que estaba en boga en ese momento histórico (el conocimiento científico aportado desde la ecología -el estudio de las relaciones entre organismos y sus entornos- es inherentemente sistémico, en oposición a estudios como son la química que se centran en la reducción de fenómenos complejos a sus componentes). Como resultado, muchos de los mejores escritores ambientales de la época enmarcaron la situación humana moderna en unos términos que revelaron los profundos vínculos estructurales entre los síntomas ambientales y la forma en que funcionan las sociedades humanas. En el estudio "Límites al crecimiento" (1972), que es una consecuencia de la investigación de sistemas de Jay Forrester, se investigaron las interacciones entre el crecimiento de la población, la producción industrial, la producción de alimentos, el agotamiento de los recursos y la contaminación. En "Rebasados" (“Overshoot" 1982), de William Catton, se identifica nuestro problema sistémico y se describe sus orígenes y desarrollo en un estilo que cualquier persona alfabetizada podría comprender. Se podrían citar muchos más libros excelentes de la época que también aportaron esta perspectiva sistémica.

 

Sin embargo, en las últimas décadas, a medida que el cambio climático ha llegado a dominar las preocupaciones ambientales, ha habido un cambio significativo en la discusión y el debate. Hoy en día, la mayoría de los informes ambientales se centran en el cambio climático, y rara vez se destacan los vínculos sistémicos y estructurales entre este y otros problemas ecológicos (como la superpoblación, la extinción de especies, la contaminación del agua y del aire y la pérdida de suelo y agua dulce). No es que el cambio climático no sea un gran problema, sí lo es, pero como síntoma de otros procesos sociales causantes del mismo. Nunca ha habido nada parecido en nuestra historia humana como es la temible amenaza ecológica a la supervivencia y el mismo futuro, y los científicos del clima y los grupos de defensa ambiental de la respuesta climática tienen razón al hacer sonar fuertemente la alarma colectiva. Pero si seguimos alimentando nuestra incapacidad de ver el cambio climático en el contexto y las causas humanas donde se produce puede ser nuestra perdición colectiva sin remedio posible.

 

 

¿Por qué los escritores, técnicos y divulgadores ambientales y las organizaciones de defensa ambiental sucumben a la estrecha y deformante visión de túnel? Quizás simplemente suponen que el pensamiento sistémico está más allá de la capacidad de los políticos. Ciertamente, es verdad que si los científicos del clima se acercaran a los líderes mundiales con el mensaje: "Tenemos que cambiar todo, incluido nuestro sistema económico completo, y rápido", es posible que se les cierre la puerta con rudeza. Un mensaje alternativo políticamente más aceptable y confiado es: "Hemos identificado un grave problema de contaminación, para el cual existen soluciones técnicas". Tal vez muchos de los científicos que sí reconocieron la naturaleza sistémica de nuestra crisis ecológica concluyeron que sí que podemos abordar con éxito la crisis de ruptura y no retorno ambiental, creyeron que podremos así ganar tiempo para tratar con otros problemas sistémicos que aún esperan (superpoblación humana, extinción de especies, agotamiento de recursos, y así sucesivamente).

Si el cambio climático y el resto de problemas socionaturales globales se siguen planteando de forma aislada y separada de las estructuras sociales y de nuestras estructuras mentales del crecimiento inacabable, para el cual se plantea que existe una solución tecnológica, las mentes de los economistas y de los políticos legisladores pueden continuar entonces pastando en los prados y las estrategias familiares al uso: del crecimiento y el desarrollo empujado por el mercado y el lucro económico. Esta fe y optimismo tecnológico se constituye así en una fantasiosa tabla de salvación, en este caso, con los generadores de energía solar, eólica y nuclear, así como las baterías, los automóviles eléctricos, las bombas de calor y, si incluso todo lo demás falla, la administración de la radiación solar podría hacerse a través de aerosoles atmosféricos, todo ello empuja a centrar nuestra atención en temas como la inversión financiera y la producción industrial necesarias. Entonces los participantes en la discusión no tienen que desarrollar la capacidad de pensar sistémicamente y desde su estrechez reduccionista y distorsionada están entonces condenados al no aprendizaje, a repetir y amplificar errores, ni siquiera necesitan comprender el sistema de la Tierra y cómo los sistemas humanos que encajan necesariamente en él. Todo lo que necesitan los problemas socioambientales percibidos de este modo es la perspectiva de cambiar solo algunas inversiones económicas y políticas sin afectar las políticas estructurales del desarrollo y el crecimiento, estableciendo tareas para los profesionales, técnicos y expertos, para que los ingenieros gestionen la transformación industrial-económica resultante que garantice con ello que los nuevos empleos en las industrias ecológicas compensen los empleos perdidos en las industrias, como los de las minas de carbón.

