Para la gran mayoría de las personas los insectos son plagas. Es muy chocante que ignoramos su imprescindible importancia para la vida. Según el gran biólogo E.O. Wilson: “Los insectos son las pequeñas cosas que gobiernan el mundo. Si toda la humanidad desapareciera, el mundo se regeneraría y volvería al estado de equilibrio que existía hace 10.000 años. Sin embargo, si los insectos desvanecen, el medio ambiente colapsaría”. Ahora mismo estamos en medio del desvanecimiento de los insectos y el silencio atronador de las abejas es solo uno de los indicadores fatídicos más evidentes.
Según unos grandes estudios científicos de campo llevados a cabo en Alemania y en Francia la mayoría de las poblaciones de insectos voladores están cayendo en picado. Podemos comprobar la evidencia anecdótica en la relativa limpieza de los parabrisas de los coches que viajan por la noche, que hace 20, 30 o 40 años acumulaban una gran cantidad de insectos que quedaban pegados al cristal. A consecuencia de este silencioso holocausto de insectos centenares de millones de pájaros se mueren por carecer de alimento. En muy pocas décadas se está rompiendo fatalmente los delicados y sensibles equilibrios de unas cadenas tróficas moldeadas a largo de decenas de miles de años.
Parte del altísimo precio ambiental de los alimentos que comemos cada día nos hace partícipes de una cruenta y macabra guerra química preventiva en contra de “las pequeñas cosas que gobiernan el mundo”. Con un sinfín de pesticidas y herbicidas la agricultura industrial está organizando una masiva guerra preventiva, que ni es selectiva ni precisa ni circunscrita a un espacio concreto. Las armas de destrucción masiva son unos pesticidas muy potentes que se usan de manera profiláctica, es decir son inespecíficos “por si acaso, matamos todo”. No se aplican directamente a las plagas sino a todo el campo, tampoco se utilizan después de constatar una plaga sino antes. Incluso se aplican estos agrotóxicos a las semillas antes de ser plantadas. El daño colateral es la muerte de un complejo entramado de insectos que son esenciales para el sustento de la vida.
El tipo de pesticidas que están matando a las abejas son denominados “neonicotinoides”, que actúan afectando al sistema nervioso central de los insectos. Se tratan de formulaciones químicas muy sofisticadas que también se aplican a la semilla y penetran en la planta durante su crecimiento extendiéndose por la raíz, el tallo y las hojas. Poseen un efecto residual largo en el tiempo, es decir su impacto es duradero y acumulativo. Estas semillas y las fumigaciones no solo matan, desorientan y enferman a las abejas productoras de miel sino también dañan a una multitud de abejas y avispas silvestres que son claves en la labor de polinización de las plantas de los bosques, las riberas de ríos, los prados y las zonas húmedas. Constituyen, junto a otros insectos voladores, unos eslabones imprescindibles para la reproducción de la vida.
En Europa alrededor de 37% de las poblaciones de abejas productoras de miel están en declive y en general el 40% de los polinizadores silvestres se enfrentan a la extinción. El 75% de los alimentos que comemos depende de su polinización. Todo esto sucede con la sinergia compleja de los estragos del cambio climático, la gran pérdida de hábitats naturales y los efectos sinérgicos de contaminantes de todo tipo.
La Unión Europea ha prohibido tres de los pesticidas (el “tiametoxam”, hecho por Syngenta, y la “clotianidina” y el “imidacloprid”, fabricados por Bayer) que matan a las abejas, aunque según muchos estudios puede ser solo la punta del iceberg. Esta prohibición de la UE es una acción excepcional, es la excepción que confirma la regla contraria. La triste realidad es que ni nuestra salud ni la naturaleza están siendo protegidas adecuadamente por las autoridades europeas y estatales. Se han autorizado centenares de pesticidas y herbicidas en la UE con bastante facilidad y sin mínimas garantías en sus efectos en riesgos y daños, siempre basándose en estudios muy sesgados y nada transparentes hechos por las mismas industrias que los fabrican. La UE no tiene la capacidad ni medios para acometer estudios propios e independientes. Además, en muchos casos los mismos reguladores y los mismos políticos están contaminados por los conflictos de interés de las “puertas giratorias” y los lobbies feroces de la industria química y de agro-tóxicos. Un ejemplo sangrante lo tenemos cerca de casa: la última Ministra de Medio Ambiente y Agricultura en los gobiernos de Rajoy era una exdirectiva de la empresa agroquímica Fertiberia.
Nosotros mismos somos las cobayas en un gran experimento agroquímico y dar la marcha atrás en lo posible es urgente. De hecho, en el 2017 se vendió en España más pesticidas que nunca.
Los pequeños agricultores también están entre la espada y la pared. Se enfrentan a una competencia feroz de todo el mundo que suele utilizar métodos aún más tóxicos que los de aquí con aún menos control. También sufren de una drogo-dependencia de la productividad agrícola de la industria química, que crea un círculo vicioso del cual es muy difícil de salir sin mucho apoyo de los consumidores y las administraciones públicas a favor de un cambio radical del modelo agrícola. Para salir del actual atolladero tóxico es imprescindible que la ciudadanía entienda que no existen alimentos “buenos, bonitos y baratos” y que la mayoría social de este país tiene que estar dispuesta a pagar más para unos productos agrícolas mucho más compatibles con la salud ambiental y el sustento digno de los agricultores.
Las soluciones son múltiples pero principalmente políticas. Dada la grave situación actual el necesario cambio cultural y del consumo seria demasiado lento sin unas iniciativas políticas de envergadura. Hace falta una acción reguladora contundente con muchas más prohibiciones de pesticidas y herbicidas. Han de aumentar las ayudas públicas a la agricultura ecológica local y periurbana con controles más estrictos de las importaciones agrícolas. Hay que potenciar también el control biológico de plagas tanto sobre las cosechas como con medidas radicales para la conservación de los hábitats de los insectos y aves. Necesitamos además regulaciones e importantes inversiones institucionales en una ciencia agrícola y ambiental pública e independiente de los conflictos de interés industriales. Otro reto es poner coto al poder de los lobbies agrotóxicos mediante unas nuevas leyes de transparencia y conflictos de interés de nuestras autoridades.
Estos son unos imperativos realistas a favor de la preservación de nuestra existencia en un planeta habitable y biodiverso donde se pueda vivir dignamente.
Tecnología, moralidad y negación de los límites planetarios
Richard Heinberg
Nuestro problema ecológico central no es el cambio climático sino nuestra adicción mental y material al crecimiento. El problema central actual en nuestras interacciones naturo-sociales es el exceso o la sobrecarga, de ello el calentamiento climático global es solo un síntoma y consecuencia. La translimitación por exceso de presión humana o de carga sobre una capacidad de carga ambiental determinada y decadente es un problema sistémico. En el último siglo y medio, enormes cantidades de energía barata proveniente de combustibles fósiles permitieron el rápido crecimiento de la extracción de recursos, la fabricación y el consumo; y esto, a su vez, condujo a las oportunidades de aumento de la población humana en la Tierra, la contaminación y la pérdida de hábitats naturales y, por lo tanto, de la biodiversidad. El sistema humano se expandió dramáticamente, sobrepasando la capacidad de carga a largo plazo de la Tierra mientras a la vez se alteraban los sistemas ecológicos de los que inevitablemente dependemos para nuestra supervivencia.
Hasta que no comprendamos y abordemos este desequilibrio sistémico entre carga humana y capacidad de carga de los sistemas naturales del planeta, el tratamiento solo sintomático, sectorial y de “final de tubería” (haciendo lo que podamos para revertir los atolladeros de contaminación como por ejemplo es el cambio climático, el querer salvar algunas especies amenazadas o querer alimentar a una creciente población humana con cultivos genéticamente modificados) constituirá una ronda interminable y frustrante de medidas provisionales e ineficaces. Unas “soluciones” que finalmente están destinadas a fallar dilapidando con ello oportunidades, traspasando líneas rojas de no retorno y reduciendo nuestras opciones y posibilidades de futuro y bienestar conjunto.
El movimiento ecologista en la década de 1970 se benefició de una fuerte infusión de pensamiento sistémico, que estaba en boga en ese momento histórico (el conocimiento científico aportado desde la ecología -el estudio de las relaciones entre organismos y sus entornos- es inherentemente sistémico, en oposición a estudios como son la química que se centran en la reducción de fenómenos complejos a sus componentes). Como resultado, muchos de los mejores escritores ambientales de la época enmarcaron la situación humana moderna en unos términos que revelaron los profundos vínculos estructurales entre los síntomas ambientales y la forma en que funcionan las sociedades humanas. En el estudio "Límites al crecimiento" (1972), que es una consecuencia de la investigación de sistemas de Jay Forrester, se investigaron las interacciones entre el crecimiento de la población, la producción industrial, la producción de alimentos, el agotamiento de los recursos y la contaminación. En "Rebasados" (“Overshoot" 1982), de William Catton, se identifica nuestro problema sistémico y se describe sus orígenes y desarrollo en un estilo que cualquier persona alfabetizada podría comprender. Se podrían citar muchos más libros excelentes de la época que también aportaron esta perspectiva sistémica.
Sin embargo, en las últimas décadas, a medida que el cambio climático ha llegado a dominar las preocupaciones ambientales, ha habido un cambio significativo en la discusión y el debate. Hoy en día, la mayoría de los informes ambientales se centran en el cambio climático, y rara vez se destacan los vínculos sistémicos y estructurales entre este y otros problemas ecológicos (como la superpoblación, la extinción de especies, la contaminación del agua y del aire y la pérdida de suelo y agua dulce). No es que el cambio climático no sea un gran problema, sí lo es, pero como síntoma de otros procesos sociales causantes del mismo. Nunca ha habido nada parecido en nuestra historia humana como es la temible amenaza ecológica a la supervivencia y el mismo futuro, y los científicos del clima y los grupos de defensa ambiental de la respuesta climática tienen razón al hacer sonar fuertemente la alarma colectiva. Pero si seguimos alimentando nuestra incapacidad de ver el cambio climático en el contexto y las causas humanas donde se produce puede ser nuestra perdición colectiva sin remedio posible.
