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Carles Dolç (1948-2026) no fue un arquitecto al uso. Su trabajo intelectual y profesional se apartaba del trabajo técnico simplemente centrado en el formalismo de los planos, las líneas y los volúmenes físicos. Con humildad daba la espalda al narcisismo de muchos arquitectos ensimismados en el diseño exterior de los edificios. Para Carles Dolç la arquitectura y el urbanismo debían responder a la vez a las necesidades primordiales de la vida cotidiana en unos espacios públicos y privados dotados de memoria y tradición cultural, a la metacrisis material y ecológica y al contexto social de desigualdad.
Carles era partidario de la ciudad compacta con una gran mezcla de actividades y usos en un mismo espacio vital. Su incansable activismo se enfrentaba a la expansión urbana interminable como una mancha de aceite sobre la huerta periurbana. Integraba el pensamiento critico de Jane Jacobs y de Lewis Mumford, entre otros. Se oponía a la concepción mecanicista y funcionalista de la ciudad entendida como una gran maquina productiva o como una mera plataforma para rascacielos y vías rápidas de los vehículos motorizados. Asímismo rechazaba la zonificación urbanística de la estricta separación de usos y el aumento de las distancias que propone el urbanismo del Movimiento Moderno. Al contrario, apostaba por unos espacios urbanos de proximidad e hibridación, sensuales y culturales, con capacidades de identificación y sentido, como apunta su admirado Richard Sennett. Su visión urbanística de escala humana y de cercanía nada tenía que ver con la arquitectura de los “no lugares” hipermodernos, gélidos y anómicos, que suelen dominar en gran parte de las nuevas edificaciones institucionales y comerciales de la ciudad actual, como los ha denominado Marc Augé.
Para Carles Dolç la buena arquitectura era empática y ética, creativa y a la vez dialogante con el contexto social, la tradición y la historia. Su actividad profesional era coherente con estos principios que él irradiaba durante décadas mediante artículos, conferencias y tertulias, que han servido para concienciar a la sociedad valenciana y formar críticamente a nuevas generaciones de profesionales valencianos en arquitectura y urbanismo.
Mientras centenares de edificios de Ciutat Vella de València se derribaban en los pasados años 80 y 90 con la expulsión de centenares de vecinas y vecinos causada por la autoritaria e injusta “renovación urbana” desarrollista, Carles Dolç apoyaba activamente las protestas vecinales de la Associació de Veïns del Barri del Carme en su apasionada defensa de la rehabilitación de las viviendas y la recuperación física y social del barrio mediante un fuerte impulso público. Junto a otras personas expertas y socialmente comprometidas, como la historiadora Trini Simó, organizaba ciclos de conferencias sobre la sostenibilidad ecológica en la arquitectura. Se enfrentó con fuerza al arraigado desprecio ambiental, patrimonial y social de las élites valencianas sobre gran parte del centro histórico de la ciudad de Valencia, salvo en los casos de algunas edificaciones monumentales singulares.
Carles vivía y respiraba en el centro histórico de la ciudad de Valencia y muchas de sus valiosas intervenciones arquitectónicas pueden ser apreciadas en el barrio del Carmen por cualquier paseante. Algunos ejemplos son la calle Na Jordana, la Plaza Santa Cruz y la Plaza del Carme, cuyas obras de remodelación fueron impulsadas por la Oficina del Plan RIVA (Rehabilitación Integral del Centro Histórico). También emprendió muchas las rehabilitaciones integrales particulares basándose en criterios de austeridad, innovación y respeto por el entorno construido, la memoria y las necesidades básicas de las personas. Además, realizó unas rehabilitaciones emblemáticas de dos sedes cívicas destacables: El Centre Octubre (Los antiguos almacenes “El Siglo Valenciano”) y Ca Revolta.
Mientras algunos de sus colegas de profesión y muchos responsables políticos desestimaban la rehabilitación de edificios populares “ordinarios” por considerar que no poseían valor patrimonial, Carles Dolç apostaba por la defensa cultural y social de conjuntos arquitectónicos. Dirigió la rehabilitación de 84 viviendas obreras de la mitad del siglo XIX en la calle Na Jordana, que ilustran la historia industrial de la ciudad y de un barrio modesto lleno de vitalidad. Esta intervención social beneficiaba directamente a docenas de familias humildes (rara avis hoy en una ciudad entregada a los intereses comerciales del turismo y la especulación urbanística).
De hecho, Carles Dolç fue innovador en la utilización de materiales naturales, transpirables y saludables, como es la sustitución del cemento por los tradicionales morteros de cal, algo que implicaba un nuevo aprendizaje para la mayoría de los albañiles. También tenía mucho en cuenta la armonización con la policromía del paisaje urbano, el colorido de los materiales y sus propiedades físicas en las fachadas históricas del barrio del Carme. Carles fomentaba en todas sus intervenciones el uso de carpintería maciza y natural de gran calidad para elementos arquitectónicos como las ventanas, puertas y persianas.Su diseño de espacios públicos favorecía losusos sociales cotidianos y el encuentro comunitario, la seguridad y el paisaje urbano.Un ejemplo fue su recuperación de un espacio ajardinado muy deteriorado e inseguro de la Plaça del Carme, lindante con la Esglesia del Carme y la calle Pare d’Orfens, convirtiéndolo en un espacio público atractivo, accesible y confiable.
A lo largo de los últimos 40 años era fácil encontrar a Carles en bicicleta o caminando por el barri del Carme, entre obra y obra, entre reuniones cívicas y charlas públicas. Siempre accesible y dispuesto a interesarse y prestar atención sobre lo que acontecía en el barrio y en la ciudad en general. El barri del Carme y su vecindario lo echarán mucho en falta.