Esta estrategia de ganar tiempo con el solucionismo tecnológico “techno-fix” supone que seremos capaces de instituir un cambio sistémico en algún momento, pero desplazado al futuro, indeterminado y no especificado, aunque no podamos hacerlo ahora, el cambio y todas nuestras otras crisis sintomáticas serán susceptibles de tener soluciones tecnológicas eficaces. Este último camino de pensamiento no solo es cómodo para el campo político que abandera las políticas del crecimiento, también les viene bien a los gerentes e inversores del modelo de expansión y crecimiento sin final. Después de todo, aman la tecnología. Las tecnologías ya hacen casi todo por nosotros. Durante el siglo pasado resolvieron una serie de problemas importantes, como fueron la cura de enfermedades, la expansión de la producción de alimentos, agilizaron el transporte y nos proporcionan abundante información y entretenimiento en cantidades y variedades que nadie podría haber imaginado. ¿Por qué ahora la tecnología no debería ser capaz de resolver el cambio climático y el resto de nuestros problemas ecológicos que amenazan nuestra supervivencia y la del resto de seres vivos?

 

 

Por supuesto, este “solucionismo tecnológico” es un camino elegido es de altísimo riesgo. Al ignorar la naturaleza sistémica de nuestro dilema ecológico de suvervivencia solo puede significar que tan pronto como tengamos un síntoma acorralado, es muy probable que otro nuevo se desate y ensamble.

Pero, ¿es acaso racional que el cambio climático sea tomado como un problema aislado y totalmente tratable con la tecnología?. Después de haber pasado muchos meses analizando los datos relevantes con David Fridley del programa de análisis de energía en el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, nuestro libro resultante, Our Renewable Future, concluyó que la energía nuclear es demasiado costosa y arriesgada; mientras tanto, la energía solar y eólica sufren de intermitencias, y una vez que estas fuentes comienzan a proporcionar un gran porcentaje de energía eléctrica total se requerirá una combinación de tres estrategias a gran escala: almacenamiento de energía, capacidad de producción redundante y adaptación de la demanda. Al mismo tiempo, en las naciones industrializadas tendremos que adaptar la mayor parte de nuestro uso de energía actual (que se produce en los procesos industriales, la calefacción y el transporte) a la electricidad. En conjunto, la transición energética promete ser una empresa enorme de gran escala, sin precedentes conocidos en la historia humana en cuanto a sus requisitos de inversión económica y sustitución. A la hora de evaluar la enormidad de esta tarea, no hemos podido ver la manera de mantener la escala de las cantidades actuales de producción de energía global durante la transición, y mucho menos se puede aumentar los suministros de energía para seguir impulsando el crecimiento económico en curso. El mayor obstáculo de esta transición energética es la grandiosidad de la escala que necesita contraerse: el mundo usa una enorme cantidad de energía actualmente. Solo si esa cantidad puede reducirse significativamente, especialmente en las naciones industrializadas, podríamos imaginar una vía creíble y practicable con cierto bienestar hacia un futuro post-carbono.

 

 

La reducción de los suministros de energía del mundo reduciría efectivamente los procesos industriales de extracción de recursos, fabricación, transporte y gestión de residuos. Esa es una intervención sistémica decrecentista, exactamente del mismo tipo que la solicitada por los ecologistas de la década de 1970 que acuñaron el mantra de las Tres erres: "Reducir, reutilizar y reciclar". Llegaría al corazón del dilema ecológico de supervivencia instaurado en el sobreimpulso del desarrollo, como lo haría también la necesaria estabilización y reducción de la población humana, otra estrategia inapelable. Pero lamentablemente ocurre también que esta es una perspectiva sistémica a la que los tecnócratas, los industriales y los inversores son virulentamente alérgicos.

 

 

El argumento ecológico es, en esencia, un argumento moral, como he explicado con más detalle en un manifiesto recién publicado repleto de barras laterales y gráficos ("No hay aplicación para eso: tecnología y moralidad en la era del cambio climático, sobrepoblación, y pérdida de biodiversidad "http://noapp4that.org/). Cualquier pensador de sistemas que entienda el fenómeno del exceso y la sobrecarga comprende que los poderes políticos y económicos realizan unos tratamientos que están está participando activamente en un comportamiento adictivo. La sociedades humanas y las mentalidades de nuestra época hoy son adictas al crecimiento, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo e individual y para ello tenemos que renunciar a algo de lo que dependemos: nuestro enorme poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico, no debemos hacer todo lo que podemos hacer en nuestras relaciones socio-naturales. Eso requiere honestidad y una búsqueda profunda y orientada por principios morales y de justicia que integren nuestra hermandad humana y no humana, presente y futura, lo que significa un gran cambio en nuestros valores de orientación.