¿Por qué los escritores, técnicos y divulgadores ambientales y las organizaciones de defensa ambiental sucumben a la estrecha y deformante visión de túnel? Quizás simplemente suponen que el pensamiento sistémico está más allá de la capacidad de los políticos. Ciertamente, es verdad que si los científicos del clima se acercaran a los líderes mundiales con el mensaje: "Tenemos que cambiar todo, incluido nuestro sistema económico completo, y rápido", es posible que se les cierre la puerta con rudeza. Un mensaje alternativo políticamente más aceptable y confiado es: "Hemos identificado un grave problema de contaminación, para el cual existen soluciones técnicas". Tal vez muchos de los científicos que sí reconocieron la naturaleza sistémica de nuestra crisis ecológica concluyeron que sí que podemos abordar con éxito la crisis de ruptura y no retorno ambiental, creyeron que podremos así ganar tiempo para tratar con otros problemas sistémicos que aún esperan (superpoblación humana, extinción de especies, agotamiento de recursos, y así sucesivamente).
Si el cambio climático y el resto de problemas socionaturales globales se siguen planteando de forma aislada y separada de las estructuras sociales y de nuestras estructuras mentales del crecimiento inacabable, para el cual se plantea que existe una solución tecnológica, las mentes de los economistas y de los políticos legisladores pueden continuar entonces pastando en los prados y las estrategias familiares al uso: del crecimiento y el desarrollo empujado por el mercado y el lucro económico. Esta fe y optimismo tecnológico se constituye así en una fantasiosa tabla de salvación, en este caso, con los generadores de energía solar, eólica y nuclear, así como las baterías, los automóviles eléctricos, las bombas de calor y, si incluso todo lo demás falla, la administración de la radiación solar podría hacerse a través de aerosoles atmosféricos, todo ello empuja a centrar nuestra atención en temas como la inversión financiera y la producción industrial necesarias. Entonces los participantes en la discusión no tienen que desarrollar la capacidad de pensar sistémicamente y desde su estrechez reduccionista y distorsionada están entonces condenados al no aprendizaje, a repetir y amplificar errores, ni siquiera necesitan comprender el sistema de la Tierra y cómo los sistemas humanos que encajan necesariamente en él. Todo lo que necesitan los problemas socioambientales percibidos de este modo es la perspectiva de cambiar solo algunas inversiones económicas y políticas sin afectar las políticas estructurales del desarrollo y el crecimiento, estableciendo tareas para los profesionales, técnicos y expertos, para que los ingenieros gestionen la transformación industrial-económica resultante que garantice con ello que los nuevos empleos en las industrias ecológicas compensen los empleos perdidos en las industrias, como los de las minas de carbón.
Esta estrategia de ganar tiempo con el solucionismo tecnológico “techno-fix” supone que seremos capaces de instituir un cambio sistémico en algún momento, pero desplazado al futuro, indeterminado y no especificado, aunque no podamos hacerlo ahora, el cambio y todas nuestras otras crisis sintomáticas serán susceptibles de tener soluciones tecnológicas eficaces. Este último camino de pensamiento no solo es cómodo para el campo político que abandera las políticas del crecimiento, también les viene bien a los gerentes e inversores del modelo de expansión y crecimiento sin final. Después de todo, aman la tecnología. Las tecnologías ya hacen casi todo por nosotros. Durante el siglo pasado resolvieron una serie de problemas importantes, como fueron la cura de enfermedades, la expansión de la producción de alimentos, agilizaron el transporte y nos proporcionan abundante información y entretenimiento en cantidades y variedades que nadie podría haber imaginado. ¿Por qué ahora la tecnología no debería ser capaz de resolver el cambio climático y el resto de nuestros problemas ecológicos que amenazan nuestra supervivencia y la del resto de seres vivos?
Por supuesto, este “solucionismo tecnológico” es un camino elegido es de altísimo riesgo. Al ignorar la naturaleza sistémica de nuestro dilema ecológico de suvervivencia solo puede significar que tan pronto como tengamos un síntoma acorralado, es muy probable que otro nuevo se desate y ensamble.
Pero, ¿es acaso racional que el cambio climático sea tomado como un problema aislado y totalmente tratable con la tecnología?. Después de haber pasado muchos meses analizando los datos relevantes con David Fridley del programa de análisis de energía en el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, nuestro libro resultante, Our Renewable Future, concluyó que la energía nuclear es demasiado costosa y arriesgada; mientras tanto, la energía solar y eólica sufren de intermitencias, y una vez que estas fuentes comienzan a proporcionar un gran porcentaje de energía eléctrica total se requerirá una combinación de tres estrategias a gran escala: almacenamiento de energía, capacidad de producción redundante y adaptación de la demanda. Al mismo tiempo, en las naciones industrializadas tendremos que adaptar la mayor parte de nuestro uso de energía actual (que se produce en los procesos industriales, la calefacción y el transporte) a la electricidad. En conjunto, la transición energética promete ser una empresa enorme de gran escala, sin precedentes conocidos en la historia humana en cuanto a sus requisitos de inversión económica y sustitución. A la hora de evaluar la enormidad de esta tarea, no hemos podido ver la manera de mantener la escala de las cantidades actuales de producción de energía global durante la transición, y mucho menos se puede aumentar los suministros de energía para seguir impulsando el crecimiento económico en curso. El mayor obstáculo de esta transición energética es la grandiosidad de la escala que necesita contraerse: el mundo usa una enorme cantidad de energía actualmente. Solo si esa cantidad puede reducirse significativamente, especialmente en las naciones industrializadas, podríamos imaginar una vía creíble y practicable con cierto bienestar hacia un futuro post-carbono.
La reducción de los suministros de energía del mundo reduciría efectivamente los procesos industriales de extracción de recursos, fabricación, transporte y gestión de residuos. Esa es una intervención sistémica decrecentista, exactamente del mismo tipo que la solicitada por los ecologistas de la década de 1970 que acuñaron el mantra de las Tres erres: "Reducir, reutilizar y reciclar". Llegaría al corazón del dilema ecológico de supervivencia instaurado en el sobreimpulso del desarrollo, como lo haría también la necesaria estabilización y reducción de la población humana, otra estrategia inapelable. Pero lamentablemente ocurre también que esta es una perspectiva sistémica a la que los tecnócratas, los industriales y los inversores son virulentamente alérgicos.
El argumento ecológico es, en esencia, un argumento moral, como he explicado con más detalle en un manifiesto recién publicado repleto de barras laterales y gráficos ("No hay aplicación para eso: tecnología y moralidad en la era del cambio climático, sobrepoblación, y pérdida de biodiversidad "http://noapp4that.org/). Cualquier pensador de sistemas que entienda el fenómeno del exceso y la sobrecarga comprende que los poderes políticos y económicos realizan unos tratamientos que están está participando activamente en un comportamiento adictivo. La sociedades humanas y las mentalidades de nuestra época hoy son adictas al crecimiento, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo e individual y para ello tenemos que renunciar a algo de lo que dependemos: nuestro enorme poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico, no debemos hacer todo lo que podemos hacer en nuestras relaciones socio-naturales. Eso requiere honestidad y una búsqueda profunda y orientada por principios morales y de justicia que integren nuestra hermandad humana y no humana, presente y futura, lo que significa un gran cambio en nuestros valores de orientación.
Cualquier pensador de sistemas que entienda la patología del exceso y a pesar de ello prescriba un mayor poder humano de intervención tecnológica como un tratamiento para resolver los problemas ecológicos, está participando efectivamente en una intervención con un comportamiento adictivo. Las sociedades humanas hoy son adictas al crecimiento indefinido de todo, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y las comunidades de seres vivos que lo habitan, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo, institucional, individual, nuestros hábitos y mentalidades conscientes e inconscientes, y renunciar a algo de lo que dependemos: poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos dejar de crecer, decrecer y contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico que repone el alcohol. Eso requiere honestidad, compromiso, responsabilidad y una búsqueda profunda.
En sus primeros años, el movimiento ecologista formuló ese argumento moral y funcionó hasta cierto punto. La preocupación por el rápido crecimiento de la población llevó a los esfuerzos de planificación familiar en todo el mundo. La preocupación por la disminución de la biodiversidad condujo a la protección de algunos hábitats naturales. La preocupación por la contaminación del aire y el agua dio lugar a una serie de regulaciones y normativas legales restrictivas. Estos esfuerzos no fueron suficientes, pero mostraron que enmarcar nuestro problema sistémico en términos morales podría obtener al menos algo de tracción y empuje para los cambios.
¿Por qué el movimiento ecologista no ha tenido éxito? Algunos teóricos que ahora se autodenominan "verdes brillantes" o "eco-modernistas" han abandonado por completo la lucha moral. Su justificación para hacerlo es que la gente quiere una visión del futuro que sea alegre y que no requiera sacrificios. Ahora, dicen, solo una solución basada en la fe y la magia tecnológica ofrece alguna esperanza. El punto esencial de este ensayo es simplemente que, incluso si el argumento moral falla, un arreglo técnico tampoco podría funcionar y está condenado al fracaso rotundo. Una gigantesca inversión en determinadas tecnologías (ya sea la energía nuclear de próxima generación o ya sea la geoingeniería de la radiación solar) se puede anunciar como nuestra última esperanza, pero en realidad no es ninguna esperanza en absoluto y nos hará avanzar en la caída cuesta debajo de todo tipo de males.
