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La guerra de Irán ha agudizado la escasez de las energías fósiles que constituyen el sostén de nuestras sociedades sobredesarrolladas. Sin suficiente gas y petróleo y sus múltiples derivados comienza a visibilizarse que no podrán mantenerse los actuales niveles de producción industrial y consumo. No podrá haber el mismo nivel de acceso a alimentos abundantes y baratos, a cemento, baterías, medicamentos, metales, minerales y un sinfín de productos cotidianos. Sin combustibles fósiles no pueden moverse los buques ni las maquinas pesadas ni los camiones ni los aviones.
Sin la afluencia suficiente de estas energías se retrasan y detienen las pregonadas “revoluciones” tecnológicas informáticas (IA), energéticas (renovables) y militares, que competirán ferozmente por los mismos minerales críticos, cada vez más caros y escasos. Las finanzas, la bolsa y el dinero imprimido valdrán poco si no están respaldados por el abastecimiento continuado de la energía fósil y los materiales que reclama el orden industrial. Caerá la venda de los ojos y aflorará con trágica brusquedad el poder imperioso de la finitud de los materiales y energías fósiles y sus duros impactos.
La Unión Europea está especialmente golpeada por esta carestía y escasez material puesto que no posee muchos recursos energéticos fósiles y minerales y ha subcontratado fuera del continente su extracción y procesamiento. Durante décadas los líderes políticos europeos han desplazado a otros lugares las sucias industrias de la minería, la metalurgia y la producción de bienes mercantiles y han creído en la magia de que podrían sustituir los poderes materiales de las economías por las finanzas, el dinero de los bancos y el comercio. Pero resulta que el dinero no puede suplantar la inevitable dependencia material ni puede comprar la abundancia y el bienestar.
No puede haber soluciones para mantener el abastecimiento masivo y asequible de productos cuando se rompen los eslabones de las largas y complejas cadenas de suministros globales, como ya ha sucedido con la guerra entre Rusia y Ucrania y ahora con la guerra de Irán. El cierre y la voladura de la provisión del gas ruso ha encadenado a Europa al caro gas fósil de USA precedente del fracking. La guerra de Irán constituye una vuelta de tuerca más en la orfandad energética europea. Ahora Europa queda encadenada a merced de las inclemencias políticas y bélicas en un mundo cada vez más incierto, peligroso y ecológicamente devastado. Los choques de los apetitos materiales insaciables contra unos recursos materiales geológicos y ecosistémicos menguantes y cada vez más deteriorados anuncian unos funestos desórdenes y penurias.
Como reacción ante la extrema fragilidad de unas economías dependientes de la importación de los combustibles fósiles, que directa e indirectamente está detrás de la inmensa mayoría de los productos de consumo, desde el campo político institucional y el debate cultural emergen tres tipos de respuestas diferentes.
La posiciones “retro-fósiles” que dominan en la pujante derecha argumentan que ha sido un camino equivocado la desindustrialización de los propios territorios estatales y la externalización de los suministros energéticos y minerales. Con la mirada puesta en el pasado industrial productivista quieren una marcha atrás para abrir minas de carbón, metalurgias, centrales atómicas y buscar los minerales críticos que reclaman las nuevas tecnologías. Estos retro-fósiles crecentistas consideran que frente a los excesos de la globalización económica han de reorientarse las políticas públicas hacía el extractivismo y el procesamiento de minerales y metales.
Las derechas quieren sepultar las embrionarias regulaciones ambientales y climáticas europeas para eliminar trabas que según dicen dificulten la soberanía energética, industrial y alimentaria. Para ellos esta relocalización de los sectores primarios de la economía exige la sepultura de las "costosas” ilusiones de “la transición energética” y del “Pacto Verde Europeo”. La contrarreforma en curso de las normativas ambientales europeas del agua, el suelo, del aire y de la biodiversidad, tiene múltiples impactos nocivos retroalimentados sobre la salud humana y los servicios ecosistémicos que son los pilares de nuestras sociedades y amortiguan los acelerados desórdenes socioecológicos y climáticos desatados.
No obstante, las aspiraciones retro-fósiles de este “gran salto atrás” no son realizables. Europa no posee recursos geológicos cuantiosos de buena calidad para una extracción económica viable y carece de grandes infraestructuras de procesamiento y producción, que exigirían una inversión pública masiva durante décadas (como ha hecho el Estado chino) ante la crisis de escasez de materiales y la carestía anunciada. Este retorno fosilista no puede resolver la falta de gas y diésel mediante la generación de más electricidad procedente de las muy caras centrales atómicas ni de una vuelta a las centrales térmicas de carbón. La producción eléctrica de las nucleares y las térmicas de carbón no puede aportar la fuerza calorífica necesaria para la fabricación de numerosos componentes y productos y por ello no puede sustituir a los combustibles fósiles en muchas actividades productivas.
