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Los Verdes

20 février 2020 4 20 /02 /février /2020 23:06
La implacable intrusión de Gaia

Somos seres terrícolas y siempre lo hemos sido, nunca hemos estado separados e independientes de la naturaleza, tal como idearon los modernos. Gaia no es solo una metáfora, es un nombre que refiere a las realidades materiales en las que los humanos estamos necesariamente insertos. Gaia es lo que hay detrás de eso que llamamos sobrecalentamiento climático y emergencia climática y ecológica.

 

Gaia no es solo un término para dar nombre a la Tierra, ni tampoco refiere solo a una Tierra nutricia, a una Madre Tierra, como la que honran algunos pueblos humanos que reclaman que tenga derechos y protección. Aunque Gaia no contradice estas imágenes benefactoras para los humanos también responde otras figuraciones pertinentes que no se reducen a estos imaginarios y creencias culturales. Gaia también es el nombre para una divinidad más antigua que los dioses griegos, que podría ser la figura de una madre, pero no la madre buena y amorosa sino la madre indiferente y quisquillosa que no hay que ofender.

 

La realidad aludida con el término Gaia a comienzos de los 70 del siglo XX fue bautizada así por James Lovelock y Lynn Margulis a partir de investigaciones de disciplinas científicas separadas que convergieron y ponían de manifiesto el denso conjunto de relaciones que se acoplan: los seres vivos, los océanos, la atmósfera, el clima, los suelos. Gaia refiere al planeta viviente, que ha de ser reconocido como un “ser” no reducible a una simple suma de procesos y partes por ser el producto de una intrincada historia de co-evolución, cuyos primeros artesanos y autores fueron innumerables comunidades de microorganismos. Gaia es el nombre dado a esa disposición de relaciones materiales, aquello de lo que irremediablemente dependemos los humanos y que ha sido el marco global estable de nuestras historias y aspiraciones.

 

La idea de Gaia refiere a los procesos naturales de la Tierra que no están dotados de elementos intencionales ni de conciencia. Gaia es un sistema autorregulador fruto de la casualidad y de la necesidad, es la Tierra regulada mediante procesos mecanicistas y estocásticos y cuyos comportamientos se asemejan a los de un organismo. El funcionamiento de Gaia no es estable por ser el resultado de múltiples acoplamientos no lineales entre los procesos que la componen y por ello es susceptible de abruptas mutaciones. Esa disposición procesual y dinámica es algo asemejable a ser "uno", puesto que es así como responde Gaia ante lo que le perturba: con una coherencia compleja irreductible a una simple suma de modificaciones de sus partes. Gaia está dotada de una historia y de un régimen de actividad propia, constituye un "todo" que surge de la manera en que los procesos que la constituyen se acoplan de formas múltiples y entrelazadas, en los que la variación de unos tiene efectos múltiples en los otros y puede dar lugar a cambios inesperados en el conjunto. Parecía que tales acoplamientos daban garantías de un tipo de estabilidad asociada un organismo vivo con buena salud, entonces Gaia podía ser percibida como una madre nutricia y buena que debía ser protegida.

 

A partir de ahora nuestra comprensión de que Gaia es menos tranquilizadora, más que nunca asoma el rostro de la temible Gaia. El avance de las sociedades del desarrollo y la modernización tecno-industrial ha franqueado muchos márgenes de tolerancia rebasando muchas limitaciones ecológicas. A consecuencia a las alteraciones que los humanos le han infringido las respuestas que Gaia pueda dar tienen el peligro de que sean brutales y excesivas para nosotros y el resto de criaturas.

 

En nuestra época han cambiado de forma alarmante los metabolismos de la Tierra, según anuncian muchas evidencias científicas en las últimas décadas sobre el estado de los sistemas naturales y los seres que los habitan. Al mismo tiempo el dominio neoliberal del mercado y su fusión con la política ha restringido el espacio de las elecciones efectivas durante las últimas tres décadas: no se pueden tocar ni las leyes del mercado ni los beneficios de las industrias, por tanto solo se trata de adaptarse. Si hace medio siglo las grandes perspectivas de innovación científico-técnica eran percibidas como sinónimo de progreso, en adelante esta confianza se ha deteriorado mucho ante la proliferación de daños y peligros ambientales monstruosos.


