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Los Verdes

8 septembre 2018 6 08 /09 /septembre /2018 17:17

EL PROBLEMA CENTRAL NO ES EL CAMBIO CLIMÁTICO

SINO NUESTRA ADICCIÓN AL CRECIMIENTO

Tecnología, moralidad y negación de los límites planetarios

Richard Heinberg

Nuestro problema ecológico central no es el cambio climático sino nuestra adicción mental y material al crecimiento. El problema central actual en nuestras interacciones naturo-sociales es el exceso o la sobrecarga, de ello el calentamiento climático global es solo un síntoma y consecuencia. La translimitación por exceso de presión humana o de carga sobre una capacidad de carga ambiental determinada y decadente es un problema sistémico. En el último siglo y medio, enormes cantidades de energía barata proveniente de combustibles fósiles permitieron el rápido crecimiento de la extracción de recursos, la fabricación y el consumo; y esto, a su vez, condujo a las oportunidades de aumento de la población humana en la Tierra, la contaminación y la pérdida de hábitats naturales y, por lo tanto, de la biodiversidad. El sistema humano se expandió dramáticamente, sobrepasando la capacidad de carga a largo plazo de la Tierra mientras a la vez se alteraban los sistemas ecológicos de los que inevitablemente dependemos para nuestra supervivencia.

 

 

Hasta que no comprendamos y abordemos este desequilibrio sistémico entre carga humana y capacidad de carga de los sistemas naturales del planeta, el tratamiento solo sintomático, sectorial y de “final de tubería” (haciendo lo que podamos para revertir los atolladeros de contaminación como por ejemplo es el cambio climático, el querer salvar algunas especies amenazadas o querer alimentar a una creciente población humana con cultivos genéticamente modificados) constituirá una ronda interminable y frustrante de medidas provisionales e ineficaces. Unas “soluciones” que finalmente están destinadas a fallar dilapidando con ello oportunidades, traspasando líneas rojas de no retorno y reduciendo nuestras opciones y posibilidades de futuro y bienestar conjunto.

El movimiento ecologista en la década de 1970 se benefició de una fuerte infusión de pensamiento sistémico, que estaba en boga en ese momento histórico (el conocimiento científico aportado desde la ecología -el estudio de las relaciones entre organismos y sus entornos- es inherentemente sistémico, en oposición a estudios como son la química que se centran en la reducción de fenómenos complejos a sus componentes). Como resultado, muchos de los mejores escritores ambientales de la época enmarcaron la situación humana moderna en unos términos que revelaron los profundos vínculos estructurales entre los síntomas ambientales y la forma en que funcionan las sociedades humanas. En el estudio "Límites al crecimiento" (1972), que es una consecuencia de la investigación de sistemas de Jay Forrester, se investigaron las interacciones entre el crecimiento de la población, la producción industrial, la producción de alimentos, el agotamiento de los recursos y la contaminación. En "Rebasados" (“Overshoot" 1982), de William Catton, se identifica nuestro problema sistémico y se describe sus orígenes y desarrollo en un estilo que cualquier persona alfabetizada podría comprender. Se podrían citar muchos más libros excelentes de la época que también aportaron esta perspectiva sistémica.

 

Sin embargo, en las últimas décadas, a medida que el cambio climático ha llegado a dominar las preocupaciones ambientales, ha habido un cambio significativo en la discusión y el debate. Hoy en día, la mayoría de los informes ambientales se centran en el cambio climático, y rara vez se destacan los vínculos sistémicos y estructurales entre este y otros problemas ecológicos (como la superpoblación, la extinción de especies, la contaminación del agua y del aire y la pérdida de suelo y agua dulce). No es que el cambio climático no sea un gran problema, sí lo es, pero como síntoma de otros procesos sociales causantes del mismo. Nunca ha habido nada parecido en nuestra historia humana como es la temible amenaza ecológica a la supervivencia y el mismo futuro, y los científicos del clima y los grupos de defensa ambiental de la respuesta climática tienen razón al hacer sonar fuertemente la alarma colectiva. Pero si seguimos alimentando nuestra incapacidad de ver el cambio climático en el contexto y las causas humanas donde se produce puede ser nuestra perdición colectiva sin remedio posible.