La razón del fracaso hasta ahora del movimiento ecologista no fue que apelara a los sentimientos morales de la humanidad; de hecho esto ha sido una gran fuente de fuerza del movimiento. El esfuerzo no ha sido suficiente porque no ha podido ser capaz de alterar el principio organizativo central de las sociedades industriales, que es también su defecto fatal y suicida: su perseverancia en el crecimiento a toda costa. Ahora estamos en el punto histórico donde finalmente debemos apostar por tener éxito en la superación del crecimiento o enfrentar el temible fracaso, ya no solo del movimiento ambiental, sino de la civilización industrial misma.
La buena noticia es que los necesarios y urgentes cambios sistémicos son de naturaleza fractal: implican y de hecho requieren, acciones en todos los niveles de las sociedades humanas. Podemos comenzar con nuestras propias elecciones y comportamientos individuales; podemos trabajar dentro de nuestros grupos y entornos de influencia, en nuestras comunidades. No necesitamos esperar un cambio catártico global o nacional. Incluso si nuestros esfuerzos no pueden "salvar" la civilización industrial consumista, aún podrían tener cierto éxito en plantar las semillas de una cultura humana regenerativa digna para la supervivencia.
Hay más buenas noticias: una vez que los humanos eligen restringir nuestros números totales, nuestras tasas de consumo de recursos naturales cada vez más escasos y enfermos, la tecnología puede ser parte de nuestros esfuerzos. Las máquinas pueden ayudarnos a monitorear los avances y retrocesos, y existen tecnologías relativamente simples que pueden brindar servicios necesarios con menos uso de energía y materiales, con menos daño ambiental. Algunas formas de estas tecnologías podrían incluso ayudarnos a limpiar la atmósfera y restaurar ecosistemas. Pero esto no quiere decir que las máquinas serán las que tomarán las decisiones clave guiadas por valores extra-tecnológicos que nos pondrán en el camino de la sostenibilidad. El cambio sistémico ha de estar guiado e impulsado por el despertar moral: no es solo nuestra última esperanza; es la única esperanza real que tenemos.
La semana que viene el Parlamento Europeo votará la nueva Directiva de Copyright.
Estamos ante una nueva privatización de la cultura, la educación y la ciencia que amenaza los comunes del conocimiento con un encierro clasista que permite acciones fácticas y hechos consumados por parte de grandes empresas privadas no incluyen las mínimas garantías de transparencia, posibilidad de recurso, presunción de inocencia y un proceso justo. Es un precedente muy peligroso para la privacidad y el futuro de la democracia. Además, es un ataque frontal a la neutralidad de la red, la no discriminación a los contenidos por parte de los servidores de internet.
El problema principal planteado que está en juego es dar la responsabilidad policial no-selectiva a las plataformas digitales privadas por el contenido subido por sus usuarios que podiera infringir los derechos de autor. Han empaquetado esto bajo la etiqueta "compartir el valor" pero la gran mayoría del valor seguirá con las grandes editoriales, la industria musical y las plataformas que controlan los derechos de autor. Resulta que a pesar de unos ingresos más altos que nunca de la industria cultural, gracias a los ingresos digitales, el reparto de estos ingresos sigue siendo muy injusto para los pequeños creadores. Bajo el disfraz de una revisión de derechos de autor y en lugar de enfrentarse a este reparto injusto, la Comisión Europea introduce una propuesta que impone obligaciones para que las plataformas en línea filtren TODO el contenido que suben los usuarios para corregir esta "brecha de valor". El contenido filtrado podría ser cualquier cosa: código de software, contribuciones de Wikipedia, documentos compartidos en Dropbox, etc. lo que sea. La Comisión Europea, empujada por los lobbies industriales y sus aliados políticos del PP y el PSOE, quieren que la industria lo filtre todo, lo que abre la puerta a todo tipo de abusos fácticos sin ninguna garantía normal del estado de derecho. En la práctica, esto requeriría que las plataformas en línea monitoreen de manera exhaustiva todo lo que se esté cargando/subiendo/bajando y eliminarlo si pudiera generar cualquier incertidumbre legal. Esto amenaza los derechos humanos protegidos por el derecho europeo e internacional, y daría lugar a un enorme "chill factor" o "efecto de enfriamiento" sobre la libertad de expresión, la censura privada masiva y socavaría la innovación y la competencia justa. Muchos creadores y artistas se oponen a esta ley porque favorecerá el control y concentración de la cultura, las noticias y el espectáculo por parte de las grandes empresas. Google, Youtube y Facebook no tendrán problemas para afrontar este reto tecnológico y financiera pero supondrá unas barreras infranqueables para los nuevos start-ups y pequeñas plataformas. El mal que genera es mucho más que el bien que hará a una minoría de creadores. Se tira el bebé con el agua sucia del baño.
Hay otras formas más democráticas y eficaces para mejorar las rentas de los pequeños creadores sin minar los derechos fundamentales.
VER AQUÍ: https://www.levante-emv.com/valencia/2018/09/05/pesadilla-cocina-urbanistica-valenciana-nuevo/1763959.html
Mara Cabrejas / David Hammerstein 05.09.2018
Estamos ante un nuevo proyecto desarrollista de la ciudad de Valencia: el PAI del nuevo barrio del Grao. Este plan urbanizador está llamado a convertirse en una pesadilla social y ambiental para el presente y futuro de la ciudad. Por mucha propaganda de lavado verde que se le intente dar lo cierto es que se trata de un anacrónico y nefasto proyecto urbanizador que repite viejas recetas del "pelotazo" y está a años luz de ser un "urbanismo sostenible". No hay salud ambiental ni un urbanismo justo si se levantan unas gigantescas y enfiladas torres sobre un tapiz de manicura "verde", que a ojo de pájaro ofrecerán panorámicas desde unos palcos caros y exclusivos bien distantes del bullicio popular de los barrios marítimos.
El "nuevo barrio del Grao" busca hacer un "corte quirúrgico" con el pulso de la ciudad consolidada, con sus fachadas, tiendas, mercados, bares, plazas y rincones, entre otros lugares que hacen florecer el tejido relacional y la vitalidad vecinal. Aunque algún edificio aislado pueda tener cierta "calidad arquitectónica" lo cierto es que los "no lugares" que crearán los veinte rascacielos proyectados tendrán una trágica significación urbana y social: más barreras, separación, división, anonimato, inseguridad, desafecto, fealdad, indiferencia identitaria...
Muchas experiencias similares de crecimiento urbanístico han sido fracasos estrepitosos en numerosas ciudades europeas y americanas. La mayoría de los engendros urbanísticos que se alzan contra la escala humana de la ciudad se han convertido en tristes, fríos y banales guetos elitistas, o bien han derivado en zonas marginales separadas de la vida ciudadana. Estos nuevos barrios contra-natura quedan abandonados durante muchas horas del día y llegan a perder las condiciones mínimas de seguridad y sociabilidad, al tiempo que levantan muros sociales sociales contribuyen al deterioro conjunto de las condiciones ecológicas y de salud de la ciudad. El proyecto del Grao es en realidad una negación del lugar, del territorio, de la ciudad y de cualquier realidad histórica, comunitaria y ambiental. La trama del espacio urbano tradicional se sustituye por un ornamento pseudo-natural que rodea los edificios por debajo, donde las calles, plazas y gentes desaparecen, solo queda el sucedáneo de manchas verdes entre las que se abren paso las líneas de asfalto para el recorrido de los automóviles.
A pesar de la enorme deuda histórica que tiene Valencia por el maltrato que han recibido los barrios de Natzaret, La Punta, El Cabanyal, la Malvarrosa y del Grao mismo, el PAI del Grao instaurará un nuevo apartheid social y físico con una estructura urbana más descosida que nunca, desviando las inversiones privadas hacía una nueva construcción de altas rentas en lugar de la rehabilitación. Este autoritario y faraónico plan urbanizador en realidad no busca tejer las tramas sociales y urbanas entre barrios, es imposible la pregonada "conexión" mediante la simple apertura de unas calles y puentes, y mucho menos con las barreras de grandes bulevares y avenidas desbordadas de carriles, vehículos, ruidos y humos tóxicos. Las veinte tristes torres de lujo en medio de unos fríos espacios fantasmagóricos e insípidos no pueden coser los desgarros urbanos, sociales y ecológicos ni tampoco pueden unir los barrios marítimos. Estamos ante un plan sin alma. Su cirugía faústica de gentrificación, alérgica a las vecindades humanas actuales, tampoco aliviará los padecimientos de los ecosistemas vecinos colindantes: los fluviales del Turia y los periurbanos de la huerta.
Dada la gran envergadura de esta nueva catástrofe urbanizadora que se suma a otras amenazas sobre la fachada marítima (el aumento de la capacidad portuaria para cruceros, la Zal sobre La Punta, la ampliación de la V-21, el Acceso-Nord al Puerto, el mal estado del Parque de l´Albufera...), el debate político abierto desde el PSOE, Compromís y el PP en torno al nuevo barrio es muy tendencioso y reduccionista, se reduce a algunos elementos aislados, como es la discusión sobre un paso subterráneo o uno elevado sobre las vías del tren. Se niega y disimula el gigantismo deshumanizador implicado en la construcción de más de 2.500 viviendas de lujo y centenares de plazas turísticas repartidas en 20 rascacielos de 30 plantas, una gran torre hotelera de 45 alturas, amplias avenidas cargadas de viales de tráfico e incluso algunos canales navegables. La izquierda gobernante tampoco parece cuestionar el hecho de que los promotores económicos sean unos cuantos holdings empresariales movidos por el negocio especulativo cortoplacista bien ajeno al bien común y al bienestar que revierta en el conjunto de la ciudad.