Las posiciones “electro-optimistas” quieren mantener los remedios fallidos de la “transición energética”, defendidos por la mayoría de centro y centro-izquierda europea que hasta ahora ha dominado las instituciones europeas. Su apuesta por la energías renovables del sol y del viento para sustituir paulatinamente los combustibles fósiles se centra en algunos ajustes tecnológicos parciales en favor del incremento de la producción de electricidad. Prometen innovaciones tecnológicas que mejoren la eficiencia, como son el coche eléctrico, la bombas de calor y un sin fin de tecnologías con menos emisiones contaminantes, algunas de las cuales son de dudosa viabilidad económica, energética y ambiental. Presentan como prueba de los éxitos alcanzados la progresiva sustitución de las térmicas de carbón por las energías renovables eólicas y fotovoltaicas o la mejora relativa de la calidad del aire europeo asociada a medios de transporte más eficientes. Estos tecno-optimismos crecentistas respaldan las promesas prometeicas del hidrógeno verde junto a la concienciación ambiental y el almacenamiento de energía como piezas del tránsito a la salvadora descarbonización. Sin embargo, estos objetivos del “cero emisiones netas” de carbono a la atmósfera obedecen a las argucias métricas del “nacionalismo metodológico” practicado por la economía convencional y los cómputos oficiales. Estas “fugas de CO2” son borradas de nuestra economía material real mediante una contabilidad fraudulenta que elimina las masivas huellas fósiles y materiales de los productos importados que consumimos.
Los "electro-optimistas" coinciden con los "retro-fósiles" en no querer abandonar las prioridades mesiánicas del crecimiento económico y material en un planeta materialmente finito y cada vez más exhausto. Esta férrea alianza en lo más fundamental da la espalda a nuestra trágica condición colectiva de rebasamiento (overshoot) de muchos límites naturales planetarios y opta por continuar la ruta de multiplicar los daños a los metabolismos bioproductivos.
No obstante, las realidades físicas y ecológicas son muy tozudas y no pueden borrarse con las profecías electro-optimistas de desenganche de nuestras perniciosas adicciones fósiles. No se evidencia por ninguna parte la pregonada “transición energética” en España cuando sólo el 7,3% de la energía final consumida procede de fuentes renovables que producen electricidad, que a su vez representa alrededor del sólo 22% del conjunto energético. Es decir, la dependencia fósil se mantiene muy por encima del 70% y apenas se mueve en los últimos años, incluso cuando no se contabiliza, como ahora, la descomunal base del iceberg de nuestra economía material fosilista: los productos importados que abastecen nuestro consumo fabricados con energías fósiles.
Es decir, aunque España disfruta de unos precios eléctricos relativamente asequibles sigue totalmente dependiente del gas, el petróleo y el carbón para la mayoría de los productos importados y para mover el transporte pesado, la industria o los buques. No se ha dado una transición eléctrica renovable. De hecho, el consumo eléctrico no sube sino baja. Tan sólo se ha sumado más electricidad al conjunto de un mix energético sin apenas reducir sus componentes fósiles directos e indirectos, que han seguido creciendo.
Contrariamente a los retro-fósiles y los electro-optimistas las posturas “colapso-realistas” toman buena nota de las múltiples evidencias científicas que constatan que las actuales sociedades industriales están condenadas a un traumático declive energético causado por la escasez crónica de materiales, los altos precios y la decreciente calidad de los combustibles fósiles, sus derivados y otros minerales fundamentales. Los colapso-realistas reconocen que no hay alternativas energéticas disponibles que puedan sustituir a las energías fósiles del carbón, petróleo y gas con capacidad de mantener los actuales volúmenes de producción y consumo. En consecuencia, alertan sobre el inevitable descenso energético causado por los insalvables límites materiales absolutos que impone la geología y nuestro mundo físico, que a su vez alimentarán la espiral de la carestía económica y los crecientes conflictos geopolíticos fratricidas por unos recursos materiales cada vez más escasos.
Los colapsistas-realistas exigen respuestas políticas responsables que organicen con urgencia y de la forma más justa posible el imperativo descenso energético y material y la correspondiente contracción económica. Los grandes sacrificios de esta agenda consciente de cambio estructural en favor de la autocontención, prevención y suficiencia decrecentista deberían paliarse con servicios colectivos de todo tipo que amortigüen las caídas cuesta abajo del consumo energético y material. Este decrecimiento planificado ha de basarse en dar prioridad a las energías limpias disponibles para las actividades productivas y asistenciales más imprescindibles y en la protección pública de los colectivos más vulnerables. Por desgracia a día de hoy estas deseables opciones colapso-realistas no tienen la fuerza necesaria para poder prosperar.
Las insaciables demandas energéticas y materiales han chocado con un mundo material finito, que se empequeñece y se deteriora aceleradamente. No es una simple coincidencia que ocurran al mismo tiempo las actuales guerras y el colapso del derecho internacional y sus instituciones. De seguir como vamos lo previsible es que a medida que los insalvables límites energéticos se sobrepasan más aumentará el malestar social y la competencia despiadada por el acceso a los menguantes recursos materiales y energéticos. Además de la búsqueda tribal de culpables en los que proyectar los males, las huidas hacia adelante de los populismos retro-fósiles y electro-optimistas supondrán más degradación de los ecosistemas que sustentan nuestra existencia. Incluso, la frustración y agudización de las carencias sociales pueden desembocar en una violencia generalizada y la rotura de las formas democráticas de convivencia más elementales.
Nuestro mundo ya no podrá volver a ser como el de antes.
DAVID HAMMERSTEIN
Ex-eurodiputado verde, sociólogo, lobbista europeo del bien común y miembro de Alianza Biodiversidad.