 

 

¿Por qué los escritores, técnicos y divulgadores ambientales y las organizaciones de defensa ambiental sucumben a la estrecha y deformante visión de túnel? Quizás simplemente suponen que el pensamiento sistémico está más allá de la capacidad de los políticos. Ciertamente, es verdad que si los científicos del clima se acercaran a los líderes mundiales con el mensaje: "Tenemos que cambiar todo, incluido nuestro sistema económico completo, y rápido", es posible que se les cierre la puerta con rudeza. Un mensaje alternativo políticamente más aceptable y confiado es: "Hemos identificado un grave problema de contaminación, para el cual existen soluciones técnicas". Tal vez muchos de los científicos que sí reconocieron la naturaleza sistémica de nuestra crisis ecológica concluyeron que sí que podemos abordar con éxito la crisis de ruptura y no retorno ambiental, creyeron que podremos así ganar tiempo para tratar con otros problemas sistémicos que aún esperan (superpoblación humana, extinción de especies, agotamiento de recursos, y así sucesivamente).

Si el cambio climático y el resto de problemas socionaturales globales se siguen planteando de forma aislada y separada de las estructuras sociales y de nuestras estructuras mentales del crecimiento inacabable, para el cual se plantea que existe una solución tecnológica, las mentes de los economistas y de los políticos legisladores pueden continuar entonces pastando en los prados y las estrategias familiares al uso: del crecimiento y el desarrollo empujado por el mercado y el lucro económico. Esta fe y optimismo tecnológico se constituye así en una fantasiosa tabla de salvación, en este caso, con los generadores de energía solar, eólica y nuclear, así como las baterías, los automóviles eléctricos, las bombas de calor y, si incluso todo lo demás falla, la administración de la radiación solar podría hacerse a través de aerosoles atmosféricos, todo ello empuja a centrar nuestra atención en temas como la inversión financiera y la producción industrial necesarias. Entonces los participantes en la discusión no tienen que desarrollar la capacidad de pensar sistémicamente y desde su estrechez reduccionista y distorsionada están entonces condenados al no aprendizaje, a repetir y amplificar errores, ni siquiera necesitan comprender el sistema de la Tierra y cómo los sistemas humanos que encajan necesariamente en él. Todo lo que necesitan los problemas socioambientales percibidos de este modo es la perspectiva de cambiar solo algunas inversiones económicas y políticas sin afectar las políticas estructurales del desarrollo y el crecimiento, estableciendo tareas para los profesionales, técnicos y expertos, para que los ingenieros gestionen la transformación industrial-económica resultante que garantice con ello que los nuevos empleos en las industrias ecológicas compensen los empleos perdidos en las industrias, como los de las minas de carbón.

Esta estrategia de ganar tiempo con el solucionismo tecnológico “techno-fix” supone que seremos capaces de instituir un cambio sistémico en algún momento, pero desplazado al futuro, indeterminado y no especificado, aunque no podamos hacerlo ahora, el cambio y todas nuestras otras crisis sintomáticas serán susceptibles de tener soluciones tecnológicas eficaces. Este último camino de pensamiento no solo es cómodo para el campo político que abandera las políticas del crecimiento, también les viene bien a los gerentes e inversores del modelo de expansión y crecimiento sin final. Después de todo, aman la tecnología. Las tecnologías ya hacen casi todo por nosotros. Durante el siglo pasado resolvieron una serie de problemas importantes, como fueron la cura de enfermedades, la expansión de la producción de alimentos, agilizaron el transporte y nos proporcionan abundante información y entretenimiento en cantidades y variedades que nadie podría haber imaginado. ¿Por qué ahora la tecnología no debería ser capaz de resolver el cambio climático y el resto de nuestros problemas ecológicos que amenazan nuestra supervivencia y la del resto de seres vivos?