Los voceros políticos de este desarrollismo desbocado alcanzan un hito en cinismo y manipulación social cuando etiquetan el proyecto de "sostenible" al tiempo que ocultan la inmensidad de los daños socioambientales asociados al mismo. La colocación de unas cuantas placas solares y de unos carriles bicis solo son unas gotas en un océano de creciente destrucción ambiental. Nuestros gobernantes usan con empacho eslóganes engañosos del lobby turístico al hablar de "delta verde" cuando no hay ni delta ni desembocadura. En realidad estos barnices ambientales resultan inútiles porque crecen los volúmenes totales en consumo d e recursos, emisiones y residuos contaminantes. La meta no es hacer un gran parque para el disfrute y encuentro de la ciudadanía valenciana. El objetivo principal de este suelo verde troceado es el de servir de decorado para realzar la grandiosidad fálica de los edificios. Ni siquiera se contempla recuperar la conexión del viejo cauce con el mar.
Esta pesadilla urbanizadora traerá más tráfico motorizado desde todas las direcciones y empeorará significativamente la calidad del aire del Grao, ya muy resentida por las actividades contaminantes del Puerto. Su compulsión desarrollista en favor de la expansión de amplias vías para la circulación privada de vehículos bloquea la necesaria reducción del uso del coche en el conjunto de la ciudad y hará fracasar cualquier política de movilidad sostenible. Se construirán miles y miles de aparcamientos residenciales y rotatorios comerciales que garantizarán el dominio de una movilidad tóxica, su intensidad y volumen no podrá contrarrestarse con tranvías y zonas peatonales.
El pseudo-parque "regalado" también esconde lastres importantes: amputa trozos del viejo cauce que muere antes de llegar al mar y gran parte del nuevo suelo ajardinado, roto y rodeado de insalubres viales de tráfico, sufrirá las sombras alargadas y los reflejos caloríficos que arrojarán los edificios de 30 y 45 plantas. Al disparatado y derrochador consumo de energía típico de los rascacielos se sumarán los impactos ambientales de los materiales de construcción y la huella destructiva de su extracción minera en los territorios de abastecimiento, como entre otros es la Serranía. Esta noria de daños ambientales guiados por la religión laica del crecimiento indefinido (algo físicamente imposible y peligroso en un planeta finito y cada vez más maltrecho) también se alimentará con la acelerada turistificación y la compra de segundas viviendas por parte de extranjeros y fondos de inversión. El balance climático y ambiental solo puede ser muy negativo.
¿A quién beneficia este modelo de barrio clasista y a quiénes perjudica? ¿Qué necesidades sociales satisface? El plan del "nuevo barrio del Grao" es un ejemplo paradigmático de negación y suplantación del barrio y la ciudad por edificios endiosados. Esta "purificación arquitectónica" refleja muchas de las ideas repetidamente malogradas del urbanismo moderno y sus propuestas de zonificación y separación de usos. Sus erectos bloques de gran altura y su dependencia del coche privado manifiestan la agresiva desconexión de sus variopintos vecinos: los barrios marítimos, los ecosistemas fluviales, los agroecosistemas de la huerta, que contrariamente necesitan planes de conservación, recuperación y resilvestración.
Pido a los políticos de todos los colores que dejen de utilizar la palabra sostenible.
"Sostenible” es una palabra que arde estupendamente en la hoguera de las vanidades políticas. “La movilidad sostenible”, “la alimentación sostenible”, “el turismo sostenible”, “el urbanismo sostenible” o “la construcción sostenible” son pregonados a los cuatro vientos por nuestras autoridades políticas y los demás élites. Nos machacan descaradamente con el uso cínico y falso de un término en su afán de buscar un aplauso ciudadano por su pretendida preocupación por el medio ambiente y la biodiversidad, la lucha contra el cambio climático, la salud y la conservación del patrimonio histórico y natural. Por el contrario, en la práctica sobre el terreno valenciano (las acciones, la cifras y los indicadores biofísicos) el uso repetido del adjetivo “sostenible” suele anunciar unos impactos reales nefastos que son todo el contrario de la sostenibilidad ambiental. ¡Todos a tierra, que viene “lo sostenible”!
Aunque lo ignora olímpicamente nuestra clase política, la sosteniblidad significa reducir el consumo de recursos en términos absolutos, es decir adelgazar la escala de la economía física. Así, para hablar en serio de sosteniblidad es muchísimo más que plantear unas placas solares, unos carriles bici, el reciclaje o aumentar ligeramente la eco-eficiencia con la “economía circular” tan cacareada . La sostenibilidad solo se consigue al menguar la escala física del número total de coches, al frenar en seco a la pérdida de biodiversidad, de los suelos valiosos, de las tierras fértiles de huerta. No significa un consumo más limpio sino menos consumo de todo. No significa más reciclaje sino menos generación de residuos. No significa más depuradoras sino menos extracción y consumo de agua, como menos extracción de carbón, de madera y de minerales en términos absolutos, Quiere decir más huerta total con menos destrucción urbanizadora. No se trata solo de entrar en un supermercado con productos bio, "naturales" o "locales, sino poder comprar con muchísimo menos(o sin) plástico, aluminio, cristal y cartón. Quiere decir la progresiva eliminación de embalajes y no solo de su reciclaje o re-utilización. Significa menos cantidades totales de antibioticos, fitosanitarios, pesticidas y nitratios en nuestra agricultura y ganadería. No quiere decir solamente más carriles bicis y mas zonas peatonales sino menos coches totales circulando. La eco-eficiencia solo puede ayudar alcanzar al sostenibilidad si hemos regulado unos techos legales máximos de consumo sostenible, ahora inexistente y que ni siquiera planteado politicamente. Es decir, legislar unas cantidades totales de consumos y emisiones que se reducen progresivamente cada año. En suma, quiere decir la suficiencia.
Esta política de suficiencia es necesaria y es posible hacer sin dañar la calidad de vida de la gente de aquí y, además, es imprescindible hacerla para poder ser mínamente solidarios con las personas del Sur global con quienes tenemos que compartir un planeta finito que no solo no crece sino se encoge en su capacidad de carga bajo las crecientes presiones poblacionales y bajo unas demandas de consumo que se disparan.
No basta una mayor eco-eficiencia y más reciclaje porque puede alimentar mediante un “efecto rebote” aún más el crecimiento del consumo, del volumen total materiales, emisiones y residuos.
Es mentira que nuestra vida de sobreconsumo y de despilfarro pueden seguir igual con solo cambiar nuestras pautas de reciclaje y de compras. La ideología detrás del "la economía circular" crea una falsa confianza de que que con unos ajustes tecnológicos modernos y con el aumento de la re-utilización de materiales y del reciclaje podemos seguir aumentando el consumo de materiales. "El efecto rebote" de la eco-eficiencia come todo o casi todo de los ahorros de la eficiencia porque aumenta la demanda del consumo al reducir el precio y abaratar los procesos industriales. Lo que se gana por un lado se pierde por otro al estimular más la demanda. Es rotundamente falso y incluso desafía las leyes de la física que podemos ser más “sostenibles” comprando más. El "desacoplamiento" de la economía expansiva de la destrucción ambiental es un mito. Solo funciona a nivel relativo: se aumenta el consumo y el crecimento con un poco menos de materiales. Pero en términos absoluitos, lo que importa para la naturaleza, se aumenta el consumo, la extracción y la inssotenibilidad de nuestra relación con el planeta.
¿Que es un techo ecológico? Actualmente no hay límites: el cielo es el límite. Si hubiera techos ecologicos sobre los volumenes de consumo (con medidas fiscales y de penalizaciones para desincentivar el consumo de materiales), entonces la ecoeficiencia podria ayudar. Sin regular unos techos de volúmenes absolutos de consumo las medidas de eficiencia pueden seguir alimentando el aumento consumo insostenible, además de la engañosa satisfacción de que estamos defendiendo el medio ambiente.
Una estrategia política muy manida es magnificar lo “sostenible” anecdótico para tapar la insostenibilidad global en un campo de actuación pública o privada. En otras palabras, publicitar hasta la saciedad un pequeño ejemplo “verde” para desviar la atención de una realidad ambiental general cada día más “negra”. Esto sucede con la “movilidad sostenible” en Valencia. Una série de modestas actuaciones loables a favor de la bicicleta y el peatón, sobretodo en el centro histórico de la ciudad no pueden esconder el hecho irrefutable de una cifras que evidencian que cada años entran y circulan más coches en la ciudad que arroja unos niveles muy insalubres de contaminación en los lugares donde trabajan, estudian y viven la mayoría de la ciudadanía valenciana. En este contexto de expansión motorizada la promoción de la bici es un hecho anecdótico positivo que se utiliza para la muy cínica y falsa noticia de que Valencia está en la vanguardia de la “movilidad sostenible” y para evitar un debate serio sobre las medidas serias necesarias para reducir globalmente el desbocado uso del coche en la ciudad.
"Valencia capital de la alimentación sostenible” es otro slogan publicitario que se deshace como un azucarillo ante un análisis más ponderado. La mayoría de los alimentos que se venden como “sostenibles” están hechos con agrotóxicos. En volúmenes totales cada vez se utilizan en la Comunidad Valenciana más antibióticos, más pesticidas y más fitosanitarios de todo tipo.
Hay que decirlo muy fuerte: NO ES COMPATIBLE. Los voceros políticos de “lo sostenible” suelen afirmar que toda actuación destructiva es “compatible” con la protección ambiental cuando es una clamorosa y evidente obviedad que no lo es. Es deshonesto y delirante que afirmen que la ampliación de los carriles de los autovías de acceso a la ciudad es “compatible” con la protección de la huerta y la “movilidad sostenible”. Es chocante que la nueva construcción de un enorme centro comercial periférico en Parterna puede presentarse como “sostenible” y “verde”. Es chirriante que anuncien que un hotel de 30 plantas en el Puerto puede “integrarse paisajísticamente” y ser “sostenibles”. Es un insulto a la inteligencia ciudadana que la destrucción definitiva de la Huerta de la Punta será “compensada” por un “corredor verde” y la plantación de unos árboles. La construcción de grandes torres de lujo en el Parc Central y miles de viviendas nuevas nunca será “compatible” con la sosteniblidad desde la perspectiva de emisiones, materiales, consumos o tráfico.
