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Los Verdes

29 novembre 2019 5 29 /11 /novembre /2019 07:47
Enmienda a la totalidad a La Estrategia Valenciana del Cambio Climática y Energía de la Generalitat Valenciana (Primera parte)

“Estrategia Valenciana de Cambio Climático y Energía 2020-2030”
 "http://www.agroambient.gva.es/es/web/cambio-climatico/estrategia-valenciana-de-cambio-climatico" http://www.agroambient.gva.es/es/web/cambio-climatico/estrategia-valenciana-de-cambio-climatico

ENMIENDA A LA TOTALIDAD A LA ESTRATEGIA VALENCIANA

Observaciones generales

Las actuaciones de la Estrategia Valenciana de Cambio Climático y Energía 2020-2030 de la Generalitat Valenciana carecen de mínimo realismo y coherencia para poder afrontar con relativa eficacia la extensión y profundidad de los fenómenos y problemas climáticos y ecológicos, en sus causas humanas y en las consecuencias socioecológicas de los mismos asociadas a la desestabilización climática planetaria, regional y local. La estrategia climática valenciana no responde a la emergencia climática sino que apuesta por seguir prolongando en el tiempo las políticas actuales y las lúgubres repercusiones socioambientales del incremento de las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera y la biosfera de la Tierra.

 

La estrategia climática intenta disfrazar que el cumplimiento de sus objetivos generales de “adaptación” y “mitigación” ante el cambio climático exigiría un cambio de 180 grados en las actuales prioridades políticas e institucionales, basadas como están en el crecimiento de la economía material y de los daños ecológicos. Un punto ciego fundamental de la estrategia climática valenciana refiere a su desentendimiento de las soluciones genuinas con compromisos concretos vinculantes ante las afecciones climáticas y ecológicas, que pasan por contraer nuestras economías, consumir menos materiales y energía y disminuir con ello la huella ambiental y climática, cambiando nuestros estilos de vida y nuestro sistema económico.

 

Las entretejidas crisis ecológicas y climáticas son síntomas de nuestra adicción al crecimiento y de que la escala material desmesurada choca con los límites de la capacidad de sustentación de la Tierra. La estrategia climática valenciana no asume los límites del crecimiento y da la espalda al conflicto irreconciliable entre un crecimiento económico continuado y las capacidades de sustentación de la biosfera. Sin fundamento alguno la estrategia disocia los daños ecológicos y climáticos del crecimiento económico de la producción material y el consumo valencianos. Olvida el grave problema de escala: no pueden reconciliarse la fuerte reducción de las emisiones de gases contaminantes a la atmósfera y de la huella ecológica con las aspiraciones de continuar con el crecimiento inacabable.

 

En la estrategia climática se da una inadecuación abismal entre los objetivos generales declarados y los medios y actuaciones previstas. No se pueden afrontar la cronificación de los desastres climáticos, ecológicos, sociales y humanitarios con la continuidad de las prioridades puestas en el crecimiento económico, la mayor eficiencia y el aumento de las energías renovables (EERR), sin cambiar nada más y evitando el problema de raíz: el rebasamiento de los límites ecológicos que lleva a la disminución o extinción de recursos vitales y al aumento de los costes económicos y de los impactos en destrucción ecológica.

 

El documento de la Estrategia Valenciana de Cambio y Energía 2020-2030 se limita a ordenar y apilar sin coherencia interna las actuaciones marginales, erráticas y dispersas, que ya se realizan por parte de las diferentes instituciones valencianas y Consellerias. La estrategia climática valenciana no ofrece ninguna novedad significativa en relación a las políticas públicas valencianas ya existentes o iniciadas. Más allá de algunas vaguedades ininteligibles la nueva estrategia climática valenciana 2020-2030 tampoco realiza la evaluación pertinente de las anteriores dos estrategias de la Generalitat Valenciana sobre el grado de cumplimiento o fracaso de sus objetivos mediante políticas concretas de actuación (p.1).

 

No solo la estrategia climática valenciana carece de toda solidez ante las realidades sociales y ecológicas a las que aludimos como cambio climático, también está a años luz de las necesidades asociadas a la condición de “emergencia climática”, que ha sido declarada por la propia Generalitat Valenciana y por otras destacadas instituciones valencianas. La estrategia despilfarra márgenes de actuación y renuncia a impulsar cambios y ajustes sin precedentes para dejar de desperdiciar energía, materiales y alimentos, como por ejemplo hace el sistema agrícola industrial que provoca la disrupción de los ciclos de nutrientes en la Tierra. La parsimonia y los desatinos implicados en las actuaciones previstas en la estrategia climática junto a la gran discrepancia existente entre las laxas temporalidades de las mismas y los ritmos acelerados de la degradación climática y ecológica, hacen de la declaración de “emergencia climática” un despropósito retórico vacío de contenido y arraigo. La estrategia climática valenciana convierte en extravagantes y grotescas dichas declaraciones de emergencia.

 

Frente a las colosales alteraciones climáticas del sistema Tierra una carencia fundamental de la estrategia climática valenciana está en su renuncia a que las políticas públicas valencianas ejerzan un destacado y activo papel de regulación restrictiva y vinculante, en el contexto valenciano, español y europeo, ejerciendo unos poderes y funciones que son las propias del derecho, la legislación y la acción de gobierno. Esta manifiesta indiferencia y pasividad político-institucional es antagónica con los objetivos generales que declara la estrategia climática, los de “adaptación” y “mitigación”. En este sentido se puede afirmar con contundencia que la Generalitat Valenciana carece de estrategia climática para los años venideros por renunciar a afrontar con mínimo realismo y eficacia los cambios que demanda la desestabilización del clima de la Tierra.

 


Siguiendo la letra escrita de la estrategia climática valenciana, los objetivos generales de “adaptación” y “mitigación” establecidos están guiados por unos principios básicos que definen actuaciones para impulsar una “economía baja en carbono”.

 

Siguiendo los principios de “reducción de los consumos energéticos, el fomento de EERR (energías renovables), el autoconsumo energético, el uso de transporte más limpio, el impulso territorial y el papel de los sumideros de carbono para la reducción de la concentración de las emisiones de GEI (p. 8).

 

Resulta especialmente chocante y paradójico que la estrategia valenciana (p.36) acepte sin rechistar el aumento de la demanda energética final valenciana en 1.2 % anualmente y el aumento de un 2.5% de la demanda eléctrica anual en el periodo 2020-2030. Esta previsión energética representa una política pública de incremento irresponsable de la demanda energética en un 12% y del 25% respectivamente en los próximos 10 años.