 
Ahora que sabemos de la grandiosa e intrincada existencia de Gaia, una discusión fundamental está en si la Tierra debe seguir definiéndose reduciéndola a simples recursos materiales disponibles para los fines humanos, o si bien hemos de conservarla y protegerla con urgencia. Estamos mal preparados para dar respuestas acordes con las situaciones que hemos desencadenado en Gaia. Las ciencias no están equipadas para dar respuestas a las amenazas del porvenir, tampoco lo están las élites políticas y económicas.

 

No hay gran cosa nueva que podamos esperar de “nuestros responsables”, afanados como están en la gestión de un “pánico frío” que ellos también comparten mediante los mandatos contradictorios de un doble imperativo: la competitividad económica y a su vez el desafío ecológico que cataloga de irresponsable las metas del crecimiento económico material. ¡Consuman! puesto que de ello depende el crecimiento, aunque la huella ecológica destructiva de los estilos de vidas debe cambiar y reducirse por el carácter egoísta e irresponsable de este modo de consumo.

 

La implacable intrusión de Gaia

 

Hemos devenido actores globales con impactos destructivos globales y como contrapartida la Tierra responde a nuestros actos con la implacable intrusión de Gaia. ¿Es combate, diálogo o acuerdo? Ante el riesgo atroz de muerte para multitudes humanas y no humanas, la tarea pendiente es la fabricación de un contrato natural que pueda alimentar la esperanza de una digna vida común.

 

La teoría Gaia establece un vínculo inevitable entre los seres humanos y la naturaleza al afirmar algo que ya decían algunas religiones primordiales, como el animismo. Si en los cultos monoteístas Dios es el garante final del sentido de la vida humana, para la teoría Gaia el mundo no tiene más sentido que la vida de las amebas. Gaia, que es el nombre de la antigua diosa griega de la Tierra, fue anticipada hace miles de años en el verso de Te Ching, que a su vez recoge un texto taoista más antiguo sobre los ritos de la antigua China que empleaban como ofrenda a los dioses unos “perros de paja”, estos eran pisoteados y abandonados una vez acabado el ritual (…” El Sol y la Tierra son implacables, los seres de la creación son para ellos meros perros de paja”). Si los humanos continúan perturbando los equilibrios de Gaia ellos también serán pisoteados, nunca podremos ser otra cosa que perros de paja.

 

Ahora que sabemos de la grandiosa e intrincada existencia de Gaia y de nuestra irrebasable dependencia de ella. Gaia hoy está asociada a lo nunca visto, a un sentimiento de verdad incómoda que constituye una radical novedad para nosotros los humanos modernos, los que afirmamos la grandeza de los pueblos en función de la manera de idear creencias de separación, dominio y conquista sobre la naturaleza, sobre "nosotros" y sobre el "uno" anónimo que es Gaia. La sorda y ciega intrusión de Gaia no responde a la imagen benefactora invocada cuando se alude a nuestras conexiones y pertenencia a la Tierra. A partir de ahora se trata de Gaia la indiferente, la que no nos pregunta ni exige nada, esto traduce la especificidad de lo que está ocurriendo con Gaia:  el acontecimiento de una intrusión unilateral.

 

La intrusión de Gaia ha llegado para quedarse y ser parte irremediable de nuestro futuro, no responde a un mal momento que pueda tener arreglo y que pasará. No es una crisis más entre otras que podamos dejar para después y encarar más tarde o mañana, puesto que de ello depende nuestro futuro. ¿Acaso este podrá ser digno de ser vivido?. Dependerá de lo que hagamos frente a este “ser” implacable y sordo.

 

En todas partes viene ocurriendo el mismo proceso de destrucción ecológica que permite el obrar unos con otros y conduce al triple estrago medioambiental: devastar la Tierra, devastar las capacidades inventivas colectivas, devastar las capacidades individuales para escapar mediante la conformidad con los negocios y el mercado. La magnitud de las alteraciones infringidas a Gaia por el desarrollo tecno-industrial están documentadas por los mejores conocimientos científicos disponibles. De sobra sabemos que la temible intrusión de Gaia es causada por la creciente destrucción de las bases materiales y ecológicas de la existencia humana y no humana que nosotros provocamos.