Los problemas son urgentes y se empeoran. No es verdad que “poco a poco vamos cambiando” o que “cuesta mucho cambiar después de tantos años del PP”. Aquí el problema no es la temporalidad sino la direccionalidad. No es que hace falta más tiempo para hacernos “más sostenible”; es que cada día somos más insostenibles porque seguimos yendo en la dirección equivocada de más consumo de todo, más emisiones, más sustancias biocidas, más materiales, menos tierra fértil y más residuos. Sin hablar de reducir los volúmenes globales nunca avanzaremos hacia la sosteniblidad y seguiremos contribuyendo a mas daños y catastrofes de todo tipo. Globalmente las dirección de las políticas valencianas siguen siendo desarrollistas y extractivistas, siguen rematando el territorio, el aire y la biodiversidad, de aquí y de países lejanos de donde proceden gran parte de nuestros artículos de consumo y materiales. Es una política de tierra quemada sin marcha atrás. No hemos girado y lo atestigua la practica totalidad de las las cifras biofísicas del aire, el agua, las sustancias químicas, la energía, los residuos, uso de materiales de todo tipo, consumo de plástico y otros embalajes.
En el debate político cabe todo pero los hechos biofísicos del medioambiente son como unas rocas que no se deshacen con la retórica política ni con unos gestos simbólicos. Tomemos la vida en serio, por favor.
La tecnología, la moralidad y la negación ante los límites planetarios
por Richard Heinberg
Nuestro problema ecológico central no es el cambio climático. El problema central actual en nuestras interacciones ecosociales es un exceso o una sobrecarga, de ello el calentamiento climático global es solo un síntoma y una consecuencia. El "overshoot" o exceso de presión sobre una capacidad de carga ambiental determinada y decadente es un problema sistémico. En el último siglo y medio, enormes cantidades de energía barata proveniente de combustibles fósiles permitieron el rápido crecimiento de la extracción de recursos, la fabricación y el consumo; y esto, a su vez, condujo a las oportunidades de aumento de la población humana en la Tierra, la contaminación y la pérdida de hábitats naturales y, por lo tanto, de la biodiversidad. El sistema humano se expandió dramáticamente, sobrepasando la capacidad de carga a largo plazo de la Tierra para los humanos mientras a la vez se alteraban los sistemas ecológicos de los que dependemos para nuestra supervivencia.
Hasta que no comprendamos y abordemos este desequilibrio sistémico entre carga humana y capacidad de carga de los sistemas naturales del planeta, el tratamiento solo sintomático (haciendo lo que podamos para revertir dilemas de contaminación como por ejemplo es el cambio climático, tratando de salvar especies amenazadas o esperando alimentar a una creciente población humana con cultivos genéticamente modificados) constituirá una ronda interminable y frustrante de medidas provisionales ineficaces. Medidas que finalmente están destinadas a fallar.
El movimiento de ecología en la década de 1970 se benefició de una fuerte infusión de pensamiento sistémico, que estaba en boga en ese momento histórico (el conocimiento científico aportado desde la ecología -el estudio de las relaciones entre organismos y sus entornos- es inherentemente sistémico, en oposición a estudios como son la química que se centran en la reducción de fenómenos complejos a sus componentes). Como resultado, muchos de los mejores escritores ambientales de la época enmarcaron la situación humana moderna en términos que revelaron los profundos vínculos entre los síntomas ambientales y la forma en que funciona la sociedad humana. En el estudio "Límites al crecimiento" (1972), que es una consecuencia de la investigación de sistemas de Jay Forrester, se investigaron las interacciones entre el crecimiento de la población, la producción industrial, la producción de alimentos, el agotamiento de los recursos y la contaminación. En "Overshoot" (1982), de William Catton, se identifica nuestro problema sistémico y se describe sus orígenes y desarrollo en un estilo que cualquier persona alfabetizada podría comprender. Se podrían citar muchos más libros excelentes de la época que también aportaron esta perspectiva sistémica.
Sin embargo, en las últimas décadas, a medida que el cambio climático ha llegado a dominar las preocupaciones ambientales, ha habido un cambio significativo en la discusión y el debate. Hoy en día, la mayoría de los informes ambientales se centran en el cambio climático, y rara vez se destacan los vínculos sistémicos entre este y otros dilemas ecológicos (como la superpoblación, la extinción de especies, la contaminación del agua y del aire y la pérdida de suelo y agua dulce). No es que el cambio climático no sea un gran problema, lo es como síntoma de otros procesos causantes del mismo. Nunca ha habido nada parecido en nuestra historia humana, y los científicos del clima y los grupos de defensa de la respuesta climática tienen razón al hacer sonar fuertemente la alarma colectiva. Pero si seguimos alimentando nuestra incapacidad de ver el cambio climático en el contexto donde se produce puede ser nuestra perdición colectiva.
¿Por qué los escritores ambientales y las organizaciones de defensa sucumbieron a la estrecha y deformante visión de túnel? Quizás es simplemente que suponen que el pensamiento sistémico está más allá de la capacidad de los políticos. Ciertamente, es verdad que si los científicos del clima se acercaran a los líderes mundiales con el mensaje: "Tenemos que cambiar todo, incluido nuestro sistema económico completo, y rápido", es posible que se les cierre la puerta con rudeza. Un mensaje políticamente más aceptable y confiado es: "Hemos identificado un grave problema de contaminación, para el cual existen soluciones técnicas". Tal vez muchos de los científicos que sí reconocieron la naturaleza sistémica de nuestra crisis ecológica concluyeron que sí que podemos abordar con éxito esta marca única o -break crisis ambiental, podremos así ganar tiempo para tratar con otros problemas sistémicos que esperan (superpoblación, extinción de especies, agotamiento de recursos, y así sucesivamente).
Si el cambio climático se plantea como un problema aislado para el cual se plantea que existe una solución tecnológica, las mentes de los economistas y de los políticos legisladores pueden continuar pastando en pastos y estrategias familiares al uso. La tecnología, en este caso, los generadores de energía solar, eólica y nuclear, así como las baterías, los automóviles eléctricos, las bombas de calor y, si incluso todo lo demás falla, la administración de radiación solar podría ser a través de aerosoles atmosféricos, todo ello centra nuestra atención en temas como la inversión financiera y la producción industrial necesarias. Entonces los participantes en la discusión no tienen que desarrollar la capacidad de pensar sistémicamente, ni necesitan comprender el sistema de la Tierra y cómo los sistemas humanos que encajan necesariamente en él. Todo lo que necesitan los problemas socioambientales es la perspectiva de cambiar solo algunas inversiones económicas y políticas, estableciendo tareas para los ingenieros y gestionando la transformación industrial-económica resultante para garantizar con ello que los nuevos empleos en las industrias ecológicas compensen los empleos perdidos en las minas de carbón.
Esta estrategia de ganar tiempo con un techno-fix supone que seremos capaces de instituir un cambio sistémico en algún momento desplazado al futuro y no especificado, aunque no podamos hacerlo ahora, o ese clima el cambio y todas nuestras otras crisis sintomáticas serán, de hecho, susceptibles de tener soluciones tecnológicas eficaces. Este último camino de pensamiento es nuevamente cómodo para gerentes e inversores del modelo de expansión y crecimiento sin final. Después de todo, aman la tecnología. Las tecnologías ya hacen casi todo por nosotros. Durante el siglo pasado resolvió una serie de problemas importantes, como fueron la cura de enfermedades, expandió la producción de alimentos, agilizó el transporte y nos proporcionó información y entretenimiento en cantidades y variedades que nadie podría haber imaginado previamente. ¿Por qué ahora no debería ser capaz de resolver el cambio climático y el resto de nuestros problemas ecológicos que amenazan nuestra supervivencia y la del resto de seres vivos?.
Por supuesto, el camino elegido es de altísimo riesgo. Al ignorar la naturaleza sistémica de nuestro dilema ecológico de suvervivencia solo puede significar que tan pronto como tengamos un síntoma acorralado, es probable que otro nuevo se desate y ensamble. Pero, ¿es acaso racional que el cambio climático sea tomado como un problema aislado y totalmente tratable con la tecnología?. Después de haber pasado muchos meses analizando los datos relevantes con David Fridley del programa de análisis de energía en el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, nuestro libro resultante, Our Renewable Future, concluyó que la energía nuclear es demasiado costosa y arriesgada; mientras tanto, la energía solar y eólica sufren de intermitencias, y una vez que estas fuentes comienzan a proporcionar un gran porcentaje de energía eléctrica total se requerirá una combinación de tres estrategias a gran escala: almacenamiento de energía, capacidad de producción redundante y adaptación de la demanda. Al mismo tiempo, en las naciones industrializadas tendremos que adaptar la mayor parte de nuestro uso de energía actual (que se produce en los procesos industriales, la calefacción y el transporte) a la electricidad. En conjunto, la transición energética promete ser una empresa enorme de gran escala, sin precedentes en sus requisitos de inversión económica y sustitución. A la hora de evaluar la enormidad de esta tarea, no hemos podido ver la manera de mantener la escala de las cantidades actuales de producción de energía global durante la transición, y mucho menos se puede aumentar los suministros de energía para impulsar el crecimiento económico en curso. El mayor obstáculo de esta transición energética es la grandiosidad de la escala: el mundo usa una enorme cantidad de energía actualmente. Solo si esa cantidad puede reducirse significativamente, especialmente en las naciones industrializadas, podríamos imaginar una vía creíble y practicable hacia un futuro post-carbono.