El crecimiento de la demanda energética convierte en inútil y en papel mojado las metas declaradas de cambios ante la emergencia climática, haciendo totalmente inviables los propósitos de “adaptación y mitigación” mediante la “sustitución” de los combustibles fósiles por las energías renovables. Muy contrariamente, debido a los entretejidos impactos climáticos y ecológicos s asociados a la producción eléctrica, la demanda energética no debería crecer sino que tendría que decrecer imperiosamente.


También es inconsistente y contradictoria la previsión que realiza la estrategia climática valenciana de un aumento sustancial del consumo de gas hasta 2030, a pesar de ser un combustible fósil de fuertes impactos de efecto invernadero. En consecuencia, la estrategia apuesta por el aumento del funcionamiento de los centrales de ciclos combinados de Sagunt a partir del 2020, en lugar de plantear la imprescindible reducción de la demanda energética.


Resulta inaceptable el apoyo que la estrategia climática da al incremento de la quema del gas, algo que no es compatible con la lucha contra el cambio climático. Este aplazamiento de décadas de la urgente y rápida transición hacia las energías renovables y descentralizadas hipoteca y empeorará gravemente los daños ambientales que padecerá la sociedad valenciana.


El esfuerzo económico y técnico de fomentar las energías renovables EERR no servirá entonces para sustituir las energías contaminantes, tal y como viene ocurriendo durante los últimos años, porque el incremento de estas será muy insuficiente debido principalmente a la continuación de la dependencia valenciana de los combustibles fósiles, de forma directa e indirecta. Todo ello empeorará por el contexto general de economía globalizada expansiva, el crecimiento de la demanda energética global interna y la externalización y deslocalización de los ciclos productivos y extractivistas.


La estrategia climática huye de poner limitaciones a una economía valenciana vista desde parámetros físicos, no solo economicistas, que es especialmente devoradora en energía, recursos materiales y biodiversidad, por su gran dependencia de sectores económicos como son el turismo y los servicios. En esta tercera estrategia climática no se ve por ningún lado el “cambio del modelo productivo” tan pregonado por el actual tripartito del gobierno valenciano.


Resulta muy manipulador, engañoso y deshonesto el hablar de “una reducción del consumo de energía primaria sobre la proyección del año 2007 de un 9%”, cuando en términos absolutos las metas de éste plan estratégico están en continuar con el aumento del consumo de energía primaria en el 2030. La prometida reducción del consumo de energía primaria comparada con la proyección del Gobierno Valenciano del PP del año 2007 del 35,4%, es una tendenciosa y engañosa trampa contable, que establece la comparación con la proyección de crecimiento hecho por el gobierno valenciano del Partido Popular PP, realizada antes de la crisis de recesión económica del 2008. Esto quiere decir que la actual estrategia valenciana 2020-2030 de cambio climático sigue aceptando un gran crecimiento de demanda energética. De ello resultará del todo imposible que cuadren las cifras y la posibilidad de responder de forma responsable a las dimensiones titánicas de la tragedia climática en curso, tal y como afirma la retórica habitual de las autoridades valencianas que hace defensa de una rápida “transición” hacia las fuentes renovables de energía.

 

Resulta inaudito y carente de mínima racionalidad que dichos objetivos no se acompañen de rotundas actuaciones para el impedimento, la contención y la reducción de la escala material y el crecimiento de la economía sucia y las actividades fosilísticas, que son fuertemente contaminantes y emisoras de gases de efecto invernadero GEI. A consecuencia de esta inconcebible negligencia la nueva estrategia valenciana, como las dos anteriores, carece de mínimo realismo y proporcionalidad, no podrá ser factible y está condenada al fracaso desde su inicio. Será papel mojado a la hora de reducir significativamente las actividades más causantes de las alteraciones climáticas. En respuesta a los múltiples retos de cambio necesariamente co-implicados, económicos, sociales e institucionales, que están bajo la competencias autonómicas de la Generalitat Valenciana, la estrategia climática 2020-2030 resulta insustancial, esquiva, errática, contradictoria, equívoca y engañosa. También resultará muy ineficaz por carecer de objetivos concretos vinculantes en las actuaciones que prevé, que sean mínimamente coherentes, ambiciosos, registrables, medibles y evaluables en su evolución y cumplimiento temporal.

 

En la Estrategia Valenciana de Cambio Climático y Energía 2020-2030 se da una inadecuación abismal ente las políticas de actuación previstas y las dimensiones objetivas de los fenómenos y problemas socioecológicos siguiendo las metas generales de “mitigación” y “adaptación”, que constituyen el eje de esta tercera estrategia climática valenciana.

 

La sociedad mundial tiene el reto de impulsar y acelerar la transición hacia una economía baja en carbono. Esta transición exigirá cambios en los comportamientos sociales y empresariales en todo el mundo con el compromiso de todo el espectro político. Con este fin, las administraciones públicas deben establecer estrategias y políticas que impulsen la economía hipocarbónica en todos los sectores a través de sistemas de gobernanza eficaces. Para avanzar, hacia un futuro basado en un bajo nivel de emisiones, es imprescindible el integrar el respeto al medio ambiente en todas la áreas de actividad y en todos los ámbitos de conocimiento actuales, así como mejorar las competencias  en materia de sostenibilidad y cambio climático en todos los sectores (p.8).

 

No puede haber realismo, ni coherencia, ni ajuste, ni viabilidad, si se da una aberrante distancia entre los objetivos explicitados de adaptación y mitigación y los medios y planes de actuación previstos en esta nueva estrategia climática. Resultan irrealizables los fines generales manifestados de “mitigación” de las emisiones de gases efecto invernadero GEI, enfocados a la reducción de tales emisiones a la atmósfera y a sus consecuencias en el sistema climático de la Tierra. También son incongruentes y escasamente creíbles los objetivos generales la “adaptación” coordinada y transversal llevados adelante mediante actuaciones parciales, incompetentes, incompatibles o contrarias a dichos objetivos generales. A pesar de que en la misma estrategia valenciana se parte de que dos tercios de las emisiones de gases a la atmósfera GEI tienen su origen en la producción y el consumo de energía, sin embargo en las actuaciones previstas solo se conciben cambios centrados en “la gestión adecuada de la misma” y no en la imperativa reducción de sus magnitudes y demanda global.

 


Desde hace décadas, las mejores informaciones científicas disponibles vienen advirtiendo de las crecientes alteraciones climáticas en curso y venideras, y de sus temibles consecuencias, causadas por múltiples procesos sociales retroalimentados que a menudo son reforzados por las políticas públicas productivistas y fosilísticas que los estimulan. Para poder mantener unas condiciones materiales y ecológicas de habitabilidad humana y de sostenibilidad es urgente la reducción radical de las emisiones de gases contaminantes de origen antropogénico sobre la atmósfera, que generan el consecuente sobrecalentamiento climático y la multiplicación encabalgada de tensiones y destrucciones ecológicas. Las crecientes emisiones tóxicas a la atmósfera de origen tecno-industrial y sus retroalimentaciones positivas constituyen un factor causal multiplicador de crisis y degradaciones ecológicas, globales, regionales y locales, generadas por la creciente esquilmación y contaminación de los recursos naturales de la Tierra. La sociedad y el territorio valenciano no son una excepción.