 

Aunque los poderes de Gaia son grandiosos, sin intención y con respuestas ciegas ante las muchas provocaciones irresponsables de lo que hemos llamado progreso, desarrollo y modernización, la misma Gaia no está amenazada, en cambio sí lo están las numerosas especies vivas que serán  barridas a una velocidad sin precedentes por los cambios ambientales que los humanos  están ejerciendo sobre la Tierra.

 

En nombre de desterrar de nuestro mundo modernizado toda idea de trascendencia hemos sido poseídos por una endiosada y peligrosa trascendencia: la de creernos que somos los únicos y principales actores de las historias y del mundo. La necesidad de frenos de emergencia es parte de la prueba a la que nos somete la intrusión de Gaia a nosotros los humanos modernos, a pesar de que estamos muy mal equipados para transigir con las realidades y limitaciones que impone Gaia.

 

Las crecientes alteraciones infringidas a Gaia nos interrogan sobre los procesos humanos desencadenados por el rebasamiento de los límites ambientales del sistema Tierra y sobre nuestra actual condición global de altísimo riesgo de perderlo todo y de altísima incertidumbre sobre la evolución del sistema sociedad humana-naturaleza (podemos diferenciar entre catástrofes y cataclismo, como sería la subida de 6ºC de la temperatura media de la Tierra). Nuestra funesta situación colectiva de emergencia climática exige pensar con los propios recursos imaginativos, políticos y científicos, pero sin el peligro de dejar de lado la situación de urgencia. Este mundo podrá ser digno de ser vivido dependiendo de las respuestas que demos a las furias desatadas de Gaia.

 

En adelante Gaia es el nombre de una realidad inédita, poderosa y ciega desprovista de cualidades que podamos invocar. Nombrar la intrusión de Gaia responde a una disposición irritable de las fuerzas materiales indiferentes a nuestras motivaciones y proyectos humanos. La irrupción de Gaia refiere a la desestabilización de procesos materiales ensamblados, Gaia no requiere ser amada ni ser protegida, tampoco puede ser doblegada. No puede haber porvenir previsible que pueda ignorarla.

 

Gaia es irascible y debe ser nombrada como "un ser", ya no se trata de enfrentarnos a la naturaleza salvaje y amenazadora, ni a la naturaleza frágil que hay que proteger, ni a la naturaleza que puede ser explotada a voluntad. La nueva situación creada por la intrusión de Gaia no nos pide nada, no es vengativa, ni siquiera solicita una respuesta.

 

La intrusión de la Gaia indiferente y ofendida junto a los desastres socioecológicos que anuncia constituye un acontecimiento que cuestiona radicalmente nuestro mundo humano. La Gaia furiosa que irrumpe también fue honrada en un pasado anterior al de los antropomórficos mitos griegos sobre los dioses. Los pueblos campesinos sabían que los humanos dependen de algo mucho más grande que los tolera, una madre quizá, pero una madre irritable a la que no hay que ofender prestando atención y no abusando de su tolerancia. La ciega la manera de responder de Gaia no es una venganza ante los daños que le hemos causados, la respuesta que hemos de dar ha de ser tanto a lo que la provocó como a las consecuencias de dicha intrusión.

 

En adelante la intrusión de Gaia no trata de justicia ni de castigo puesto que no apunta específicamente a los que le ofendieron, no se detiene ante fronteras administrativas, políticas o militares. Gaia hoy cuestiona el porvenir conjunto de todos los habitantes del planeta, humanos y no humanos, salvo el de los microorganismos que son coautores inmemoriales de la existencia y coevolución de los seres vivos y la biodiversidad. Gaia no necesariamente pide amor o protección, sino que reclama un tipo de “atención adecuada” para una entidad muy poderosa, compleja e irascible. Exige un abordaje constructivista, especulativo y pragmático sobre los acoplamientos mutuos entre las sociedades humanas y Gaia y sobre los intrincados procesos puramente materiales de Gaia en los que se integran.