La reducción de los suministros de energía del mundo reduciría efectivamente los procesos industriales de extracción de recursos, fabricación, transporte y gestión de residuos. Esa es una intervención sistémica, exactamente del mismo tipo que la solicitada por los ecologistas de la década de 1970 que acuñaron el mantra de las Tres erres: "Reducir, reutilizar y reciclar". Llegaría al corazón del dilema del sobreimpulso del desarrollo, como lo hace también la necesaria estabilización y reducción de la población humana, otra estrategia inapelable. Pero ocurre también es una perspectiva sistémica a la que los tecnócratas, los industriales y los inversores son virulentamente alérgicos.
El argumento ecológico es, en esencia, un argumento moral, como he explicado con más detalle en un manifiesto recién publicado repleto de barras laterales y gráficos ("No hay aplicación para eso: tecnología y moralidad en la era del cambio climático, sobrepoblación, y pérdida de biodiversidad "http://noapp4that.org/). Cualquier pensador de sistemas que entienda el fenómeno del exceso y la sobrecarga prescriba los poderes políticos y económicos como unos tratamientos que están está participando activamente en una intervención propia de un comportamiento adictivo. La sociedades humanas hoy son adictas al crecimiento, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo e individual y para ello tenemos que renunciar a algo de lo que dependemos: nuestro enorme poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico. Eso requiere honestidad y una búsqueda profunda, un gran recambio en nuestros valores de orientación.
Cualquier pensador de sistemas que entienda el exceso y prescriba un mayor poder humano de intervención tecnológica como un tratamiento, está participando efectivamente en una intervención con un comportamiento adictivo. Las sociedades humanas hoy son adictas al crecimiento, y eso está teniendo terribles consecuencias para el planeta y, cada vez más, para nosotros también. Tenemos que cambiar nuestro comportamiento colectivo e individual y renunciar a algo de lo que dependemos: poder sobre nuestro medio ambiente. Debemos contenernos a nosotros mismos, como un alcohólico que repone el alcohol. Eso requiere honestidad y una búsqueda profunda.
En sus primeros años, el movimiento ecologista formuló ese argumento moral y funcionó hasta cierto punto. La preocupación por el rápido crecimiento de la población llevó a los esfuerzos de planificación familiar en todo el mundo. La preocupación por la disminución de la biodiversidad condujo a la protección de algunos hábitats naturales. La preocupación por la contaminación del aire y el agua dio lugar a una serie de regulaciones. Estos esfuerzos no fueron suficientes, pero mostraron que enmarcar nuestro problema sistémico en términos morales podría obtener al menos algo de tracción y empuje en los cambios.
¿Por qué el movimiento ecologista no tuvo éxito? Algunos teóricos que ahora se autodenominan "verdes brillantes" o "eco-modernistas" han abandonado por completo la lucha moral. Su justificación para hacerlo es que la gente quiere una visión del futuro que sea alegre y que no requiera sacrificios. Ahora, dicen, solo una solución tecnológica ofrece alguna esperanza. El punto esencial de este ensayo (y mi manifiesto) es simplemente que, incluso si el argumento moral falla, un arreglo técnico tampoco podría funcionar. Una gigantesca inversión en tecnología (ya sea la energía nuclear de próxima generación o ya sea la geoingeniería de la radiación solar) se anuncia como nuestra última esperanza. Pero en realidad no es ninguna esperanza en absoluto.
La razón del fracaso hasta ahora del movimiento ecologista no fue que apelara a los sentimientos morales de la humanidad; de hecho esa era la gran fuerza del movimiento. El esfuerzo no ha sido suficiente porque no ha podido ser capaz de alterar el principio organizativo central de la sociedad industrial, que es también su defecto fatal: su perseverancia en el crecimiento a toda costa. Ahora estamos en el punto histórico donde finalmente debemos apostar por tener éxito en la superación del crecimiento o enfrentar el temible fracaso, ya no solo del movimiento ambiental, sino de la civilización industrial misma.
La buena noticia es que el cambio sistémico es de naturaleza fractal: implica y de hecho requiere, acción en todos los niveles de la sociedad humana. Podemos comenzar con nuestras propias elecciones y comportamientos individuales; podemos trabajar dentro de nuestras comunidades. No necesitamos esperar un cambio catártico global o nacional. Incluso si nuestros esfuerzos no pueden "salvar" la civilización industrial consumista, aún podrían tener cierto éxito en plantar las semillas de una cultura humana regenerativa digna para la supervivencia.
Hay más buenas noticias: una vez que los humanos eligen restringir nuestros números y nuestras tasas de consumo, la tecnología puede ayudar a nuestros esfuerzos en esta tarea urgente. Las máquinas pueden ayudarnos a monitorear nuestro progreso, y existen tecnologías relativamente simples estas que pueden ayudarnos a brindar los servicios necesarios con menos uso de energía y con menos daño ambiental. Algunas formas de hacer avanzar esta tecnología podrían incluso ayudarnos a limpiar la atmósfera y restaurar ecosistemas. Pero las máquinas no serán las que tomarán las decisiones clave que nos pondrán en un camino sostenible. El cambio sistémico impulsado por el despertar moral: no es solo nuestra última esperanza; es la única esperanza real que tenemos.
David Hammerstein y Mara Cabrejas LEVANTE 07.12.2017
¿Cómo un parque puede dañar el medio ambiente y el clima de la ciudad de València?
Aunque parezca paradójico, el actual proyecto del Parc Central deteriorará mucho la habitabilidad y salud de la ciudad de València. Es mucho más que un jardín en el corazón de la ciudad, incluye también una operación inmobiliaria de crecimiento urbanístico con altas dosis de cemento, asfalto, coches, humos y polvo tóxico, rascacielos, centros comerciales, hoteles, equipamientos, aparcamientos, miles de nuevas viviendas y un grandioso túnel taladrando las entrañas de la ciudad. Su megalomanía desarrollista y neoliberal significará obras interminables con impacto ambiental de incalculables efectos dañinos.
Incalculables consecuencias
El aumento residencial implicará hasta 20.000 mil viviendas nuevas en el terreno del Parc Central. Muchas de ellas serán residencias de lujo y liberadas para la reventa especulativa inmediata. Cinco torres, una larga calle que funcionará como un bulevar y grandes bloques de hormigón afearán irreparablemente el paisaje urbano, a pesar de no existir demanda residencial que lo justifique, salvo el rápido y especulativo negocio de casino para grandes holdings internacionales.
Más tráfico y más contaminación
Miles de nuevos aparcamientos residenciales, comerciales y rotatorios, atraerán a docenas de miles de coches particulares por el nuevo bulevar de García Lorca.
Todo ello significará un crónico empeoramiento de las emisiones contaminantes al aire, con un aumento de partículas corrosivas muy dañinas para salud PM2.5, PM10 y NO2, precisamente en una zona central de la ciudad que ya suele superar los máximos legales permitidos de contaminación.
El larguísimo periodo de obras implicará inevitablemente el paso de maquinaria pesada y de miles de viajes de enormes camiones, la gran mayoría movidos por los muy tóxicos motores diesel. Las consecuencias sinérgicas serán, por un lado, el aumento de la contaminación acústica y, por otro, la insalubridad del aire que respiramos. A esta espiral cancerosa se sumarán otras facilidades para el tráfico de vehículos, como es la ampliación de los viales de acceso a València, la autovía V21 y la V30, los nuevos y masivos aparcamientos rotatorios en el centro histórico y el acceso norte al Puerto de València.
Las temperaturas sofocantes y las «islas de calor» se cronificarán aún más con el aumento del suelo impermeable y las edificaciones. Alrededor de la mitad del suelo del Parc Central será urbanizado con edificios, viales, plazas, servicios e infraestructuras. Estudios recientes atestiguan que en determinadas zonas de Valencia la temperatura puede variar hasta 6 grados debido a este tórrido fenómeno.
El grandioso «túnel pasante», más propio de los dioses del Olimpo, destruirá una gran área de Huerta periurbana
Debajo de las entrañas de la ciudad, esta titánica obra ferroviaria subterránea que quiere dar paso a los trenes de alta velocidad por el norte de la ciudad, atentará contra docenas de miles de metros cuadrados de la última huerta histórica, fértil y productiva que aún sobrevive. Esto se sumará a otras destrucciones de huerta que ya están en marcha, como en La Punta y en el acceso de la V21. El trazado del túnel pasará por debajo de centenares de edificios catalogados como patrimonio histórico en la zona de L'Eixample. Su complejidad técnica constructiva añadirá costes, incertidumbres, inseguridad, ruidos, partículas en el aire y desagradables molestias para más de una década. En suma, sabiendo que existen alternativas técnicas eficaces, menos despilfarradoras y mucho más sostenibles social y ecológicamente, la irracionalidad del túnel es tan grande como lo son su escala y costes económicos.
Espiral de deterioro ambiental
La creación de un nuevo barrio con más de 30.000 habitantes, comercios y alojamientos turísticos, también extraerá más volúmenes totales de todo tipo de recursos materiales cada vez más escasos y degradados, como por ejemplo son el agua, la electricidad, el gas natural y el petróleo. Se disparará la demanda de materiales de construcción y de cemento ejerciendo una mayor presión destructiva sobre comarcas ya muy castigadas por decenas de industrias extractivas mineras, como ocurre en la Serranía y en otras comarcas del interior. También crecerá la generación de residuos de todo tipo y aumentarán las aguas residuales y los detritos urbanos.
A su vez, este endemoniado "efecto dominó" de las obras, tendrá impactos ambientales desestabilizadores sobre la ya declinante biodiversidad y el conjunto del territorio valenciano, en lugares próximos y lejanos.
Un proyecto insostenible
El proyecto de Parc Central hará inevitable el fracaso valenciano en la lucha contra el cambio climático, hasta hoy se ha disimulado bajo la alfombra retórica de la «sostenibilidad» que tanto utiliza la clase política que gobierna en la actualidad.
Es imposible compatibilizar el proyecto de Parc Central con las aspiraciones ciudadanas de salud y bienestar, que exigen una radical reducción de las emisiones contaminantes de CO2 .