 

Muchos de los recursos naturales, renovables y no renovables en declive, están sometidos a unas tasas inflacionarias de presión entrópica degradadora de origen humano que es intensamente extractiva de recursos materiales de baja entropía y excretora de residuos y calor de alta entropía. Estas relaciones socionaturales instituidas dañan a menudo de forma irreversible los procesos naturales de bioregeneración y bioproductividad de la Tierra y de sus ecosistemas y territorios. Nuestra condición colectiva de translimitación o de superación de la capacidad de sustentación ecológica de las sociedades y grupos humanos en general, y de la sociedad valenciana en particular, nos empuja aceleradamente a unas condiciones traumáticas de creciente escasez, agotamiento, degradación y desaparición de recursos naturales vitales y de metabolismos bioproductivos de los ecosistemas globales y locales, afectando de lleno a todos los recursos naturales, a los renovables y a los no renovables.

 

Numerosos recursos naturales que son necesarios para el abastecimiento humano y las metas de supervivencia y de bienestar, humano y no humano, se encuentran en progresiva decadencia, causada por la imparable presión destructiva que reciben por parte de las sociedades humanas, a pesar de que estas no pueden sustituirlos ni crearlos. Dichos recursos materiales de la Tierra, radicalmente finitos y frágiles, están siendo degradados y esquilmados a marchas forzadas, a pesar de que gran parte de los mismos constituyen las fuentes biofísicas primarias y el sustento inevitable de toda riqueza, economía y prosperidad humana y no humana.

 

Esta tercera estrategia climática valenciana 2020-2030 evidencia un “negacionismo práctico” y una escasa o nula responsabilidad institucional y política sobre las múltiples realidades y problemas entrelazados (poblacionales, sociales, económicos, culturales, físicos, energéticos, biológicos y ecológicos) asociados a la desestabilización climática y a las causas humanas y afecciones socioecológícas de la mismas. Estas problemáticas están sobradamente constatadas mediante observaciones y datos empíricos abrumadores procedentes de informes científicos, han irrumpido para quedarse y hoy amenazan las aspiraciones de bienestar y prosperidad valencianas y del resto de países, territorios, ecosistemas y especies.

 

Contrariamente y en total contradicción con los fines y principios declarados de adaptación y mitigación frente a las alteraciones del sobrecalentamiento climático, la estrategia climática valenciana fortalece las dinámicas estructurales del crecimiento de los sectores económicos y las actividades de la economía fosilística climáticamente más contaminante. Renuncia con ello a las necesarias des-inversiones directas o indirectas de las políticas públicas en dichos sectores y en consecuencia empuja a la sociedad valenciana a penurias y un futuro atroz.


Es todo un contrasentido el que la nueva estrategia climática valenciana siga férreamente encajonada en deseables actuaciones no vinculantes, voluntaristas y guiadas por el mercado, el lucro y la constrictiva racionalidad economicista del coste/beneficio, a la hora de cumplir sus objetivos mediante ceñidos a tres ejes de actuación: las innovaciones técnicas de la eficiencia, el incremento de las energías renovables y la concienciación ambiental de la población. Con ello la estrategia climática pervierte los fines generales que declara al colocar las políticas públicas valencianas bajo las prioridades neoliberales del crecimiento económico en todos los sectores, que derivarán en mayores padecimientos climáticos y socioambientales. Para colmo este disparate lo realiza en nombre de la “emergencia climática”.

 

Sus propuestas de actuación de hecho constituyen un gran despilfarro de los limitados recursos públicos institucionales, siguen alimentando las dinámicas del crecimiento en los sectores y actividades más amenazantes y nocivos con el clima. La estrategia climática no pone limitaciones ni estorbos a la adicción al crecimiento material de tales sectores en la economía valenciana. Es continuista con las anteriores dos estrategias impulsadas por el gobierno valenciano en manos del Partido Popular (PP). Aunque los términos empleados de la “adaptación” y “mitigación” constituyen la columna vertebral de los principios y fines generales establecidos por la estrategia, en la concreción de sus objetivos y actuaciones se pone al servicio de favorecer realidades socioambientales contrarias a dichos principios y contraindicadas. Estos objetivos generales se apoyan disimuladamente en la continuidad expansiva de la escala material de la economía más contaminante y del consumo de bienes y servicios naturales de todo tipo. En consecuencia, las actuaciones de las políticas públicas valencianas perversamente se ponen al servicio de más desastres climáticos y ecológicos por favorecer activamente el aumento de la presión destructiva ecológica y climática sobre la Tierra en general, y sobre el territorio valenciano en particular (p.43).

 

La estrategia climática 2020-2030 no pretende forzar cambios reales, rápidos y en profundidad en la sociedad y economía valencianas, que estuvieran relativamente adaptados a las dimensiones y ritmos de los problemas climáticos. Sus techos máximos de aspiración se supeditan al “solucionismo tecnológico” y al mercado económico, optando con ello por las ineficaces pautas de ajuste ya presentes en las actuales tendencias productivistas del tejido económico, como son las relacionadas con los cambios introducidos por las innovaciones técnicas en eficiencia. Desde esta quimera tecno-optimista voluntarista, guiada por el empuje y las ataduras del negocio mercantil, solo se apuesta por simples ajustes tecnológicos parciales para alcanzar una mayor eficiencia en el consumo de recursos naturales, dejando intocable el aumento global del consumo de los recursos. Pero la historia muestra que a menudo las ganancias en eficiencia con un recurso se acompañan del efecto rebote de que solemos usar más cantidades de tal recurso, no menos.

 

Las metas puestas en estos superficiales y muy insuficientes ajustes técnicos de mejora en eficiencia desatienden la estructura económica valenciana y el gran protagonismo del sector servicios en la misma. El modelo y la estructura de la economía valenciana es especialmente extractivo de recursos, alto en emisiones de gases GEI, deslocalizado y globalizado en su modelo productivo. Esto implica que por cada unidad de crecimiento económico la economía valenciana genera altas dosis de emisiones de gases GEI contaminadores y desestabilizadores climáticos y ecológicos.