 

Cualquier pensador de sistemas que entienda la patología del exceso y a pesar de ello prescriba un mayor poder humano de intervención tecnológica como un tratamiento para resolver los problemas ecológicos, está participando efectivamente en una intervención con un comportamiento adictivo. Las sociedades humanas hoy son adictas al crecimiento indefinido de todo, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y las comunidades de seres vivos que lo habitan, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo, institucional, individual, nuestros hábitos y mentalidades conscientes e inconscientes, y renunciar a algo de lo que dependemos: poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos dejar de crecer, decrecer y contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico que repone el alcohol. Eso requiere honestidad, compromiso, responsabilidad y una búsqueda profunda. 

 

En sus primeros años, el movimiento ecologista formuló ese argumento moral y funcionó hasta cierto punto. La preocupación por el rápido crecimiento de la población llevó a los esfuerzos de planificación familiar en todo el mundo. La preocupación por la disminución de la biodiversidad condujo a la protección de algunos hábitats naturales. La preocupación por la contaminación del aire y el agua dio lugar a una serie de regulaciones y normativas legales restrictivas. Estos esfuerzos no fueron suficientes, pero mostraron que enmarcar nuestro problema sistémico en términos morales podría obtener al menos algo de tracción y empuje para los cambios.

 

 

¿Por qué el movimiento ecologista no ha tenido éxito? Algunos teóricos que ahora se autodenominan "verdes brillantes" o "eco-modernistas" han abandonado por completo la lucha moral. Su justificación para hacerlo es que la gente quiere una visión del futuro que sea alegre y que no requiera sacrificios. Ahora, dicen, solo una solución basada en la fe y la magia tecnológica ofrece alguna esperanza. El punto esencial de este ensayo es simplemente que, incluso si el argumento moral falla, un arreglo técnico tampoco podría funcionar y está condenado al fracaso rotundo. Una gigantesca inversión en determinadas tecnologías (ya sea la energía nuclear de próxima generación o ya sea la geoingeniería de la radiación solar) se puede anunciar como nuestra última esperanza, pero en realidad no es ninguna esperanza en absoluto y nos hará avanzar en la caída cuesta debajo de todo tipo de males.

La razón del fracaso hasta ahora del movimiento ecologista no fue que apelara a los sentimientos morales de la humanidad; de hecho esto ha sido una gran fuente de fuerza del movimiento. El esfuerzo no ha sido suficiente porque no ha podido ser capaz de alterar el principio organizativo central de las sociedades industriales, que es también su defecto fatal y suicida: su perseverancia en el crecimiento a toda costa. Ahora estamos en el punto histórico donde finalmente debemos apostar por tener éxito en la superación del crecimiento o enfrentar el temible fracaso, ya no solo del movimiento ambiental, sino de la civilización industrial misma.

 

 

La buena noticia es que los necesarios y urgentes cambios sistémicos son de naturaleza fractal: implican y de hecho requieren, acciones en todos los niveles de las sociedades humanas. Podemos comenzar con nuestras propias elecciones y comportamientos individuales; podemos trabajar dentro de nuestros grupos y entornos de influencia, en nuestras comunidades. No necesitamos esperar un cambio catártico global o nacional. Incluso si nuestros esfuerzos no pueden "salvar" la civilización industrial consumista, aún podrían tener cierto éxito en plantar las semillas de una cultura humana regenerativa digna para la supervivencia.

Hay más buenas noticias: una vez que los humanos eligen restringir nuestros números totales, nuestras tasas de consumo de recursos naturales cada vez más escasos y enfermos, la tecnología puede ser parte de nuestros esfuerzos. Las máquinas pueden ayudarnos a monitorear los avances y retrocesos, y existen tecnologías relativamente simples que pueden brindar servicios necesarios con menos uso de energía y materiales, con menos daño ambiental. Algunas formas de estas tecnologías podrían incluso ayudarnos a limpiar la atmósfera y restaurar ecosistemas. Pero esto no quiere decir que las máquinas serán las que tomarán las decisiones clave guiadas por valores extra-tecnológicos que nos pondrán en el camino de la sostenibilidad. El cambio sistémico ha de estar guiado e impulsado por el despertar moral: no es solo nuestra última esperanza; es la única esperanza real que tenemos.

 

 


 

 

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