 


Tomar en serio la precariedad del vivir en las ruinas del progreso y la irrupción de Gaia es un desafío para la capacidad de producir seguridad y medios ante situaciones conflictivas diversas e inciertas. Aprender a vivir en las ruinas exige es precisamente lo que Donna Haraway llama: "Permanecer con el problema", es decir exige abrir los ojos y despertar de la “modernidad” que nos dice que los problemas pueden y deben ser resueltos.
 
Los poderes políticos y económicos han optado por seguir como de costumbre en la guerra del crecimiento material que enferma y mata las capacidades biogenerativas de Gaia en nombre de una concepción de progreso. Los poderosos desatienden las mínimas exigencias de continuidad humana, como si acaso el futuro se las arreglara solo, persisten en mantener el mismo rumbo empujado por las metas del crecimiento económico competitivo, que ahora a veces es llamado “sostenible”. Los cambios parciales y los barnices del “capitalismo verde” no ponen en cuestión la maquinaria expansiva del desarrollo y su guerra contra la Tierra. Es decir, la crisis de Gaia quiere ser convertida en oportunidades de negocio para el capitalismo, lo que a su vez nos empujará más y más al desastre ecosocial y al exterminio autoinfringido.

 


Encarar el porvenir en las ruinas del progreso

 

La amenazante intrusión de Gaia en nuestro presente es respuesta a los muchos daños y alteraciones que recibe a causa de los impactos humanos, de ella depende nuestro futuro. La intrusión de Gaia tiene rasgos de opción verdadera que en conjunto nos compromete, de la que no podemos escapar puesto que no existe opción neutra ni es posible el abstenerse de escoger. El que neguemos la pregunta de los humanos del futuro no evitará el que tengamos que dar respuestas a los humanos sin voz ni voto que heredarán este mundo devastado. Nos interpelarán afirmando que sabíamos lo que había que hacer, que teníamos los medios y los conocimientos suficientes, pero sin embargo no lo hicimos.

 

La intrusión de Gaia no trata de justicia ni de castigo puesto que no apunta específicamente a los que le ofendieron. Gaia no se detiene ante fronteras administrativas, políticas o militares, cuestiona el porvenir de todos los habitantes del planeta, humanos y no humanos, salvo el de los microorganismos que son coautores inmemoriales de la existencia y coevolución de los seres vivos y la biodiversidad. Gaia no necesariamente pide amor o protección, sino que reclama un tipo de atención adecuada para una entidad muy poderosa, compleja y quisquillosa. Exige un abordaje constructivista, especulativo y pragmático, sobre los acoplamientos mutuos e intrincados procesos puramente materiales, que constituyen poderes grandiosos sin intención con respuestas ciegas a las muchas provocaciones irresponsables de lo que hemos llamado progreso y modernización.

 

Un “déjà vu” es la manera habitual en que este conocimiento sobre las imparables lesiones infringidas a Gaia incómoda a las mentalidades modernas: "sí, uno ya sabe". Pero los humanos responsables de la intrusión de Gaia también han creado medios de comprender y anticipar algunas de sus consecuencias. Esto da pie a nuevas disputas en común y también cambia el sentido habitual de la palabra responsabilidad: ya no tenemos que mostrar e imponer el camino a otros pueblos sino que somos responsables ante ellos. Si ante el atolladero colectivo al que nos ha dirigido nuestra particular forma de existencia en guerra contra Gaia optamos por la supervivencia digna junto al resto de especies y seres multidiversos, de ello se deriva el imperativo de aprender a eliminar lo que puede ser devastador y hace más terrorífica la intrusión en nuestras historias y biografías.

 

Siguen acumulándose las víctimas humanas del crecimiento económico que se suman a las múltiples y entrelazadas amenazas ecológicas globales, en las que muy  a pesar nuestro estamos todos embarcados, humanos y no humanos. A partir de esta comprobación estamos obligados a pensar lo que requiere la posibilidad de un porvenir que no sea la barbarie que se anuncia. La inédita y trágica intrusión de Gaia ha de poder hacernos pensar, sentir, imaginar y actuar de otra manera. No podemos seguir anestesiados en manos de los responsables de los desastres socioambientales que a su vez anuncian la tarea de darles respuesta.