Los objetivos de la UE para 2021-2030 con respecto a 1990 son alcanzar al menos un 40% de reducción de las emisiones GEI, llegar al menos al 32% de cuota de las energías renovables EERR y al menos un 32,5% de mejora de la eficiencia energética. En consecuencia, esta próxima década han de hacerse transformaciones sociales y económicas de gran envergadura y trascendencia para compensar la inacción del pasado y la parálisis del presente, incluyendo la descarbonización de la energía y de  sectores como son la construcción, el transporte, el modelo agroalimentario, el consumo y los estilos de vida derrochadores de la cultura del “usar y tirar”. Los países europeos ni la Comunidad Valenciana no pueden esperar más tiempo a multiplicar sus acciones, han de comenzar a actuar ya en cada país, cada región, en cada negocio y actividad, si no se hace esto antes del 2030 se habrá agotado toda oportunidad de limitar el calentamiento a 1,5 grados este siglo. Hasta el mismo Acuerdo de Paris del 2015 ya reconocía que los planes de recortes de las emisiones de gases GEI de casi 200 países eran insuficientes para el cumplimiento del objetivo marcado de que el aumento de temperatura a final del siglo XXI quede muy por debajo de los 2º C de media respecto a los niveles preindustriales.

 

El décimo informe anual del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) o la “ONU Medio Ambiente” sobre la “disparidad de las emisiones”, se dio a conocer unos días antes del inicio de la 25 Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas el Climático (COP25 o Cumbre del Clima) celebrada en Madrid del 2 al 13 de diciembre de 2019. Este último Informe de Emisiones del 2019 del PNUMA advierte que aunque se cumplieran todos los compromisos alcanzados en Paris en diciembre del 2015, las temperaturas se incrementarían este siglo al menos 3,2 grados, con impactos climáticos más extensos y destructivos, más del doble del objetivo de 1,5 grados fijado por el Acuerdo de Paris. El Informe estima que es necesario actuar urgentemente y de forma contundente para recortar las emisiones de CO2 un 7,6 % anual entre 2020 y 2030,  y cuestiona que las emisiones de gases GEI hayan aumentado esta década un 1,5 % cada año y que no hayan comenzado su reducción en el 2010, estos retrasos exigen acometer unas mayores reducciones anuales para poder cumplir los objetivos comprometidos para el 2030.

 

Desatendiendo estas recomendaciones, la estrategia climática valenciana renuncia a la oportunidad de liderar con respuestas ambiciosas las transformaciones necesarias en el ámbito europeo. A pesar de que el territorio valenciano es muy vulnerable ante los cambios en los procesos físicos, biológicos y ecológicos asociados al sobrecalentamiento climático, la nueva estrategia climática tan solo se conforma con cumplir con el mínimo común denominador más bajo de la ya muy débil e insuficiente legalidad europea, que además a menudo está lejos de ser cumplida por parte de los Estados miembros y los gobiernos regionales, como ocurre en el caso de España y de la Comunidad Valenciana.

 

La estrategia climática valenciana se lava las manos ante las realidades y ámbitos de legalidad y gobernanza que no tiene competencias legales directas, a pesar de que los consejeros autonómicos valencianos participan en órganos de coordinación a nivel estatal que conocen y revisan las propuestas legislativas europeas, y pueden jugar un papel determinante a la hora de que el Gobierno adopte unas u otras tomas de posición ante cuestiones tratadas por el Consejo Europeo, que reúne a los Ministros de los estados miembros. A pesar de que la Generalitat Valenciana tiene canales institucionales importantes para influir en las posiciones estatales e incluso europeas, la estrategia climática silencia estos ámbitos de posible actuación y no establece ningún plan ni aspiración sobre los mismos. La estrategia climática valenciana esquiva la posibilidad de ejercer un peso y capacidad de influencia política sobre las competencias estatales que pueden incidir directamente en el territorio y los sistemas naturales valencianos, como son las referidas a las políticas, planes, proyectos y concesiones a la explotación económica privada que inciden sobre costas, puertos, transporte, energía, cuencas hidrográficas y ríos, minas.

 

Muy contrariamente a esta gran debilidad manifiesta de la estrategia climática valenciana, las reivindicaciones de otras fuerzas políticas europeas, como son las del Grupo Verde del Parlamento Europeo, están por que la Unión Europea (UE) amplíe sus compromisos con metas de reducción de emisiones de gases efecto invernadero GEI en al menos un 65% respecto a 1990, acabando de inmediato con toda la financiación directa o indirecta para los combustibles fósiles en el marco financiero multianual de la UE (MFF), como son ayudas a las infraestructuras del gas, y como es reformar la PAC (Política Agraria Comunitaria) retirando las subvenciones a la ganadería industrial y a otras actividades agrícolas intensivas en consumo de combustibles fósiles y en tratamientos agrotóxicos, como son los pesticidas que esquilman la biodiversidad, además de imponer fiscalidades fuertes a la aviación, a los buques de contenedores, a los cruceros y otras actividades contaminantes.

 

La estrategia climática valenciana también huye de hacer referencia alguna sobre las emisiones a la atmósfera de gases GEI que exporta a otros países y territorios, no contabiliza las emisiones de CO2 del consumo y la producción deslocalizada en la economía globalizada y no plantea medidas para reducir estas emisiones que externaliza del registro y la contabilidad. La estrategia no reconoce ni cataloga la exportación de CO2 de la economía valenciana. Sin embrago, ante la emergencia climática, las cifras que importan son las globales, no solo las nacionales o las regionales, por ello conviene delimitar la contribución valenciana real a estas cifras globales, debido en gran parte al comercio internacional y a las exportaciones.

 

En definitiva, son muy aguadas las aspiraciones y compromisos que guían toda la estrategia climática valenciana por renunciar a establecer limitaciones y prohibiciones estrictas, que pudieran obstaculizar el crecimiento global de los volúmenes físicos del consumo de recursos materiales y de emisiones a la atmósfera de gases efecto invernadero GEI asociados a las dinámicas de la economía globalizada, al comercio nacional e internacional.

 

A pesar de todas estas graves deficiencias, sin embargo llama mucho la atención que el texto de la estrategia climática movilice un relato discursivo “ecologizante” con conceptos muy retóricos, cínicos y socialmente manipuladores, que quieren camuflar las muchas inconsistencias, imposibilidades y direcciones prohibidas escondidas bajo los objetivos generales y abstractos de “mitigación”, “adaptación” e “investigación, sensibilización y cooperación”(p.38). Estos lenguajes se ponen al servicio de la parálisis y la confusión social por no acompañarse de actuaciones contundentes en el presente sobre la economía climáticamente más tóxica. Mediante las fábulas de la “eficiencia”, la “descarbonización” o los “coches eléctricos”, la estrategia valenciana disfraza su apuesta por seguir incentivando sin obstáculos el crecimiento de las actividades más nocivas con el clima y los ecosistemas.

