La semana pasada participaba en una delegación oficial de la Comisión de Peticiones a Bulgaria.  Próximamente presentaremos un informe con recomendaciones sobre lo que hemos constatado durante nuestra visita que respondía a peticiones, principalmente ambientales pero con una fuerte crítica democrática. Yo propondré la presentación de una pregunta oral y una resolución ante el pleno del Parlamento Europeo sobre los atropellos ecológicos en Bulgaria. 

                              

   Bulgaria tiene una valiente hornada de ecologistas que no tienen miedo de remar contra corriente, enfrentarse a la endémica y enquistada mafia o de desafiar la rampante corrupción del sistema de  justicia.    Son inteligentes, leídos,  jóvenes y en su mayoría mujeres.  Muchos son vegetarianos, defensores de aves y curtidos en la difícil defensa de las impresionantes playas vírgenes del mar negro con sus dunas, zonas húmedas y bosques costeros. También se enfrentan a la maquinas de complejos de esquí  que avanzan sobre las vivas cordilleras que cruzan este país balcánico. No importan que sean una pequeña minoría, como ongs como un incipiente pero ilusionante partido verde. Van a por todas. Tienen música, buenos alimentos naturales y una valentía poco común. Defienden Rila, Iraki, Kamchia, Kaliakra y muchos más lugares singulares que suenan cada vez más en los medios de comunicación y en los pasillos de las instituciones europeas en Bruselas.
 
   La labor verde búlgara lucha por la democracia frente a centenares de urbanizaciones ilegales (sin estudios de impacto, en medio de la Red Natura 2000, a  menudo sin tratamiento del agua...) algunas veces financiadas por el crimen organizado tanto nacional como el ruso.   Sí, hay una marcada presencia económica rusa en bulgaria. Se comenta que hasta el alcalde de moscú está construyendo un gran complejo urbanístico en la costa a través de la empresa de su mujer. Tampoco falta una nutrida presencia de constructoras españolas que aplican en Bulgaria su gran experiencia en el campo de la especulación y la destrucción de ecosistemas valiosos.  Vaya festín goloso están montando los "inversores" de todos los colores en medio de unos paisajes singulares, bajos precios y unas instituciones búlgaras tan maleables como la plastelina. Incluso hay indicios de que el propio estado búlgaro está involucrado en distintos pelotazos urbanísticos mediante la práctica de permutas de propiedades privadas sin valor a cambio de terrenos públicos en primera linea de playa, a menudo en espacios protegidos por el derecho comunitario. 
 
    A pesar de todos sus deficit democráticos  Bulgaria esta dentro la Unión Europea y es un país que recibe grandes sumas de fondos europeos "estructurales y de cohesión".  Precisamente estos días la Comisión Europea está considerando la retención de más de 300 millones de euros por la falta de garantías de como se gastan. 

 

    De mi visita me quedo con el espíritu y entrega de los docenas de verdes búlgaros que merecen todo el apoyo posible. 

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