 

Hemos devenido actores globales con impactos destructivos globales, y como contrapartida la Tierra responde a nuestros actos con la intrusión de Gaia. ¿Es combate, diálogo o acuerdo? Ante el riesgo atroz de una lucha a muerte la tarea pendiente es la fabricación de un contrato natural que pueda alimentar la esperanza de una vida común. La intrusión de Gaia nadie la ha querido, ocurre sin premeditación a pesar de ser aquello ante lo que debemos crear una respuesta con urgencia. A nosotros nos corresponde inventar las maneras efectivas de responder, para nosotros y para las innumerables especies vivas que arrastramos en la catástrofe. Este virtual y deseable “nosotros” es el requerido por la gran magnitud de los cambios y respuestas que hay que dar.

 

Nombrar hoy a Gaia es una operación de imaginación y pragmática que atañe a todos los humanos y se dirige al "nosotros", los que padecemos las consecuencias diseminadas en el espacio y el tiempo de las crecientes destrucciones medioambientales causadas por el avance del desarrollo modernizador. La imaginación es una manera de tomar en serio lo que nos espera con la intrusión de Gaia, aunque desafíe nuestra profunda convicción moderna de que prevalezca el camino que asociamos con el “progreso”.

 

Sea cual sea el futuro, sabemos que nuestros hijos están obligados a vivir en una tierra social y ecológicamente devastada, es decir, en las ruinas de lo que llamamos “progreso”, en las ruinas de aquello que pretendía defendernos de la vulnerabilidad. Nombrar hoy a Gaia es nombrar el futuro, algo que podría reconciliar muchas contradicciones y divisiones enquistadas abriendo la posibilidad de que pueda unir a todos los grupos humanos a la hora de cuestionar las historias y la misma historia moderna. Si los procesos naturales actúan intrincados en las relaciones de las historias humanas y no humanas ¿cómo regenerar la política ante la intrusión de Gaia que amenaza a todos?.

 

Todas las sociedades y grupos humanos se caracterizan por tener un solo mundo, que Gaia pone en peligro, por ello han de reconocer que están en el mismo bando y que estamos obligados a aprender a transigir y contemporizar muchas de nuestras diferencias internas a la hora de dar respuestas a los males socioecológicos,. Si hay futuro humano en una Tierra esquilmada, este devenir común ha de estar destinado a poder reunir a la humanidad en su conjunto.

 

Resulta gigantesco el problema de cambiar las trayectorias históricas a escala planetaria en el tiempo que nos queda. Esto es difícil de imaginar en el mundo imperante y con gobernantes empeñados en alargar indefinidamente el desarrollo y seguir aplazando el momento en el que estemos forzados a actuar con coraje creativo. Es muy errónea y peligrosa la actitud del “esperar a ver” ante el incendio catastrófico desatado en nuestra casa terrestre, que para poder sofocarlo reclama cambios de rumbo radicales. La criminal estrategia de “nuestros responsables” es seguir echando más gasolina al incendio desatado, esto significará la obligación de aceptar sin otra opción posible la multiplicación de los males ecológicos y la pérdida de muchos refugios. Es todo un anticipo de lo que social y ecológicamente nos espera a la vuelta de la esquina.


 
Nuestro mundo no es una obra consumada o escrita, requiere acción sin certezas ni garantías. Solo sabemos que lo que hacemos o no forma parte de la fabricación del futuro.  La intrusión de Gaia se dirige a cada uno y a todos, allí donde participamos en la fabricación del mundo, allí donde se impone la elección entre el cinismo, la desesperación o la lucha. Aunque en todas partes se alza la actitud conformista del "bien sabemos” sobre la manera en que participamos en dicha fabricación, que a partir de ahora estará sometida a numerosas coerciones. Muchos de nosotros vivimos el malestar del "era previsible", no solo sobre ellos, los responsables, también sobre nosotros, sobre nuestros estilos de vida derrochadores y sobre lo que hacemos o dejamos de hacer.