 

La marginalidad y escasa relevancia política de la estrategia climática valenciana inmola oportunidades y medios de todo tipo, que hoy son necesarios y más urgentes para la reducción y el establecimiento de limitaciones estrictas sobre las actividades más lesivas con el sistema climático de la Tierra, sus dinámicas y componentes. La estrategia valenciana posterga a un futuro incierto e indeterminado estas actuaciones de gobernanza política e institucional y de movilización social. La debilidad, superficialidad e insignificancia de las medidas que prevé, sin compromisos concretos de cambio que puedan evaluarse en su cumplimiento temporal, renuncia a que las transformaciones económicas y sociales se adecuen a los compromisos adquiridos en la Cumbre del Clima de Paris del 2015 y a la colosal envergadura de los daños climáticos, cuya intrusión ha llegado para quedarse.

 


A continuación se aporta un breve argumentario con 20 valoraciones de los ejes de actuación previstos en la “Estrategia Valenciana de Cambio Climático y Energía 2020-2030”

 

1. La prioridad del crecimiento de la economía material más contaminante

La prioridad absoluta de la estrategia climática valenciana sigue siendo el crecimiento económico a toda costa de cualquier sector de actividad y la competitividad en el mercado. La estrategia parece olvidar los motivos declarados que centralmente las impulsan: adaptación y mitigación contra el colapso climático en curso.

Su enfoque es fuertemente economicista, productivista, antropocéntrico, mecanicista y reduccionista. La estrategia climática valenciana subestima drásticamente los factores causales, externaliza de la percepción, registro y contabilidad de muchos de los daños climáticos, biofísicos y ecológicos que comprometen e hipotecan en el presente y futuro a la sociedad valenciana, a su economía, florecimiento y prosperidad. Utiliza estratagemas de reduccionismo metodológico y trampas contables para disfrazar su inadecuación fundamental con los objetivos climáticos que declara y con la amplitud de las afecciones climáticas y ecológicas.

Resulta inconcebible su fanática e intransigente evitación de cualquier tipo de restricciones, límites, prohibiciones vinculantes y des-inversiones públicas, en los sectores climáticamente y ecológicamente más contaminantes de la economía valenciana.

 

2. La ineficacia climática de los ajustes tecnológicos a favor de la eficiencia

 

La centralidad del enfoque economicista y su estrecha racionalidad coste/beneficio es causa central de muchas de las destrucciones climáticas y ecológicas, por ello no puede en ningún caso ser la estrategia principal para afrontarlos.

 

La estrategia climática valenciana establece unos techos infinitamente bajos en sus políticas de actuación al renunciar a regulaciones restrictivas de las actividades económicas de mayor huella destructiva, y en sustitución de ello da prioridad a las innovaciones técnicas en mayor eficiencia y a un modelo liberal de educación ambiental y sensibilización social que fomente cambios voluntarios e individualizados en los hábitos de consumo y las actividades de producción.

 

Los estudios e investigaciones que la estrategia promueve para el diagnóstico y los cambios basados en la eficiencia técnica y la sustitución de tecnologías bajo el empuje de los intereses comerciales y las  ganancias económicas, a su vez están asociados al crecimiento imparable de la tarta de la oferta y consumo de recursos materiales de todo tipo. Esta insuficiente e ineficaz orientación hacia la eficiencia, el ahorro y las “buenas prácticas” voluntarias, no regulatorias ni impositivas, no pone en cuestión la escala y los volúmenes materiales, ni los intereses del lucro y el negocio económico que motivan dichas innovaciones.

 

Las “soluciones” centradas en las innovaciones en eficiencia suelen acompañarse del efecto rebote de incremento global de los recursos consumidos, algo que desde el inicio de su historia caracteriza a la economía capitalista por favorecer la obtención de mayores plusvalías y ganancias económicas. Los cambios solo centrados en la eficiencia no necesariamente inciden en la reducción de los volúmenes del consumo de recursos naturales y de la huella destructiva climática y ecológica, sino que pueden favorecer todo lo contrario. Es decir pueden favorecer la espiral suicida del aumento del consumo global de recursos y de la huella ecológica destructiva, tal y como señala la paradoja de Jevons desde el pensamiento económico.

 

Las “soluciones” tecnológicas solo puestas en la eficiencia aplicadas a la extracción, la producción, la distribución, el consumo y el tratamiento de residuos, paradójicamente suelen acompañarse de efectos opuestos muy contraproducentes que contrarrestan con creces los ahorros conseguidos: el incremento del consumo de recursos naturales y de la oferta y demanda de mercancías, multiplicando con todo ello la huella destructiva sobre el clima, los ecosistemas, la biodiversidad y el territorio.

 

3. Indiferencia y negacionismo ante el incremento de la escala física de actividades contaminantes

La estrategia climática valenciana se desentiende radicalmente de la necesidad de cambios estructurales urgentes que estén dirigidos a reducir significativamente la escala material y la huella destructiva de sectores, actividades y proyectos que inciden directamente en el aumento de emisiones tóxicas a la atmósfera y cronifican los desastres climáticos y ecológicos. Están ausentes las medidas reguladoras coercitivas, vinculantes y de des-inversión económica de las políticas públicas a favor de la suficiencia, la equidad y redistribución social y el buen vivir, que busquen el freno de proyectos intensivos en daños y riesgos socioecológicos para la atmósfera, el clima, los sistemas naturales, la biodiversidad, la salud, el bienestar humano y el futuro.

Los contenidos de la estrategia climática se caracterizan por la negligente ausencia de regulaciones vinculantes y obligatorias para la reducción del volúmenes totales de las actividades ecocidas, anticlima y ecológicamente más destructivas. El que no se establezcan objetivos concretos vinculantes y temporales en su cumplimiento para la reducción de las actividades con intensivos y crecientes daños climáticos y ecológicos, está en franca contradicción con los fines generales declarados en el texto de la estrategia climática.

Por ejemplo, ante las actividades del actual modelo de transporte de mercancías y pasajeros, un plan mínimamente acoplado a sus enormes consecuencias de desastre ecológico y climático, habría de comportar la reducción significativa de la escala y el número de vehículos con motores de combustión que emplean combustibles fósiles emisores de gases tóxicos insalubres de efecto climático invernadero. Sin embargo la estrategia climática no integra actuaciones concretas de menor circulación de vehículos, que pongan el acento en las metas ambiciosas de menos coches, menos cruceros, menos aviones, menos camiones y menos buques de contenedores. La estrategia climática no apuesta por des-inversiones ni por medidas fiscales y políticas penalizadoras, que prohíban, desincentiven, restrinjan y pongan limitaciones o frenos a dichas actividades y a las  viejas y nuevas infraestructuras y maquinarias fosilísticas del transporte.