Ninguna instalación de placas solares, ninguna plantación de árboles, ninguna promoción de edificios eficientes y «sostenibles», podrá contrarrestar ni mitigar sustancialmente este añadido crecimiento exponencial del volumen total de emisiones venenosas al aire de la ciudad de València. Si a contra natura desaparece la arboleda histórica de la calle Bailén para levantar en su lugar un gran bloque de viviendas, será todo un aviso para navegantes del Titanic ambiental al que colectivamente nos dirigimos.
Bruno Latour https://harpers.org/archive/2017/05/the-new-climate/
Desde las elecciones estadounidenses de noviembre de 2016, las cosas se han aclarado. Europa está siendo desmembrada: cuenta menos que una avellana en un cascanueces. Y esta vez, ya no puede depender de los Estados Unidos para arreglar nada.
Tal vez sea el momento de reconstruir una Europa unida. No seria la misma que se inventó después de la guerra, una Europa basada en el hierro, el carbón y el acero, o la más recientemente construida sobre la ilusoria esperanza de escapar de la historia a través de la estandarización y la moneda única. No, si Europa debe reinventarse, es a causa de las graves amenazas a que se enfrenta: el declive de sus estados que inventaron la globalización, el cambio climático y la necesidad de albergar a millones de migrantes y refugiados.
Con mucho, el evento más significativo no es el Brexit ni la elección de Donald Trump, sino la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) en París, donde el 12 de diciembre de 2015, los delegados finalmente llegaron a un acuerdo. Lo significativo no es lo que decidieron los delegados, ni siquiera el que este acuerdo pueda tener los efectos buscados (los que niegan el cambio climático en la Casa Blanca y el Senado harán todo lo que puedan para desbaratarlo). No, lo significativo es que todos los países que firmaron el acuerdo se dieron cuenta de que si seguían adelante con sus planes de modernización individual, este planeta simplemente no sería lo suficientemente grande.
Si ya no hay planeta, ni tierra, ni suelo, ni territorio para las necesidades de globalización económica ¿qué deberíamos hacer entonces? O negamos la existencia del problema ecológico global en el que nos encontramos o buscamos aterrizar y poner los pies en tierra. Esta elección es lo que ahora divide a las personas, mucho más que ser políticamente de derechas o de izquierdas.
Estados Unidos tenía dos opciones después de las elecciones. Podía reconocer el alcance del cambio de las circunstancias ecológicas globales y la enorme magnitud de su responsabilidad, y finalmente hacerse realista sacando al mundo del abismo, o bien podría hundirse aún más en el negacionismo. Trump parece haber decidido dejar que Estados Unidos siga soñando por unos años más y en el camino arrastrar a otros países hacia el abismo.
Nosotros los europeos no podemos permitirnos soñar. Aun cuando nos estamos dando cuenta de las muchas y diferentes amenazas, no estamos acogiendo en nuestro continente a millones de personas, que a causa del impacto combinado de la guerra, el fracaso de la globalización económica y el cambio climático, son arrojadas (como nosotros, contra nosotros, o con nosotros) a la desesperada búsqueda de una tierra donde ellos y sus hijos tengan alguna esperanza para vivir. Vamos a tener que vivir juntos con personas que hasta ahora no han compartido nuestras tradiciones y valores, ni nuestra forma de vida ni nuestros ideales, gente que aunque están cerca de nosotros son ajenos a nosotros: terriblemente cercanos y terriblemente extranjeros.
Lo que compartimos con estos pueblos migratorios es que como ellos, todos estamos privados de Tierra. Nosotros, los viejos europeos, estamos privados porque no hay un segundo planeta para las necesidades expansivas de la globalización económica y en consecuencia deberemos cambiar nuestros modos de vida. Ellos, los futuros europeos, se ven privados porque han tenido que abandonar sus viejas y devastadas tierras y tendrán que aprender a cambiar la forma en que viven.
Este es el nuevo universo en que hemos aterrizado. La alternativa única de pretender que nada ha cambiado es la de retirarse detrás de un muro y continuar promoviendo, con los ojos bien abiertos, el sueño del "estilo de vida estadounidense” (o europeo), sabiendo al mismo tiempo que miles de millones de seres humanos nunca podrán hacerlo.
La mayoría de nuestros conciudadanos niega lo que le está sucediendo a la Tierra, pero entienden perfectamente que la cuestión de los inmigrantes pondrá a prueba todos sus deseos de identidad. Por ahora, alentados por los llamados partidos populistas, tan solo han captado un aspecto de la realidad del daño ecológico: está enviando un gran número de personas no deseadas a través de sus fronteras. De ahí su respuesta: "debemos levantar fronteras firmes para que no nos inunden”. Pero hay otro aspecto de este mismo cambio, que no han percibido correctamente: durante mucho tiempo, la nueva situación del cambio climático ha estado barriendo todas las fronteras, exponiéndonos a cada tormenta. Contra tal invasión, no podemos construir muros. La migración y el clima son parte de la misma amenaza.
Si deseamos defender nuestras identidades, también vamos a tener que identificar a esas masas de migrantes sin estado, que son conocidos como: erosión, contaminación, agotamiento de recursos y destrucción del hábitat natural. Podemos sellar nuestras fronteras contra los refugiados humanos, pero nunca se podrá evitar que intenten salir adelante.
Es aquí es donde tenemos que introducir una ficción plausible. Las élites ilustradas (que sí que existen) se dieron cuenta después de la década de 1990, de que los peligros resumidos en la palabra "clima" estaban aumentando. Hasta entonces, las relaciones humanas con la Tierra habían sido bastante estables. Era posible tomar un pedazo de la Tierra, asegurar los derechos de propiedad sobre él, trabajarlos, usarlos y abusar de ellos. La Tierra en sí misma se mantuvo más o menos tranquila. Pero las elites ilustradas pronto comenzaron a acumular evidencias empíricas que sugerían que este estado de cosas no iba a durar mucho. Pero incluso una vez que las élites entendieron que las advertencias de los informes y datos del estado de los sistemas naturales eran correctas, no dedujeron de esta verdad innegable que todo ello les costaría pagarlo caro. En vez de eso, sacaron dos conclusiones, que ahora han llevado a la elección de un señor de desgobierno para la Casa Blanca: sí, esta catástrofe ecológica debe pagar a un alto precio, pero son los otros quienes pagarán, no nosotros. Nosotros continuaremos negando esta verdad innegable.
Si esta ficción plausible es correcta, nos permite captar la "desregulación" y el "desmantelamiento del estado de bienestar" de la década de 1980, la "negación del cambio climático" de la década de 2000 y, sobre todo, el aumento vertiginoso de la desigualdad en los últimos cuarenta años. Todas estas cosas son parte del mismo fenómeno: las élites se dieron cuenta de que no habría futuro para el mundo y de que necesitaban deshacerse de todas las cargas de la solidaridad lo más rápido posible (de ahí la desregulación). Necesitaban construir una especie de fortaleza dorada para el diminuto porcentaje de gente que lograría avanzar en la vida (lo que nos lleva a una creciente desigualdad) y, para ocultar el egoísmo craso de este vuelco del mundo común, negar completamente la existencia de la amenaza (es decir, negar el cambio climático). Sin esta ficción plausible, no podemos explicar la desigualdad, el escepticismo sobre el cambio climático o la furiosa desregulación.
Voy a recurrir a la metáfora raída del Titanic: las personas de las elites ilustradas ven que la proa se dirige directamente al iceberg, saben que el naufragio es inevitable, agarran los botes salvavidas y piden a la orquesta que toquen canciones de cuna para poder hacer una escapada limpia, antes de que las alertas de alarma despierten a las clases más humildes. Desde los rieles del barco, las clases bajas, que ahora están completamente despiertas, pueden ver cómo los botes salvavidas se alejan flotando en la distancia. La orquesta continúa tocando "Más cerca de ti, Dios mío", pero la música ya no es suficiente para cubrir los aullidos de ira.Y de hecho la "rabia" es la palabra para describir la incredulidad y desconcierto que despierta tal traición.
Cuando los analistas políticos intentan captar la situación actual, usan el término "populismo". Acusan a la "gente común" de complacerse en una visión estrecha, critican sus miedos, su ingenua desconfianza hacia las elites, su mal gusto en la cultura y sobre todo su pasión por la identidad, el folklore, el arcaísmo y las fronteras. Dicen que estas personas carecen de generosidad, de apertura de mente, de racionalidad, no tienen gusto por el riesgo. (¡Ah, ese gusto por el riesgo, predicado por aquellos que están seguros dondequiera que sus millas aéreas les permitan volar!). Esto es para olvidar que las "élites" traicionaron insensiblemente a la "gente común", que abandonaron la idea de modernizar el planeta para todos porque sabían, antes que los demás, mejor que los demás, que esta modernización era imposible. La originalidad de Trump radica en la forma en que reúne, en un solo movimiento: una loca carrera para obtener el máximo beneficio (los nuevos miembros de su equipo son multimillonarios) junto a una loca carrera de una nación hacia las divisiones étnicas y, finalmente, una negación explícita de la situación geológica y climática.
Igual que el fascismo logró combinar los extremos, para sorpresa de los políticos y comentaristas de la época, el Trumpismo combina los extremos y engaña al mundo con su esperpento truculento. En lugar de contrastar los dos movimientos, el de avanzar hacia la globalización y el de retrocede hacia al viejo terreno nacional, Trump actúa como si ambas tendencias pudieran fusionarse. Por supuesto, esta fusión solo es posible si se niega la existencia misma de un conflicto entre la modernización, por una parte, y las realidades ecológicas y materiales, por la otra. De ahí el destacado papel del escepticismo sobre el cambio climático, que no puede entenderse sin esta negación del conflicto con los límites de la Tierra. Y es fácil ver el por qué: la total falta de realismo existente entre los que lideran y alientan a millones de miembros de las llamadas clases medias para volver a la ilusoria protección del pasado. Por ahora, este proceso contradictorio entre estado nación y la globalización modernizadora es una forma de permanecer completamente indiferente a la situación geopolítica en la Tierra. Por primera vez, todo un movimiento político ya no afirma que puede enfrentar seriamente a las realidades geopolíticas, contrariamente se coloca así mismo fuera de cualquier restricción externa y límite, por así decirlo. Lo que cuenta por encima de todo es que las élites saben que ya no deberán tener que compartir con las masas, un mundo que saben que ya nunca tendrán que compartir con la mayoría de la humanidad.