 
Sabemos que las respuestas de adecuación a las condiciones de habitabilidad de Gaia pasan por la movilización de nuestras capacidades de pensar, imaginar, y encarar. Podemos tener compromiso ciudadano en las calles y las movilizaciones, podemos participar en la desobediencia civil, pero para “curarse” no basta con renegarnos de ideas que nos incapacitaron y mutilaron, ya que su saldo puede ser la ironía, la culpabilidad reflexiva, o el gusto por el relativismo postmoderno. Hoy las luchas que puedan ser alternativas efectivas al conformismo de la queja y el cinismo reclaman, no solo recuperar lo robado, puesto que esto nos mutiló, sino recuperar el volver a ser capaces de aquello de lo que fuimos separados. Se trata de un reclamo y una cura al mismo tiempo, algo que exige una reapropiación y un proceso de aprendizaje rehabilitador que no solo ha de responder a un proyecto, sino a un trayecto a partir de la experiencia de mutilación y humillación que nos separa violentamente de lo que éramos capaces.


 
Los resurgentes comunes son importantes cuando la perspectiva es la de vivir en las ruinas del desarrollo y en la escasez de recursos. Esta situación precaria y abierta demanda aprendizajes nuevos: aceptar la necesidad de otros, humanos y no humanos, asociarse y compartir, estar en riesgo con y por otros. La capacidad de generatividad es la razón por la cual los comunes son plurales. Son cuestiones generativas abiertas aquellas referidas al qué, al cómo y al quienes, al cómo relacionarnos con los entornos biofísicos, que dependerá de la generatividad, de las maneras de compartir y prestar atención. Se trata en suma de aprender a situarse “con” Gaia a partir de lo que hoy sabemos para ser capaces de conectarnos con otros procesos situándonos de otro modo. Ante la pregunta de los humanos del porvenir esta reeducación ha de obligarnos a aprender a descubrir modos de lucha y cooperación, aceptando "sentir" que la experiencia nos afecte: cambiando las formas de imaginar, pensar y actuar en un mundo en ruinas.

Mara Cabrejas
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Materiales docentes
Departamento de Sociología y Antropología Social
Universitat de València
 

J. Lovelock: Las edades de Gaia. Una biografía de nuestro planeta vivo. Barcelona, Tusquets, 1993.
 ¿Cómo expresar hoy en día la belleza y la fragilidad del mundo que Gaia hace posible?  Michel Serres: El contrato natural. Valencia, Pre-textos, 2004.

 No somos mejores que las demás especies animales. No estamos por encima ni constituimos la cúspide de nada. Durante siglos, el pensamiento occidental ha ido construyendo mitos sobre la superioridad del ser humano, su poderosa espiritualidad y su destino manifiesto. Simples fábulas de salvación que nos consuelan.
Ver en John Grey: Perros de paja. Reflexiones sobre los humanos y otros animales. Barcelona, Paidós, 2003.

 Isabelle Stengers: En tiempos de catástrofes. Cómo resistir a la barbarie que viene. Barcelona, Ediciones NED, 2017.

 Donna J. Haraway: Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno, Bilbao, Ed. Consonni, 2019.

D. Haraway formula la pregunta de cómo pensar-con, vivir-con y ser-con otros organismos planetarios en un mundo que no olvida la magnitud del problema ecológico en el que se encuentra. Esto no significa lamentarse ante la destrucción del mundo, sino volver a ver cuáles han sido las posibilidades de vida desde siempre. Donna Haraway prefiere llamar a Chthuluceno al Antropoceno, en honor al nombre de un monstruo destilado por los relatos de ciencia ficción, ya que describe más y mejor nuestra época como aquella en la que humanos y no humanos se encuentran inextricablemente ligados en prácticas tentaculares. El Chthuluceno, explica Haraway, requiere sim-poiesis, o hacer-con, en lugar de auto-poiesis, o au-to-creación. Aprender a seguir con el problema de vivir y morir juntos en una Tierra herida favorecerá un tipo de pensamiento que favorecerá los medios para construir futuros más vivibles.

 

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