 

 

Por supuesto, este “solucionismo tecnológico” es un camino elegido es de altísimo riesgo. Al ignorar la naturaleza sistémica de nuestro dilema ecológico de suvervivencia solo puede significar que tan pronto como tengamos un síntoma acorralado, es muy probable que otro nuevo se desate y ensamble.

Pero, ¿es acaso racional que el cambio climático sea tomado como un problema aislado y totalmente tratable con la tecnología?. Después de haber pasado muchos meses analizando los datos relevantes con David Fridley del programa de análisis de energía en el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, nuestro libro resultante, Our Renewable Future, concluyó que la energía nuclear es demasiado costosa y arriesgada; mientras tanto, la energía solar y eólica sufren de intermitencias, y una vez que estas fuentes comienzan a proporcionar un gran porcentaje de energía eléctrica total se requerirá una combinación de tres estrategias a gran escala: almacenamiento de energía, capacidad de producción redundante y adaptación de la demanda. Al mismo tiempo, en las naciones industrializadas tendremos que adaptar la mayor parte de nuestro uso de energía actual (que se produce en los procesos industriales, la calefacción y el transporte) a la electricidad. En conjunto, la transición energética promete ser una empresa enorme de gran escala, sin precedentes conocidos en la historia humana en cuanto a sus requisitos de inversión económica y sustitución. A la hora de evaluar la enormidad de esta tarea, no hemos podido ver la manera de mantener la escala de las cantidades actuales de producción de energía global durante la transición, y mucho menos se puede aumentar los suministros de energía para seguir impulsando el crecimiento económico en curso. El mayor obstáculo de esta transición energética es la grandiosidad de la escala que necesita contraerse: el mundo usa una enorme cantidad de energía actualmente. Solo si esa cantidad puede reducirse significativamente, especialmente en las naciones industrializadas, podríamos imaginar una vía creíble y practicable con cierto bienestar hacia un futuro post-carbono.

 

 

La reducción de los suministros de energía del mundo reduciría efectivamente los procesos industriales de extracción de recursos, fabricación, transporte y gestión de residuos. Esa es una intervención sistémica decrecentista, exactamente del mismo tipo que la solicitada por los ecologistas de la década de 1970 que acuñaron el mantra de las Tres erres: "Reducir, reutilizar y reciclar". Llegaría al corazón del dilema ecológico de supervivencia instaurado en el sobreimpulso del desarrollo, como lo haría también la necesaria estabilización y reducción de la población humana, otra estrategia inapelable. Pero lamentablemente ocurre también que esta es una perspectiva sistémica a la que los tecnócratas, los industriales y los inversores son virulentamente alérgicos.

 

 

El argumento ecológico es, en esencia, un argumento moral, como he explicado con más detalle en un manifiesto recién publicado repleto de barras laterales y gráficos ("No hay aplicación para eso: tecnología y moralidad en la era del cambio climático, sobrepoblación, y pérdida de biodiversidad "http://noapp4that.org/). Cualquier pensador de sistemas que entienda el fenómeno del exceso y la sobrecarga comprende que los poderes políticos y económicos realizan unos tratamientos que están está participando activamente en un comportamiento adictivo. La sociedades humanas y las mentalidades de nuestra época hoy son adictas al crecimiento, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo e individual y para ello tenemos que renunciar a algo de lo que dependemos: nuestro enorme poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico, no debemos hacer todo lo que podemos hacer en nuestras relaciones socio-naturales. Eso requiere honestidad y una búsqueda profunda y orientada por principios morales y de justicia que integren nuestra hermandad humana y no humana, presente y futura, lo que significa un gran cambio en nuestros valores de orientación.