Otro ejemplo similar se da con la carencia absoluta de medidas y des-inversiones para la reducción de las actividades, las tecnologías y la economía anticlimática implicada en el actual modelo agroalimentario y la agricultura y ganadería. Resulta inadmisible que la estrategia valenciana de cambio climático se desentienda radicalmente de establecer medidas concretas con objetivos vinculantes, para la reducción radical del uso de productos industriales agroquímicos “fitosanitarios” y de fertilizantes minerales de origen extractivo e industrial, que son masivamente utilizados en la producción agrícola convencional valenciana. La estrategia climática no establece metas para la reducción significativa de estos agrotóxicos hijos de los laboratorios industriales en la agricultura valenciana, que contaminan, dañan y esquilman el territorio, los ecosistemas, las aguas superficiales y subterráneas, los ecosistemas marinos, las tierras fértiles, el aire, los cultivos, la biodiversidad, los alimentos y la salud humana. Los tratamientos agrotóxicos de la agricultura químico intensiva convencional incorporan una tremenda huella ambiental destructiva en su historia de trazabilidad, con larguísimas trayectorias de movilidad lineal que tienen altos consumos de materiales y energía fósil y las muchas excreciones de residuos y contaminaciones de todo tipo.

A esta indiferencia ecológica de la estrategia valenciana de cambio climático ante los daños y riesgos socioambientales implicados en los tratamientos agrícolas de origen industrial, como son los pesticidas, herbicidas, plaguicidas, fertilizantes sintéticos, también se suma la desatención que recibe la creciente demanda de agua para regadíos y las transformaciones del secano a regadío, favorecidas históricamente por las políticas agrarias valencianas.

Resulta incomprensible y muy contraproducente que la estrategia valenciana de cambio climático no quiera asumir las imperiosas necesidades de adaptación flexible a las actuales y venideras condiciones climáticas de baja pluviosidad en el territorio valenciano. Las políticas agrícolas valencianas actuales reman en dirección contraria, no solo no intervienen en el factor central del crecimiento de la demanda de agua para regadíos sino que favorecen las reconversiones en regadío incluso en nombre de la “sostenibilidad”. Mediante la implantación de técnicas de “ahorro” y “eficiencia” en riegos las políticas agrarias valencianas paradójicamente vienen impulsando el incremento de los regadíos y de la demanda de más agua, aumentando con todo ello la presión y sobreexplotación ambientalmente esquilmadora y degradadora sobre las cuencas naturales hidrográficas, como son las de los ríos Turia, Segura y Júcar.

En suma, en la estrategia valenciana de cambio climático brillan por su ausencia las metas de cambio que incidan estructuralmente en el actual modelo agrícola. Se continúa con las políticas agrarias de irresponsable derroche en el consumo de un recurso tan vital y escaso como es el agua por parte de la agricultura convencional y el regadío valencianos. Estas inauditas ausencias fortalecen la continuidad de las actuales políticas públicas agrícolas en sus aspectos más biocidas e insalubres. Estas políticas carecen de porvenir y viabilidad futura por estar casi exclusivamente guiadas por los intereses economicistas del incremento de la competitividad, la productividad y las rentabilidades del sector y de los productores económicos de la agricultura valenciana, en mercados globales de exportación y en el mercado interior. No aparece en el texto de la estrategia climática 2020-2030 ni una palabra, ni una descripción, y mucho menos unas metas concretas evaluables en su cumplimiento, que afronten la imperativa reducción de los regadíos y de la demanda de agua en la agricultura valenciana.

Algo muy parecido ocurre cuando se trata del sector económico de producción de carne para alimento humano. No se plantean las metas climáticas y ecológicas de una reducción sustancial de la producción y el consumo de carne industrial ni de los cultivos para pienso animal. Los objetivos declarados simplemente ignoran la problemática de las emisiones directas a la atmósfera causada por la ganadería y los daños climáticos, ecológicos y de salud generados por este modelo agroalimentario de producción de carne para el consumo humano.

Es muy semejante lo que ocurre con las políticas de actuación territorial. Una estrategia creíble y relativamente eficaz ante la emergencia climática habría de establecer des-inversiones y unas limitaciones nítidas al consumo y las actividades que comportan fuertes demandas de materiales minerales extractivos, no basta con las “buenas prácticas” voluntaristas de ahorro, eficiencia, reutilización y reciclado. Pero nada de esto se contempla en la estrategia climática, a pesar de las abultadas cifras valencianas en el consumo de cemento y de la masiva ocupación del suelo por edificaciones e infraestructuras de todo tipo.

Tampoco reciben atención los nuevos proyectos de infraestructuras, como por ejemplo es la ampliación del Puerto de Valencia. Los nuevos proyectos de reforma y ampliación de aeropuertos, autovías y carreteras, alojamientos turísticos y hoteles, de grandes centros comerciales, implican dramáticas pérdidas de bienes y servicios naturales, ecosistemas, espacios naturales y tierras fértiles, que a su vez constituyen retroalimentaciones negativas sobre los metabolismos climáticos.


La estrategia valenciana tampoco establece medidas legales de fiscalidad, contratación pública ni prohibiciones para reducir sustancialmente en origen los volúmenes de la producción de residuos, como por ejemplo son los plásticos y embalajes de alto impacto energético y ambiental.

 

4. La asignatura pendiente de la conservación y protección de la biodiversidad y los ecosistemas

La estrategia climática valenciana se desentiende radicalmente del importante papel que tienen nuestras relaciones con otros seres no humanos, animales y vegetales, a la hora de enfrentarnos con un relativo éxito a la tragedia climática y ecológica.

Contrariamente, son prioritarias las acciones de conservación y protección ambiental de ríos, bosques de ribera, zonas húmedas, montañas y zonas forestales, playas, litoral, ecosistemas terrestres y marinos, que son guardianes de la biodiversidad y sumideros naturales de los gases efecto invernadero. Sin embargo estos refugios naturales padecen los crecientes impactos humanos de contaminación y destrucción, causados por las retroalimentaciones de las malas prácticas, la sobreexplotación, las edificaciones e infraestructuras físicas de todo tipo, la agricultura químico intensiva convencional, la minería, etc. Estas perturbaciones inciden en la creciente degradación y pérdida de la calidad de tierras, aguas y aire, y en la consecuente reducción y desaparición de la flora y fauna terrestre y acuática, que afecta de lleno a especies de invertebrados, insectos, anfibios, aves, peces, reptiles y mamíferos.

Cualquier estrategia valenciana de cambio climático que quiera ser mínimamente efectiva tendría que tomar en serio la acelerada pérdida de biodiversidad y de ecosistemas valiosos en el territorio, mediante una significativa ampliación de los espacios naturales que reciben una especial protección legal y recursos para su cuidado y recuperación.

Se hace necesario y urgente el freno y retroceso urbanizador en el territorio valenciano, mediante una política de des-inversiones urbanizadoras y una paralela resilvestración, que además afronten la prohibición tajante de más urbanizaciones e infraestructuras en el litoral y en otras zonas que son habitats y refugio de una valiosa y singular biodiversidad.