Es increíble que esta supuesta innovación provenga de un promotor inmobiliario endeudado que ha ido de bancarrota en bancarrota y que se convirtió en una celebridad gracias a los programas de reality TV (otra forma de escapismo). La completa indiferencia hacia los hechos marcaron la campaña electoral de Trump, algo que es simplemente una consecuencia de afirmar que puedes vivir sin haber aterrizado en la realidad. A aquellos que piensan que van a regresar al país que una vez conocieron les promete que reencontrarán su pasado (aunque en realidad los está arrastrando hacia un lugar imaginario sin existencia real). Entonces no puede ser muy exigente sobre las evidencias empíricas.
No tiene sentido enojarse porque los votantes de Trump no creen en los datos y los hechos, no son estúpidos. La situación es totalmente la contraria: es el hecho de la situación geopolítica general lo que hace que la indiferencia hacia los hechos se vuelva tan esencial. Si tuvieran que darse cuenta de la gran contradicción entre la esperanza de la vuelta a la modernización nacional y los límites de la Tierra, tendrían que comenzar a bajar y poner los pies en tierra. En este sentido, el Trumpismo define (por supuesto en negativo) el primer gobierno ecológico.
Y no hace falta decir que la "gente común" no debería tener demasiadas ilusiones acerca de cómo va a resultar esta aventura. No hace falta ser muy brillante para prever que todo terminará en una terrible conflagración. Este es el único paralelismo real con los otros fascismos. El desafío a cumplir está hecho a medida para Europa, ya que es Europa quien inventó la extraña historia de la globalización y luego se convirtió en una de sus víctimas. La historia pertenecerá a los primeros que vuelvan a poner sus pies en la tierra aterrizando en una Tierra que pueda ser habitable, a menos que los otros, los soñadores de la realpolitik antigua, finalmente consigan destruir la Tierra para siempre.
Por Bruno Latour, de The Great Regression, una colección de ensayos editados por Heinrich Geiselberger que Polity publicará el próximo mes. Latour es filósofo y el autor de una reciente investigación sobre los modos de existencia.
Una propuesta para el Parque Central y el lío ferroviario
La reciente decisión del Ministerio de Fomento de replantear la red abre nuevas perspectivas
Vicente Torres, Joan Olmos y Fernando Gaja Levante-EMV, 03.10.2017 | 09:18
El entramado ferroviario de València, requisito imprescindible para construir el Parque Central en su totalidad, lleva treinta años sin resolverse. Estos días, el Ministerio de Fomento ha reconocido la necesidad de reiniciar el estudio de alternativas a la travesía ferroviaria y la propuesta de nuevas vías entre València y Castelló, al haber caducado la declaración de impacto ambiental.
Treinta años va a cumplir un proyecto promovido en 1988 por el Plan General de València, condicionado siempre por las distintas opciones ferroviarias, complicadas además por la llegada del AVE en 2010. En 2015, el Parque Central, fruto de un concurso internacional, inició las obras de una primera fase, hoy en marcha. Mientras tanto, la solución ferroviaria sigue sin resolverse para liberar el espacio completo del parque.
Estos días el Ministerio de Fomento ha reconocido la necesidad de reiniciar el estudio de alternativas a la travesía ferroviaria y de la propuesta de nuevas vías entre València y Castelló, al haber caducado la declaración de impacto ambiental. Es pues un buen momento para la reflexión y el debate de nuevas ideas, para replantear la red ferroviaria con realismo, audacia y visión metropolitana, como ya hemos propuesto en artículos anteriores, y que ahora vamos a recapitular y ampliar.
Proyectos asequibles
Damos por supuesto (sin demasiada convicción) que la era de los proyectos disparatados y megalómanos ha finalizado, aunque nos han dejado una herencia fatídica que todavía no sabemos cómo liquidar. Partimos de una situación de exceso en determinadas infraestructuras, lo que debería conducir (tampoco estamos convencidos de que así suceda) a ajustar muy bien las nuevas necesidades, rentabilizando y aprovechando el capital público ya construido, buscando soluciones más factibles técnica y financieramente, de menor impacto y de ejecución más rápida, olvidando las ya caducadas.
A favor del ferrocarril cotidiano de proximidad
Cercanías significa proximidad, y por ello nuestra flamante Estación del Norte, que cumple cien años, debería seguir acogiendo todos los servicios de cercanías, que llegarían por un canal de acceso. El proyecto de la estación del arquitecto Portela, alejada de la calle de Xàtiva, significaba penalizar a los viajeros de esos servicios (que representan casi un 90% del total de viajes de Renfe) pues les llevaba a una segunda planta del subsuelo para favorecer al AVE (que solo representa un 5% de los viajes). Son desplazamientos casi cotidianos para muchas personas, por trabajo, estudios o gestiones, lo que refuerza la necesidad de mantener su centralidad actual, con sus buenas conexiones con el resto del transporte público.
Pasando del pasante
Hasta ahora, las últimas propuestas de modificación de la red ferroviaria suponían atravesar la ciudad por el subsuelo, conectando el norte con el sur: el túnel pasante, para entendernos. Una cara y disparatada travesía de Ciutat Vella (trazado en curva por debajo de la Plaza de Toros y la Gran Vía) complicada, de larga ejecución y de impactos imprevisibles. En nuestra opinión, ese pasante se puede desechar definitivamente.
Proponemos aprovechar la parcela próxima a la actual estación de Fuente de San Luís (PAI Sector NPI-8) para una nueva estación intermodal, en el borde del núcleo urbano, que atendería todos los servicios ferroviarios de largo recorrido, AVE incluido.
Se podría construir la estación elevada sobre las vías, sin necesidad de enterramientos, que estaría conectada con la red de metro de la ciudad (prolongación de las líneas 1-2 por Ausiàs March), así como con la Estación del Norte mediante una lanzadera.
Infraestructuras que darían servicio, al mismo tiempo, al Hospital de Referencia de la Comunitat Valenciana, actualmente con grandes problemas de accesibilidad. Los espacios contiguos podrían acoger los servicios de la actual estación de autobuses interurbanos, bien conectada con la red viaria, además de aparcamientos para viajeros de fuera de la ciudad o los denominados aparcamientos de disuasión.
Hablamos de la periferia urbana, no de ubicaciones absurdas en medio de la nada, como son las estaciones de AVE de Tarragona, Villena, o Requena-Utiel. Y hablamos de una centralidad metropolitana, accesible de manera intermodal, sin recargar innecesariamente el centro urbano, y manteniendo los viajeros de Cercanías en la inmejorable situación actual.
Corredor València-Castelló
Descartamos además construir una nueva plataforma para alta velocidad entre València y Castelló, porque no tiene sentido gastar 1.200 millones para ganar unos pocos minutos de viaje, causando graves impactos sobre la mejor huerta protegida. La línea que ahora nos lleva a Barcelona se puede mejorar con poca inversión, como ya hemos explicado en otras ocasiones.
Más razonable sería aprovechar el pasillo del actual bypass carretero de la A-7 para un nuevo bypass ferroviario para las mercancías, enlazando Silla con Sagunt, y pasando por las áreas logísticas e industriales. Con ello se aliviaría el tráfico en la línea actual València-Castelló, para diversos tipos de trenes de viajeros. Una opción más realista que la ruinosa y exclusiva del «todo AVE». La ampliación de capacidad de esta línea podría hacerse de manera progresiva, sobre la plataforma actual, sin nuevas infraestructuras que fragmenten la huerta, y solucionando definitivamente algunas travesías urbanas.
Se completaría así una opción más razonable para el denominado Corredor Mediterráneo, evitando el paso de mercancías por la ciudad y por el túnel de Serrería. Una apuesta ferroviaria que por supuesto obligaría a abandonar nuevas ampliaciones de viario en los accesos a València (A-7, V-30, V-21).
El Parque Central y la ciudad
Planteado además como la oportunidad de eliminar la fractura en los barrios del sur, la operación Parc Central se basó sobre una hipótesis discriminatoria: la de su autofinanciación. Baste recordar que otras operaciones de nulo interés general (60.000 millones en el programa AVE) se han cargado íntegramente a los presupuestos generales.
La construcción de unos edificios de gran altura, en lo que está llamado a ser el pulmón central de València, rompería su perfil urbano, arrojando unas sombras inaceptables sobre un espacio verde. Además, en las actuales circunstancias financieras e inmobiliarias, la hipótesis de la autofinanciación es altamente inviable, baste recordar otras operaciones que siguen encalladas, como la construcción del Nuevo Mestalla.
El Parc Central no debe incorporar ninguna edificación lucrativa privada. Así parecen haberlo entendido las administraciones actuantes que están ejecutándolo parcialmente con cargo en su totalidad a los presupuestos públicos . También habría que revisar la trama viaria, excesiva a nuestro juicio.
Epílogo:abrir el debate
Las obras del Parc Central avanzan a una velocidad razonable. En el caso de que se deshiciera el 'nudo gordiano' ferroviario, en la línea que hemos apuntado o similar, la ejecución del parque también se vería beneficiada de manera sustancial.
En síntesis, pues, la situación exige la apertura de un amplio debate ciudadano, evitando los trágalas y los hechos consumados tan habituales en décadas pasadas. Es mucho lo que se juega la ciudad en este asunto.