 

Cualquier pensador de sistemas que entienda la patología del exceso y a pesar de ello prescriba un mayor poder humano de intervención tecnológica como un tratamiento para resolver los problemas ecológicos, está participando efectivamente en una intervención con un comportamiento adictivo. Las sociedades humanas hoy son adictas al crecimiento indefinido de todo, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y las comunidades de seres vivos que lo habitan, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo, institucional, individual, nuestros hábitos y mentalidades conscientes e inconscientes, y renunciar a algo de lo que dependemos: poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos dejar de crecer, decrecer y contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico que repone el alcohol. Eso requiere honestidad, compromiso, responsabilidad y una búsqueda profunda. 

 

En sus primeros años, el movimiento ecologista formuló ese argumento moral y funcionó hasta cierto punto. La preocupación por el rápido crecimiento de la población llevó a los esfuerzos de planificación familiar en todo el mundo. La preocupación por la disminución de la biodiversidad condujo a la protección de algunos hábitats naturales. La preocupación por la contaminación del aire y el agua dio lugar a una serie de regulaciones y normativas legales restrictivas. Estos esfuerzos no fueron suficientes, pero mostraron que enmarcar nuestro problema sistémico en términos morales podría obtener al menos algo de tracción y empuje para los cambios.

 

 

¿Por qué el movimiento ecologista no ha tenido éxito? Algunos teóricos que ahora se autodenominan "verdes brillantes" o "eco-modernistas" han abandonado por completo la lucha moral. Su justificación para hacerlo es que la gente quiere una visión del futuro que sea alegre y que no requiera sacrificios. Ahora, dicen, solo una solución basada en la fe y la magia tecnológica ofrece alguna esperanza. El punto esencial de este ensayo es simplemente que, incluso si el argumento moral falla, un arreglo técnico tampoco podría funcionar y está condenado al fracaso rotundo. Una gigantesca inversión en determinadas tecnologías (ya sea la energía nuclear de próxima generación o ya sea la geoingeniería de la radiación solar) se puede anunciar como nuestra última esperanza, pero en realidad no es ninguna esperanza en absoluto y nos hará avanzar en la caída cuesta debajo de todo tipo de males.

La razón del fracaso hasta ahora del movimiento ecologista no fue que apelara a los sentimientos morales de la humanidad; de hecho esto ha sido una gran fuente de fuerza del movimiento. El esfuerzo no ha sido suficiente porque no ha podido ser capaz de alterar el principio organizativo central de las sociedades industriales, que es también su defecto fatal y suicida: su perseverancia en el crecimiento a toda costa. Ahora estamos en el punto histórico donde finalmente debemos apostar por tener éxito en la superación del crecimiento o enfrentar el temible fracaso, ya no solo del movimiento ambiental, sino de la civilización industrial misma.

 

 

La buena noticia es que los necesarios y urgentes cambios sistémicos son de naturaleza fractal: implican y de hecho requieren, acciones en todos los niveles de las sociedades humanas. Podemos comenzar con nuestras propias elecciones y comportamientos individuales; podemos trabajar dentro de nuestros grupos y entornos de influencia, en nuestras comunidades. No necesitamos esperar un cambio catártico global o nacional. Incluso si nuestros esfuerzos no pueden "salvar" la civilización industrial consumista, aún podrían tener cierto éxito en plantar las semillas de una cultura humana regenerativa digna para la supervivencia.

Hay más buenas noticias: una vez que los humanos eligen restringir nuestros números totales, nuestras tasas de consumo de recursos naturales cada vez más escasos y enfermos, la tecnología puede ser parte de nuestros esfuerzos. Las máquinas pueden ayudarnos a monitorear los avances y retrocesos, y existen tecnologías relativamente simples que pueden brindar servicios necesarios con menos uso de energía y materiales, con menos daño ambiental. Algunas formas de estas tecnologías podrían incluso ayudarnos a limpiar la atmósfera y restaurar ecosistemas. Pero esto no quiere decir que las máquinas serán las que tomarán las decisiones clave guiadas por valores extra-tecnológicos que nos pondrán en el camino de la sostenibilidad. El cambio sistémico ha de estar guiado e impulsado por el despertar moral: no es solo nuestra última esperanza; es la única esperanza real que tenemos.

 

 


 

 

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