También resulta indispensable la prohibición del uso de agrotoxicos “fitosanitarios” de la agricultura químico intensiva convencional, que no solo es gran consumidora de aguas y de energía fósil, también de especies y biodiversidad. Los habitats de valor ambiental y protegidos han de estar libres de agrotóxicos, al igual que los entornos humanos, urbanos y rurales. Por ejemplo, es alarmante lo que viene ocurriendo con el herbicida glifosato, que a pesar de ser un biocida de efectos indiscriminados muy peligrosos es comúnmente utilizado en “limpiezas” de “malas hierbas” en jardines, campos agrícolas o carreteras.

Siguiendo los diagnósticos y las recomendaciones de numerosos informes científicos, es urgente un plan de choque que se dote de los medios y recursos efectivos para la ampliación de las protecciones y la recuperación de los parajes naturales de valor ecológico y de los ecosistemas que ya reciben reconocimiento y protección legal en el territorio valenciano. Han de frenarse con urgencia los vertidos tóxicos en ecosistemas valiosos y en espacios naturales legalmente protegidos, como ocurre en el caso emblemático del Parque Natural de la Albufera de Valencia, que padece un crónico abandono por parte de las políticas públicas valencianas. A los muchos males ambientales asociados a la fuerte presión antropogénica metropolitana, en la Albufera se agrega la presión de los vertidos urbanos, agrícolas e industriales que directamente recibe con insuficiente o nula depuración. A estos afecciones ambientales sobre la Albufera de Valencia se suma la insuficiencia de aportes de agua dulce y la consecuente perdida de la calidad de sus aguas, todo ello en su conjunto tiene multiplicativos efectos dramáticos en su única y singular biodiversidad.

5. Indiferencia y negación de la percepción y preocupación social ante los problemas ecológicos y climáticos

Toda la estrategia valenciana de cambio climático se asienta sobre una premisa indocumentada, absolutamente falsa y carente de todo respaldo empírico, sobre la percepción social de los problemas climáticos y ecológicos (p.23). Resulta muy escandaloso y tendencioso el hecho de que todo el texto de la estrategia se apoye en el falso supuesto sobre la “escasa” o “nula” percepción social sobre los problemas ecológicos y climáticos.

Resulta errónea o malintencionada la idea de que el cambio climático no es percibido por la sociedad valenciana como un problema preocupante, urgente y prioritario. Este supuesto de partida, que es eje legitimador de todo el borrador de la estrategia climática valenciana, contradice los conocimientos sociales acumulados desde hace más de tres décadas por el pensamiento científico social más solvente, como es el proveniente del cuerpo de conocimientos académicos e investigadores de la sociología ecológica.

Resulta evidente que la misma estrategia valenciana de cambio climático quiere buscar coartadas pseudo-científicas mediante la supuesta “indiferencia o escasa concienciación” ambiental presente en las opiniones y mentalidades ciudadanas, para poder justificar la continuidad de las actuales políticas autonómicas de gobierno, orientadas como están por las prioridades del crecimiento económico-material y la competitividad comercial. Contrariamente a este activo negacionismo institucional, los daños climáticos y ecológicos desde hace décadas son entendidos como graves o muy graves y son asunto de preocupación social, tal y como confirman numerosos estudios científicos-sociales de opinión realizados desde diferentes perspectivas metodológicas en la sociedad valenciana y en el resto de regiones y países. Se afirma en el texto borrador (p.21):

“En ella se dibuja un panorama en el que la sociedad en general, vislumbra el problema como lejano, tanto en el tiempo como en el espacio, mantiene un comportamiento como si el problema del cambio climático no existiese y confía en que la solución al problema pase exclusivamente por soluciones tecnocientíficas. En lo que respecta al plano individual, de estos estudios se infiere, que la ciudadanía percibe el cambio climático como un tema que no es ni prioritario ni relevante.”


Sin embargo, los resultados comparados de las encuestas y estudios de opinión, cualitativos y cuantitativos, realizados en los diferentes los países vienen estableciendo el mismo diagnóstico: la gran preocupación social existente y la valoración de gravedad de los mismos. Además, estas opiniones se distribuyen transversalmente en la población, es decir no se acumulan en ningún sector de actividad, colectivo o grupo específico. También afectan muy similarmente a países desarrollados del Norte Global y a los menos desarrollados del Sur Global, sin grandes diferencias significativas. Se puede decir que la preocupación social y la gravedad percibida es inter-clasista, inter-ideológica, inter-género, inter-cultural, inter-étnica, ...

Esta preocupación masivamente extendida pone en valor las necesidades y urgencias de protección y cuidado de las realidades socioambientales dañadas y amenazadas que denominamos naturaleza, especies, ecosistemas … Estas creencias a favor de los valores ecológicos, cuando el bien, la actividad o el problema ambiental no afecte directamente a los propios intereses particulares, vienen siendo registradas una y otra vez por los dispositivos de indagación científico-social, y adoptan diferentes grados de intensidad dependiendo de la realidad y problemática concreta y de los costes y sacrificios en juego. Estas amplias adhesiones a los valores ambientales que se han venido a denominar consenso ambiental, abren la posibilidad de acciones y políticas públicas más contundentes que avancen en soluciones eficaces en la protección, conservación y restauración ecológicas. Se trata por tanto de creencias y valores muy difundidos a favor de acciones decididas frente a los desastres climáticos y ecológicos cada vez más presentes y percibidos, que incluso se ponen por delante de las metas declaradas a favor del crecimiento económico.

La sociología con fundamentos ecológicos ha desarrollado un cuerpo de conocimientos de gran consenso académico y muy fundado en datos empíricos comparativos desde hace 30 años. Se constata una y otra vez la existencia de muy amplias mayorías sociales con percepciones y creencias pro-ecológicas, sin diferencias significativas en relación a variables estructurales de desigualdad, como son el sexo, la clase económica, los estudios, las ideologías políticas, la profesión, las diferencias étnicas, territoriales, de desarrollo, etc. Esta amplia preocupación social que es objeto de reflexión y análisis en numerosos estudios científicos y divulgativos, también se expresa diariamente en los titulares y las noticias sobre los accidentes y las catástrofes ecológicas que se registran y divulgan en los medios de comunicación de masas. Este cuerpo de conocimientos especializados hoy se viene transmitiendo en las distintas Universidades españolas y valencianas, está presente en planes de estudio de Grados, Másters, cursos y seminarios, mediante los que se forman y entrenan a los estudiantes en estos conocimientos científicos socioecológicos.

La gente declara estar preocupada o muy preocupada por concebir como graves o muy graves las problemáticas ambientales, y quieren soluciones eficaces al respecto, aunque no sepan bien cuales han de ser las mismas, ni quienes han de ser los actores sociales que han de encargarse de ello. Las informaciones científicas más solventes apuntan a que las percepciones sociales sobre la gravedad de los problemas ecológicos y las preocupaciones sobre los mismos por parte de la población en general, y la valenciana en particular, van muy por delante de los discursos y de las tímidas políticas públicas ambientales.

En definitiva, el cambio cultural de mentalidades que se expresa en opiniones y creencias rastreadas por el conocimiento científico-social es radicalmente antagónico con los supuestos centrales que organizan el conjunto de políticas públicas y acciones previstas en la estrategia valenciana de cambio climático.

6. Inacción institucional y la culpabilización de la ciudadanía

La culpabilización ciudadana es la otra cara del falso supuesto de la escasa o nula sensibilización social en relación a los problemas ecológicos y climáticos. Pero ocurre que esta supuesta indiferencia ecológica en la conciencia ciudadana es activamente alimentada por parte de las políticas públicas, a modo de profecía autocumplidora. Las prioridades neoliberales de crecimiento de la economía material asumidas por las políticas públicas valenciana colocan a la ciudadanía en una posición de rehén y obstaculizan las iniciativas ciudadanas de responsabilidad ecológica, individuales o colectivas. Esta radical inadecuación de las instituciones y las políticas públicas invita activamente a la inacción y al pasotismo ciudadano a la hora de afrontar cambios individuales y colectivos que hagan las paces con el planeta y el clima.

Culpar a la ciudadanía por su supuesto “rechazo” a posibles políticas ecológicas más ambiciosas, realistas y responsables debido a que no está suficientemente preocupada ni concienciada, resulta infundado, deshonesto y manipulador. La gran debilidad de los comportamientos sociales responsables frente los dramas ecológicos y climáticos no responde exclusivamente a los factores culturales de falta de sensibilización, también es efecto de las imposibilidades que encuentra la ciudadanía para poder llevar a la práctica las opciones pro-ecológicas alternativas. Este bloqueo ejercido por parte de las instituciones y políticas públicas de todo tipo a menudo imposibilita estas prácticas. Las explicaciones incongruentes que cargan sobre la gente la responsabilidad de los escasos cambios en valores y comportamientos, se utilizan como argumento legitimador de la fuerte orientación culturalista, pedagogizante, concienciadora, individualista y voluntarista de la estrategia climática valenciana.

Pero conviene no olvidar que un factor determinante de la pasividad en los frágiles comportamientos pro-ambientales de la ciudadanía valenciana, individuales y colectivos, está en las propias instituciones públicas y sus políticas, que impiden, dificultan o castigan los cambios de actitud a favor de responsabilidad ecológica y climática. Esta indiferencia ecológica institucional impide y hace imposible los cambios sociales a favor de unos estilos de vida y hábitos de consumo ambientalmente menos agresivos y con menor huella ambiental destructiva. La ciudadanía está sometida a la fuerte presión de unas políticas públicas y unos discursos y valores que entronan continuadamente las prioridades del crecimiento económico y el desarrollo sin final, que al unísono es concebido como incuestionable, imparable y sin alternativas por parte de los actores económicos y las grandes empresas.

Se trata por tanto de un negacionismo instituido a la hora de decir la verdad y de acometer mediante las políticas públicas los cambios imprescindibles en comportamientos prácticos individuales y colectivos. En este sentido se puede decir que la población está institucionalmente forzada a mantener unos agresivos estilos de vida con alto grado de destrucción ambiental, tal y como se expresa en la aparente paradoja de que sectores sociales con menos rentas económicas o mileuristas, consumen aproximadamente 2,3 planetas y no están demasiado alejados de 2,7 planetas que consumen las clases medias altas. La razón de este aparente contrasentido refiere al gran daño ambiental incorporado en la oferta de los servicios, infraestructuras y bienes materiales que son ofertados por parte del Estado y organizan centralmente nuestras sociedades. Ni la población valenciana, ni la ciudadanía en general, pueden “reaccionar” con relativo realismo y responsabilidad a favor de la autocontención en el consumo de recursos ecológicos y energéticos en los comportamientos más derrochadores, porque los valores antagónicos del crecimiento inacabable constituyen las pautas y valores culturales dominantes reproducidas activamente por las políticas públicas, la legislación y los imperativos económicos y laborales.

Los valores y comportamientos a favor de más destrucción ecológica y climática son activamente defendidos y difundidos machaconamente por los principales poderes y actores políticos instituidos, por las políticas públicas de cualquier tinte ideológico-político, de izquierdas y de derechas, por los actores económicos, todos al unísono siguen priorizando los anacrónicos y peligrosos valores del crecimiento material inacabable, el tecno-optimismo y el consumismo ilimitado. Este negacionismo instituido, político, económico, cultural y práctico, está muy por detrás de la percepción ciudadana sobre el colapso climático y ecológico en curso.

Los objetivos vertebradores de la estrategia valenciana de cambio climático son paternalistas por centrarse en educar, concienciar, informar y formar a una población supuestamente indiferente o escasamente concienciada, para que comprenda y haga propios los problemas ecológicos y climáticos, y para que finalmente “reaccione” de forma individual, voluntaria y responsable. En definitiva, estas metas culturales de educación y concienciación social reflejan en todo caso una mala fe o una gran ignorancia e incomprensión sobre los cambios culturales y mentales que se están produciendo desde hace décadas.

7. Indicadores reduccionistas e insuficientes
que subestiman las emisiones y los daños climáticos

La inmensa mayoría de los indicadores presentados en la estrategia valenciana de cambio climático se orientan a la medida del aumento de la eficiencia energética y, en parte, ecológica, por cada unidad de producción, por cada vehículo, por cada hectárea, etc. Pero apenas hay indicadores ni objetivos evaluables, para poder registrar y establecer limitaciones claras sobre los volúmenes totales del consumo de recursos naturales.

Los indicadores empleados se centran casi exclusivamente en las emisiones de CO2, al tiempo se presta muy poca o ninguna atención a las emisiones tóxicas que se incorporan a los múltiples acoplamientos sinérgicos y metabolismos asociados al sobrecalentamiento climático, como por ejemplo es el metano que procede de la quema industrial de gas. De hecho, resulta inconcebible que la estrategia climática valenciana 2020-2030 incluso apueste explícitamente por fomentar las políticas anti-ecológicas y anti-climáticas de aumento de la quema de este combustible fósil en el periodo 2020-2030. Tampoco se plantean soluciones al grave problema del ozono O3 troposférico, que afecta muy gravemente a las comarcas del interior, a pesar de que las causas en su origen está en las zonas urbanas e industrializadas: en la quema de combustibles fósiles de chimeneas industriales y tubos de escape.

 


 

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